Los gráficos del deseo


 En las tardes de sobremesa, en el despacho de Xirivella, me refugio entre dos pantallas: la del libro de Lorenzo Silva, ya casi agotado, y la del portátil, donde la Bolsa parpadea como un electrocardiograma emocional. Unas tardes sufro, otras disfruto. La Bolsa es así: caprichosa, intensa, imprevisible. Sobre todo cuando hay tanto en juego.

No debería llamarlo juego. Suena a ludopatía, a ruleta y a humo. Lo mío —me repito— es análisis: estudio previo, disección minuciosa de la acción, del negocio, de las curvas, de los impulsos, de las entradas y salidas. Aunque, al pensarlo bien, ese lenguaje ya empieza a traicionarme. Entrar. Salir. Esperar el momento justo. No es la Bolsa: es el subconsciente, que insiste en mezclar gráficos con piel.

Observo cómo Laboratorios Rovi sube con descaro, como una amante joven que no pide explicaciones y solo promete vértigo. Me seduce sin palabras, sin reproches, con velas verdes que se alargan como caricias bien calculadas. Mientras tanto, Grupo San José permanece estable, firme, en su altura de siempre. Seria. Correcta. Previsible.

Y yo sigo ahí, fiel.

Con San José llevo desde 2016. Casi una vida. Más tiempo del que he compartido con muchas personas. Ha sido un matrimonio de conveniencia, sin romanticismos, basado en cifras, balances y expectativas razonables. Nos hemos enfadado. Hemos celebrado. Hemos sobrevivido a crisis y a entusiasmos pasajeros. Y también nos hemos ido enfriando.

Porque nuestra relación, en el fondo, siempre fue de números.

No hubo promesas al oído ni vértigos repentinos. Solo informes trimestrales, dividendos discretos y una confianza construida con paciencia. Como esos matrimonios largos que funcionan no por pasión, sino por costumbre y respeto mutuo.

Pero ahora algo cambia.

Se acerca el boom.

Lo noto en el ambiente, como se nota cuando una relación entra en su fase final: demasiadas miradas hacia fuera, demasiadas comparaciones, demasiadas fantasías con otras posibilidades. San José empieza a moverse. A insinuar. A prometer lo que nunca prometió. Y yo empiezo a imaginar cómo sería el divorcio: vender, recoger beneficios, cerrar etapa.

Mientras tanto, Rovi me mira desde la pantalla con descaro bursátil. Subiendo. Subiendo. Subiendo. Como una amante que sabe que no necesita fidelidad, solo atención momentánea. Me ofrece placer rápido, adrenalina, ego. Nada de estabilidad. Nada de pasado.

Solo presente.

Y ahí estoy yo, abogado de números y emociones, atrapado entre la esposa razonable y la tentación brillante, entre la cartera y el corazón, entre el Excel y la piel.

Leo a Silva, paso páginas, pero ya no leo. Solo veo velas japonesas transformadas en cuerpos, resistencias convertidas en silencios, soportes en abrazos que sostienen cuando todo cae.

La Bolsa no es un juego.

Es un romance peligroso.

Te promete control, pero te exige entrega. Te habla de estrategia, pero te seduce con impulsos. Te pide cabeza fría mientras te incendia por dentro.

Y en este despacho de Xirivella, entre café recalentado y gráficos en tiempo real, sigo viviendo mis pequeñas infidelidades financieras, mis lealtades obstinadas, mis dudas existenciales.

Porque invertir, al final, se parece demasiado a amar:

eliges,
te equivocas,
esperas,
te ilusionas,
te decepcionas,
y vuelves a intentarlo.

Comentarios

Entradas populares de este blog

"Ni gitanos, ni murcianos, ni gente de mal vivir": el origen tergiversado de un dicho que aún hiere

HABITACIÓN 312 (PRIMERA PARTE)