LA INTENSIDAD DEL OLVIDO
No anda lejos... pero está perdido.
Así le contestó Mauro a Miguel, después de observar por un largo rato a un tipo que actuaba errático, caminando de un lado al otro de la acera. Ese hueón fue novio de Carolina - confidenció el Mauro - ¿La tía loca? - preguntó Miguel-. sí, esa mina loca, una mujer cuyo único pecado era haberse criado en un barrio chapado a la antigua; plagado de escobas copuchentas y de viejos alcohólicos y alcahuetes.
Claro, no se puede negar que le gustaba la cosa, le encendían hasta velitas, pero viéndolo con la objetividad que da el paso de los años, su función era por decir lo menos, terapéutica y de gran importancia social. No se le escapaban ni los de pantalones cortos. Todos los autobuses le servían, le daba lo mismo con quien pudiera estar.
Lamentablemente el precio de su labor social tenía un alto costo, ella lo sabía, jamás podría aferrarse a ningún cariño de varón, vagaba sin esperanza entonces…
De vez en cuando, se le veía por los rincones compitiendo con el perro de la casa, por alguna caricia desganada, con esa afectividad aplanada que dibujaba su rostro.
Por eso fue tan inesperada la relación de Carolina con el hueón de la esquina, con el desenlace que todos esperaban y que, por cierto, tampoco a nadie tomó por sorpresa.
Carol o la Carolina como la conocían todos, vivía separada de su cuerpo, mientras su mente se había quedado suspendida en los buenos tiempos; cuando jugaba con esos feos patos chinos en las acequias, en esos débiles flujos de agua de la montaña y barro podrido, que corría a través de su patio, en esa vieja casa, que más bien parecía sacada de una película antigua de la guerra. Y para empeorar la situación, el hueón de la esquina era esquizoide.
Cuento corto, la loca y el rematado salieron de paseo a la montaña, en ese infernal verano del ‘86. No se sabe bien qué ocurrió lo único cierto es que salieron dos y solo uno regresó.
Nunca encontraron los restos de la loca Carolina, fue como si se hubiera evaporado. En tanto el esquizo repetía una y otra vez -yendo de un lado al otro de la vereda - con un cigarro a medio fumar, descalzo, andrajoso y maloliente, una frase que de tanto repetirla, comenzaba a escucharse como un mantra o una dolorosa letanía y escapista...
"La intensidad de la velocidad, es directamente proporcional a la intensidad del olvido…”
Santiago Lezna.
Saludos desde Chile, espero ver más escritos de Santiago Lezna, me gustó mucho su estilo, felicitaciones.
ResponderEliminarYa le adelanto que habrán más publicaciones en torno a su país, que ahora está en un momento de cambios importantes. Mucha suerte y mucho ánimo. Gracias sinceramente.
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