Desgastados por el hormigón
Ese día era un día especial para Miguel, a sus 65 años había decidido dejar a su mujer por una chica dominicana de 35 años. Estaba prendado de ella, era una pasión excitante. Se encontraba en una etapa diferente, y así se lo demostraba a su flamante conquista caribeña.
A Candy la conoció por una red de contactos. Todo empezó como un
juego, yendo a más y más cada día. Miguel tenía un cosquilleo por esa nueva
situación que le daba vida e ilusión, se imaginaba convertido en un dandy.
Miguel tenía problemas para conectarse a la web cam entre semana por su
horario de trabajo, pero desde el viernes por la tarde su mundo cambiaba y
surgía su nueva vida, su vitalidad escondida por tantos años. Poner en marcha
esa comunicación sexual que había encontrado casualmente.
Candy era una joven mulata, de piel tostada, ojos verdes, y melena larga
tintada habitualmente. Dientes radiantes, y labios carnosos. Le había ocultado
su pasado, pues ella había sido maltratada por su primer marido quien la puso a
ejercer la prostitución para poder salir adelante y pasar los meses. En
ese trabajo tuvo dos hijos de 8 y 11 años, sin saber con seguridad la paternidad de ellos. Eso fue lo que provocó la ruptura definitiva con su
maltratador que la abandonó a su suerte. De nada servían las distintas
denuncias que había ido poniendo ante la Guardia Nacional, pues incluso se reían
de ella, y ni siquiera admitían su versión de los hechos.
Miguel era un empleado de una multinacional desde hacía más de 20 años. Era
el encargado de una planta de hormigón, donde se combinaban los áridos en
las tolvas que caían por un conducto, especie de tobogán, por donde cargaban
los camiones el hormigón, y salían con destino a las obras que se hacían en la
ciudad.
Miguel conocía su trabajo. Ya lo realizaba por pura monotonía, era una tarea repetitiva día tras día, sabía organizar a la plantilla.
En la planta de hormigón aparte de los camiones que cargaban el producto en
sus vehículos, que eran itinerantes, había dos empleados más. La jefa,
representante de la empresa, que era una universitaria de 32 años licenciada en
química, Pilar, y que casi no aparecía nunca por la propia planta, pues hacía
su trabajo de oficina, y se dedicaba a reunirse con las otras plantas de la multinacional
en España.
El otro compañero en la planta se dedicaba a tareas de mantenimiento
mecánico, manipulaba las cargas de los camiones, Andrés un tipo regordete y
simplón, que vivía solo con su madre, pues se quedó huérfano a los 5 años, y su
madre tuvo que trabajar sin descanso para sacar la casa adelante, con escasos
recursos económicos. Era el que atendía los pedidos que le enviaba Pilar y los
planificaba para servirlos con tiempo a los clientes, en las diversas obras que
pedían distintas clases de hormigón.
Candy siempre pasó muchas necesidades en la República Dominicana. Desde su
familia trataron de inculcarle creencias religiosas, y empezó a practicar la
religión cristiana, pero el paso de los años y el contraste con su vida pésima
le hizo cuestionarse el confiar en el señor del altísimo, aunque le tenía mucha
devoción a Santa Genoveva, la patrona de su pueblo.
No pudo terminar los estudios, no estaba centrada en poder aplicarse a las
matemáticas y al lenguaje. Tenía otras necesidades ante la violencia y
dramatismo que vivía en su familia hacían imposible seguir adelante con la
enseñanza elemental. Tuvo que iniciarse en trabajos mal pagados y temporales
que con el tiempo y consejos de algunas conocidas en su época de prostituta se
inició en experta en web cam por sexo, aunque tenía varios nombres simulados en
diversas páginas de Facebook e Instagram.
Miguel y Candy llegaron a contactar por la plataforma de encuentros hacía
ya 4 años. Inicialmente Candy tenía que compaginar a Miguel con otros clientes
en la red, pero poco a poco Miguel le fue dando una perspectiva interesante de
futuro. Ella nunca le comentó toda su verdad, pues temía que pudiese alejar al
español de la caribeña. Desde hacía 2 años iniciaron su contacto más
asiduamente y por web cam, algo que para el empleado era novedoso, y en cambio
Candy dominaba muy bien esos medios, con los que solía llegar a pasar el mes,
junto a otros trabajos de limpiezas domésticas y similares.
