El día que llegó la televisión
El día que l legó la televisión Corrían los años setenta. El tiempo tenía otro pulso, más lento, más humano. Mi padre trabajaba fuera de la provincia; cada lunes partía hacia Albacete, donde pasaba la semana entre el ruido de los talleres, el polvo del camino y las risas de sus compañeros. Nosotros nos quedábamos con mi madre, que era el alma de la casa, el refugio donde todo seguía su curso. Durante aquellos días, su ausencia se hacía sentir como un hueco que no se llenaba. A veces llamaba por teléfono desde la pensión donde dormía —una de esas de colchones finos y paredes con eco—, y su voz, algo apagada por el cansancio, traía una mezcla de ternura y añoranza. Sin embargo, cuando regresaba los viernes, traía consigo un aire de alegría contagiosa. Nos contaba parte de sus andanzas en Cenizate, el pueblo donde trabajaba. Hablaba de sus hermanos, de las bromas entre ellos y los compañeros de faena, de las risas que corrían entre herramientas y ladrillos, de cómo se las ingeniaban...