El cielo del Jarama
Como solía ocurrir cada año, tras las intensas nevadas que cubrían de blanco la sierra madrileña, el buen tiempo comenzaba, por fin, a abrirse paso. La vida en los pueblos de la zona retomaba su ritmo pausado, casi ritual. No había grandes sobresaltos, ni hechos extraordinarios. Eran lugares sencillos, habitados por gente corriente, trabajadora, que encontraba en lo cotidiano su propia forma de grandeza.
Corrían los años del llamado desarrollo, cerca de la década de los setenta, cuando España se volcaba en grandes obras públicas como símbolo de modernidad y progreso. Entre ellas, los embalses se alzaban como gigantes de hormigón, destinados a almacenar agua y generar energía para un país que despertaba.
Nuestro protagonista acompañaba a su familia, que trabajaba en una de esas colosales construcciones: la presa de El Atazar. Aquel embalse, uno de los más grandes de España, no solo transformó el paisaje, sino también la vida de quienes participaron en su levantamiento. Fue una obra titánica que dio empleo a cientos de personas y supuso una inversión sin precedentes para la época.
La empresa encargada de la construcción estaba dirigida por el señor Montejano, un nombre que aún resuena en la memoria de quienes vivieron aquellos días. Sus camiones americanos Mack, con el inconfundible bulldog cromado en el capó, eran un espectáculo en sí mismos. Rugían por los caminos de tierra como bestias mecánicas, dejando tras de sí una estela de polvo y admiración.
Para quienes lo vivieron, aquellos años no fueron solo de trabajo duro, sino también de sueños compartidos, de esperanzas depositadas en cada piedra colocada, en cada jornada bajo el sol o la escarcha. Y aunque el tiempo haya pasado, la memoria de aquella época sigue viva, como una fotografía sepia que aún conserva el calor de lo vivido.
Emilio, con apenas seis años, comenzaba su andadura escolar. Cada mañana, de la mano de su hermana Alicia, un año menor, caminaban juntos hacia la escuela. Aquellos primeros días, llenos de descubrimientos y juegos, le parecían encantadores. Su padre, Ginés, había dejado atrás el sureste en busca de trabajo, y ahora formaba parte de las interminables jornadas de construcción del que sería conocido como el “mar de Madrid”, un embalse tan vasto que parecía no tener fin. Trabajaban sin descanso, día y noche, en turnos de 24 horas.
Vivían en Torrelaguna, en una vivienda modesta, casi improvisada, anexa a la casa del señor Rafael, el dueño de la funeraria del pueblo y también carpintero de ataúdes. Él y su esposa, la señora Pepa, eran un matrimonio afable, campechano, con cuatro hijos: dos chicos que ayudaban en el taller y dos chicas que aún seguían estudiando.
A Emilio le encantaba pasear por el pueblo con su hermana o con sus amigos. A veces, alzaba la vista y veía el cielo salpicado de paracaídas, pues cerca del pueblo había un batallón militar que realizaba maniobras. Aquella imagen, tan insólita como fascinante, quedaba grabada en su memoria como un espectáculo mágico.
El pueblo mostraba signos de abandono: calles agrietadas, aceras irregulares, farolas que apenas alumbraban. Pero a los ojos de Emilio, todo era maravilloso. El aire era limpio, los cielos amplios, y el murmullo del río que cruzaba el pueblo le parecía música.
En el centro del pueblo estaba la taberna de “La Catalana”, una viuda llegada desde Barcelona que regentaba uno de los lugares más animados del lugar. Por esa misma calle pasaba el ganado del pastor Jaime, dejando tras de sí ese olor a campo, a pueblo, a chimeneas encendidas en los fríos inviernos. Emilio solía entrar en la taberna para ver la televisión, fascinado por los programas de flamenco, que le despertaban una pasión temprana por el arte del zapateado.
En la plaza donde vivía Emilio también se alzaba una prisión. A veces se rumoreaba que algún preso se había fugado o que había llegado uno especialmente peligroso. Para los niños, aquellas historias eran como leyendas urbanas, contadas con emoción y un punto de temor.
En los días calurosos de verano, la señora Pepa sacaba una manguera al patio, y los niños, en bañador, se empapaban entre risas. Emilio, Rafa, Ramón y otros amigos compartían esos momentos como si fueran eternos.
Los comienzos escolares no fueron fáciles para Emilio. Volvía a casa con arañazos y moretones. Decía que un compañero le había pegado, pero sus intentos de revancha solo empeoraban la situación. Su madre, preocupada, acudió al colegio para hablar con las monjas. Durante un tiempo, las aguas se calmaron.
La casa donde vivían era poco más que un cobertizo adaptado. En el piso superior, un espacio diáfano de unos 50 metros cuadrados, dormía toda la familia. Solo una ventana al patio dejaba entrar la luz. Las ratas eran visitantes habituales, y la precariedad era parte del día a día.
Su madre solía decir que parecían una familia de circo, mudándose de un lugar a otro al ritmo de las obras públicas. Y no le faltaba razón.
Un día les regalaron un perrito, pero no duró mucho. Emilio, jugando al fútbol en la plaza, se lanzó a parar un balón y se clavó un cristal en la pierna. La herida fue grave, sangraba mucho. Su madre y la señora Pepa lo llevaron al médico, donde le dieron cinco puntos. La herida se infectó, y Emilio enfermó gravemente. La fiebre no cedía, y el médico iba y venía. Finalmente, descubrieron que era alérgico a la penicilina. Estuvo al borde de la muerte.
Cuando se recuperó, sus padres quisieron regalarle un día especial. En un domingo de julio, fueron con unos vecinos al río Jarama. Llevaban mantas, comida, y muchas ganas de disfrutar. El agua era cristalina, el entorno sombrío y fresco. Emilio se bañó, jugó, y al final del día, cantó una canción de Luis Lucena, Borracho, zapateando con entusiasmo. Los presentes lo aplaudieron y le dieron 25 pesetas. Fue un día inolvidable.
Un día de verano en el Jarama. Con la familia. Con amigos. Con la vida por delante. Una auténtica maravilla.

Exquisitamente bien relato, es un cuento muy apropiado para niños, me ha encantado, felicitaciones.
ResponderEliminarRelatado, ha sido un fallo.
EliminarLe agradezco su comentario muy valioso para tenerlo en cuenta en sucesivas publicaciones. Se trata de la visión de un niño en su mundo infantil, su microcosmos. Gracias sinceramente.
ResponderEliminar