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Mostrando entradas de mayo, 2025

(Donde empieza la luz I) El pequeño Mateo

  Mi madre se volcaba con él. El pequeño de la casa era su verdadera pasión. Desde la noche anterior le dejaba preparada la ropa del colegio, el bocadillo envuelto con esmero, y revisaba la mochila como si fuera un ritual. Siempre atenta a las comunicaciones de la escuela, que quedaba a pocas calles, en el corazón del barrio. Allí coincidía con otras madres a la hora de la entrada, y aunque no era especialmente sociable, encontraba en esas charlas breves un respiro. No le gustaba cuando alguna profesora la llamaba para hablar de su hijo. Le dolía. No por orgullo, sino por preocupación. Le costaba aceptar que algo no iba bien. Que había asignaturas que debía reforzar, que su hijo se estaba cerrando al mundo. Fue una etapa de esfuerzo para ambos. Ella, con su paciencia infinita. Él, con su silencio cada vez más profundo. Durante mucho tiempo, el niño adoptó una especie de mutismo. Se encerraba en su habitación y solo salía para las comidas. No hablaba mucho. No pedía nada. Y eso, más...

Donde empieza la luz

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El perfume de los días nuevos Relato contado desde la distancia de los años, por una hija que aprendió a mirar con el alma. Han pasado quince años desde que mi madre se fue. A veces me parece que fue ayer, otras veces siento que han pasado siglos. La casa donde crecimos ya no existe como la recuerdo. Pero hay cosas que siguen vivas, como el perfume de los días nuevos que empezaron a colarse por las rendijas cuando todo parecía inmóvil. Vivíamos en una casa donde el silencio no era paz, sino miedo. Mi padre, un hombre de voz gruesa y manos que no golpeaban pero herían, imponía su presencia como si fuera ley. Repetía, una y otra vez, que todo lo que teníamos era gracias a él. Que sin su esfuerzo no seríamos nada. Y cada vez que lo decía, algo se apagaba un poco más en el alma de mi madre. Con los años, entendí que su dureza no nació de la nada. Mi padre no tuvo infancia. Desde muy pequeño trabajó bajo las órdenes de mi abuelo, un hombre severo que no creía en los juegos ni en los abrazos...