Miguel estaba casado desde hacía 36 años con su mujer Amparo, con la que
tenía una hija, Mariana, de 25 años, ya independizada, y que convivía con su
novia Andrea. Dicha relación no fue aceptada por el padre en ningún momento,
pues era de ideas muy tradicionales, una situación que provocaba continuas
discusiones con Amparo, que defendía a su hija y su libertad sexual.
Candy le había ofrecido pasión y amor eterno de un tiempo a esta parte.
Solo esperaba poder compartir con Miguel el resto de su vida, e incluso poder
tener descendencia de su amante. Esos comentarios habían ido en ascenso en los
últimos meses, y había decidido poner fin a su relación matrimonial, y unirse a
Candy el resto de sus días, lo tenía decidido.
La planta de hormigón tenía una superficie muy amplia, vallada, y donde podían acceder más de 30 camiones hormigoneras, junto a las casetas de la empresa, y un almacén, además de las pequeñas montañitas de áridos de varias clases que se necesitaban mezclar para fabricar el hormigón.
Ciertamente que
después de los 22 años de existencia de la planta, cada vez se necesitaba más
mantenimiento de la misma, con cambios en la estructura de la misma, y sin que
perjudicase el proceso de venta del hormigón. Ese era el elemento básico, que
la empresa ganase mucho dinero, y que la multinacional austríaca pudiese felicitar
a Pilar por su buena gestión entregando unas buenas primas por sus resultados.
Ya era una constante en las reuniones que tenían en Salzburgo todos los
años, había que insistir en aumentar el beneficio.
Sergio era un decidido trabajador que no tenía otra meta que trabajar, para
poder hacer más grande la empresa, y poder beneficiar a su familia. Nació en Zaragoza hace 55 años, y llegó a Valencia para emplearse a sus 17 años en los astilleros,
para montar piezas de barcos, pasando con el tiempo a ser soldador en la misma
empresa, una categoría muy bien retribuida.
La crisis en las empresas de astilleros hizo que Sergio se adelantase
y pidiese la cuenta para irse a montar su propia empresa, un taller de
soldaduras junto a su cuñado inicialmente. Era una idea que había tratado
en varias ocasiones con su mujer y con su cuñado, y cada vez con mejores
argumentos.
Eran los años 70, la empresa les iba bastante bien, a pesar de la red de impagados que iban aumentando. No tenían mucha competencia. Pudieron aumentar el personal contratado a dos mecánicos más en el taller, cuyo local era alquilado.
El trabajo aumentaba, el tiempo pasaba y el local se les quedaba
pequeño, rodeado de nuevos edificios, por lo que se decidieron a comprar una
nave industrial en el área metropolitana. Fue una inversión muy fuerte, pero
confiaban en ese trabajo que no iba a faltar, aunque Sergio iba camino de los
56 años. En ese camino tuvo algunos sustos importantes por no respetar la
seguridad en la empresa, una tarea atrevida y casi temeraria, sin equipos de
protección, pero que afortunadamente no le afectaron a la salud, solamente
algún corte y puntos de sotura de los que salía con rapidez, y que no le
dejaban mella en su quehacer laboral.
Durante todo el tiempo Sergio, persona de baja estatura, con poco pelo y
nariz de boxeador, había ampliado su red de clientes, quizás porque era barato
para lo que cobraban otros talleres. Él era un especialista, un herrero que no
conocía otra profesión en su vida. Una persona que se dedicaba a su trabajo en
cuerpo y alma. Los clientes sabían que podían buscarlo para trabajar a todas
horas, día y noche e incluso festivos o fines de semana, aunque fuese a otro
precio, pero el cliente sabía apreciar esa entrega.
Sergio tenía dos hijos, Raquel y Juan, ninguno de los dos quiso seguir con
la empresa de soldaduras, tan solo ayudaban a su padre y al tío en la gestión
de los papeles. El hijo iniciaba su carrera en el mundo del cine. Eran el
objetivo de su vida, sus hijos, su familia, su bienestar, que tuviesen lo mejor
que él no pudo tener, les recordaba en ocasiones sus vivencias en el pueblo de
Zaragoza donde no había mucha proyección, y que les obligaba a desplazarse a
las grandes ciudades en busca de un mañana mejor.
