(Donde empieza la luz I) El pequeño Mateo
Mi madre se volcaba con él. El pequeño de la casa era su verdadera pasión. Desde la noche anterior le dejaba preparada la ropa del colegio, el bocadillo envuelto con esmero, y revisaba la mochila como si fuera un ritual. Siempre atenta a las comunicaciones de la escuela, que quedaba a pocas calles, en el corazón del barrio. Allí coincidía con otras madres a la hora de la entrada, y aunque no era especialmente sociable, encontraba en esas charlas breves un respiro. No le gustaba cuando alguna profesora la llamaba para hablar de su hijo. Le dolía. No por orgullo, sino por preocupación. Le costaba aceptar que algo no iba bien. Que había asignaturas que debía reforzar, que su hijo se estaba cerrando al mundo. Fue una etapa de esfuerzo para ambos. Ella, con su paciencia infinita. Él, con su silencio cada vez más profundo. Durante mucho tiempo, el niño adoptó una especie de mutismo. Se encerraba en su habitación y solo salía para las comidas. No hablaba mucho. No pedía nada. Y eso, más...