El día que llegó la televisión
El día que llegó la televisión
Corrían los años setenta. El tiempo tenía otro pulso, más lento, más humano. Mi padre trabajaba fuera de la provincia; cada lunes partía hacia Albacete, donde pasaba la semana entre el ruido de los talleres, el polvo del camino y las risas de sus compañeros. Nosotros nos quedábamos con mi madre, que era el alma de la casa, el refugio donde todo seguía su curso.
Durante aquellos días, su ausencia se hacía sentir como un hueco que no se llenaba. A veces llamaba por teléfono desde la pensión donde dormía —una de esas de colchones finos y paredes con eco—, y su voz, algo apagada por el cansancio, traía una mezcla de ternura y añoranza.
Sin embargo, cuando regresaba los viernes, traía consigo un aire de alegría contagiosa. Nos contaba parte de sus andanzas en Cenizate, el pueblo donde trabajaba. Hablaba de sus hermanos, de las bromas entre ellos y los compañeros de faena, de las risas que corrían entre herramientas y ladrillos, de cómo se las ingeniaban para que el día pasara más ligero. En sus palabras había cansancio, sí, pero también orgullo y humor.
Las noches con mi madre eran diferentes. Ella encendía la radio, y en la cocina —tibia, iluminada por una bombilla amarillenta— escuchábamos los seriales de la época: dramas, misterios, y hasta los crímenes de El Caso que nos dejaban sin aliento. A veces, cuando la tensión se volvía insoportable, mi madre bajaba el volumen y decía sonriendo:
—Basta por hoy, que luego soñáis con asesinos.
Entonces nos íbamos a dormir, imaginando finales felices que la radio nunca contaba.
También recuerdo que mi tío tenía un piso vacío encima del nuestro, en el tercer piso, y aquel sí tenía televisión. Los martes por la noche, mi madre subía allí —con la ilusión de quien va al cine— para ver las películas de Rock Hudson o Greta Garbo. En la penumbra de aquel piso casi deshabitado, se escuchaba el murmullo suave de la pantalla, el eco de las voces elegantes, y el suspiro de mi madre ante esos amores de celuloide.
Nosotros esperábamos abajo, sabiendo que algún día tendríamos la nuestra. Y así fue: mientras aquel televisor seguía su magia en el piso de arriba, la nuestra aún estaba en construcción. Mi padre había encargado que la hicieran en el pueblo, a un hombre hábil con las manos, capaz de montar aquel prodigio con paciencia artesanal.
Y una tarde de viernes, por fin, mi padre regresó con ella. Subió los dos pisos sin ascensor con el aparato al hombro, sudando pero sonriente. La colocó en el salón con cuidado, como si se tratara de un tesoro. Cuando la encendimos, la imagen parpadeó unos segundos antes de mostrarnos el rostro de Tarzán. Fue como abrir una ventana a otro mundo.
Ya no hizo falta subir al piso de mi tío ni mirar por la puerta de la vecina para seguir las series. Aquella noche, mientras la luz en blanco y negro llenaba la habitación, mi padre nos miró a todos con una expresión que mezclaba orgullo y ternura.
Vivíamos en un segundo piso sin ascensor, en aquel edificio de catorce vecinos donde todos se conocían y compartían pan, risas y confidencias. Mi padre había comprado el piso con el aval de mi abuelo; ya no éramos inquilinos, y ese pedazo de propiedad sabía a conquista. Tenía tres habitaciones, un balcón desde el que se veía la plaza, y el olor de los guisos se mezclaba con la voz de la radio que venía del piso de al lado.
Esa noche comprendí que la felicidad podía ser algo tan simple y tan grande como ver una película junto a los tuyos. El mundo parecía enorme y pequeño a la vez: enorme por lo que mostraba aquella pantalla, y pequeño porque todo lo importante cabía dentro de nuestra casa.
Cuando pienso en aquel tiempo —mi padre riendo con sus hermanos en Cenizate, mi madre soñando con Greta Garbo y Rock Hudson, nosotros esperando el milagro de la televisión—, comprendo que esos recuerdos son la verdadera herencia: la magia de lo sencillo, la dicha de lo compartido, el resplandor del pasado que aún ilumina el presente.
Un buen relato, tiempos aquellos
ResponderEliminar