Su hijo era un ilustrado joven que
tenía inquietudes por el mundo del séptimo arte, apasionado por las obras de
los grandes directores incluso pensaba en poder algún día producir un
cortometraje o invertir con otras personas en un producto de futuro, cosa que
no le veía a la empresa de soldaduras de su padre.
Dentro de los clientes que tenían, la multinacional austríaca era de lo
mejor, pagaba muy bien, y solo tenían a la empresa de Sergio en exclusiva. Ya
había ido a reparar en alguna ocasión unas chapas, y se entendía perfectamente
con el personal por su tono campechano y abierto. Nada de pago aplazado, todo
al contado previa la factura.
Desde la planta de hormigón le habían llamado para pedirle unas chapas de
hierro que debían reforzar la parte de arriba, donde se hacían las mezclas.
Miguel le dijo que comprase esas planchas, y que le esperaban el jueves de la
semana siguiente, pues para ese día no tenían previsto mucho trabajo, momento
ideal para colorar esas soldaduras en lo alto de las tolvas, los recipientes de
mezcla de los áridos.
La empresa de Sergio tenía una pequeña furgoneta que servía para
transportar el material, junto a las herramientas necesarias para las tareas.
El vehículo estaba más bien abandonado, pues pensaba que no era el instrumento
necesario para ejercer la profesión, sino meramente accesorio, y así la
trataba.
Ese jueves, de buena mañana, le gustaba madrugar, se presentó en la planta
a las 8,30 y le pidió a Andrés que le ayudase a bajar las planchas de hierro y
poder subirlas a la parte alta de las tolvas de áridos. Sin problema alguno,
ese día cambiaron las tareas, pues Miguel se ocupaba de cargar los pocos
camiones que llegaban y su compañero ayudaba a Sergio en las tareas de soldar
en el interior de las tolvas, que se habían desgastado por el vertido de áridos
durante muchos años.
Eran las 12 horas cuando llamaron por teléfono desde una nave en
construcción en un polígono industrial. Miguel cogió el teléfono y le dio el ok
a la petición de 15 camiones, les había llegado un pedido fuerte para esa obra.
Necesitaban cargar todos los camiones y que hicieran varios viajes.
Pero esa novedad no cambió la forma de trabajar de Sergio y Andrés, pues
cuando iban a cargar algún camión, Miguel voceaba fuerte desde la sala de
máquinas, para que los mecánicos, que estaban a 10 metros de altura, dentro de
las tolvas, escuchaban la voz de Miguel y se salían al exterior para que
pudiese hacer la mezcla y cargar varios camiones. Tras ello, volvían a sus
trabajos de soldaduras. Era una forma de trabajar sin parar el ritmo productivo
de la empresa, que seguía ganando dinero hacia Austria.
Llegaron las 14 horas, y Miguel les avisó de que se iba a comer a casa. Sergio y Andrés decidieron hacer lo mismo, pero quedarse a comer en el bar que
había enfrente de la empresa. Bar El Cordobés, donde la clase obrera se
daba cita en los almuerzos y comidas, sin ningún tipo de lujos. No había mucho
espacio, y sí mucho ruido, pues no estaba insonorizado. El bajo comercial estaba unido,
sin distinguir el comedor de la cafetería, era un bar para dar servicio
inmediato a los clientes, que al no estar en la ciudad ni entorno urbano, no
tenía jubilados que jugasen la partida de cartas o del dominó.
Miguel seguía con la cabeza ocupada en su decisión de romper con Amparo y
dar luz verde a su nueva relación con Candy, tenía que ver el momento adecuado
para sacar el asunto, y cerrar esa situación. Ciertamente estaba algo nervioso
para enunciar su propuesta. Necesitaba poner en orden sus nervios. Cada vez sus
lentes se empañaban más, y su vista era peor. Las canas cubrían toda cabeza, y
empezaba a pensar en ocasiones en la jubilación, pero de forma remota.
Los mecánicos se decidieron por el menú del día, de bajo precio y buena
calidad. El bar estaba lleno de trabajadores de los polígonos industriales de
la zona. Casi todos con el uniforme de las empresas, y calzado de seguridad. En
la comida hablaron de fútbol, pues era la pasión de Andrés, aficionado del
Valencia, que estaba en racha con los títulos de liga y copa. Por su parte Sergio era aficionado del Zaragoza, aunque asumía la irregularidad de su equipo
que ahora se encontraba en la segunda división.
Ya en los postres surgieron con temas de la política, criticando al
gobierno central, y poniendo el foco en la subida de los impuestos, y lo poco
que les importa la clase obrera a los políticos. No manifestaron nunca sus
opciones políticas pues se consideraban apolíticos, aunque cada uno de ellos
había votado opciones diferentes en las convocatorias electorales. La comida
había estado regada de vino con gaseosa, y un buen carajillo ponía broche a ese
momento de la jornada.
No tardaron en acceder a la empresa, bajo un sol de justicia, con los 35
grados del momento, y emprender su tarea que había quedado a medias.
Andrés, conocedor de la urgencia en servir esos camiones de hormigón, observando que tenía tres en espera de carga,
subió a la sala de máquinas , avisando previamente a Sergio de que se esperase
para cargar los camiones, y como aún quedaba material en las tolvas, así lo
reflejaba el receptor, pues dio la orden de ponerse a llenar los camiones, para
vaciar el recipiente, y así poder trabajar arriba sin áridos que molestasen la
soldadura, estarían más amplios.
Se subió tras dejar la planta sin camiones, que salieron cargados a
destino. Estando solos los dos, Sergio y él, arriba en la soldadura de las
planchas, fue cuando sin ver nada de lo que ocurría en el exterior, pues se
encontraban dentro de la tolva, como en una cueva, donde a base de gritos
habían ido saliendo durante toda la mañana, cuando se cargaban los camiones.
Miguel había bebido más de la cuenta en la comida, no se atrevió a decirle
nada a Amparo, a pesar de la ingesta de alcohol en exceso, y su cara larga,
unido a una reciente discusión por la situación de la hija. Cuando terminó de
comer, salió de casa en su coche, pensando en la caribeña que lo ponía muy
cachondo. Puso la radio y escuchaba una música de los 80. Llegaba casi puntual
a su trabajo, nadie le diría nada si había retraso, pues él era el encargado de
la empresa.
Observó, al haber llegado con 15 minutos de retraso la existencia de dos
camiones que esperaban cargar para llevar hormigón al pedido recibido por la
mañana.
Le ordenó a uno de ellos que se pusiera bajo la zona de carga, pues con el
calor reinante, el conductor estaba en la cabina con su aire acondicionado, y
escuchando música.
Accedió Miguel a la sala de mandos, con ese leve mareo del vino en la
comida, pero su tarea era la habitual y sabía de sobra que tenía que comprobar
la existencia o no de material en la tolva, y en su defecto pues cargar la
tolva con 32 Toneladas de áridos, para hacer la mezcla, y producir el hormigón
en un espacio de 10 minutos, lo que tardara en cargar a cada camión.
Andrés momentos antes pensando en su trabajo con Sergio, no pensó en poner un papel indicativo de que estaban arriba trabajando, o bien podía haberse llevado la llave de arranque de la mezcla, pero no se dio cuenta, quizás por el carajillo de la comida, o bien porque pensaba que su encargado se acordaría de que estaban dentro de la tolva soldando las planchas de hierro.
Se imaginó que su compañero vería la furgoneta de Sergio en la planta , porque no era habitual verla en las
instalaciones. Los camioneros no dijeron nada porque pensaban que Miguel repetiría
lo que vino haciendo por la mañana, vocear a la pareja de soldadores y a seguir
todos en el proceso productivo.
Los astros de ese día de los tres hombres que trabajaban en la planta estaban con un mal día, pues todo salió muy mal. Miguel ante la sala de mandos observó que la tolva estaba vacía , así la dejo Andrés momentos antes, y su dedo índice apretó a la llave que abría la cinta transportadora para llenar la tolva con 32 toneladas de áridos.
En ese momento se oyeron voces, desde arriba
y desde los camiones dirigiéndose a Miguel, que ignoraba qué pasaba, aturdido
por el alcohol en sangre, y Rafael, un camionero andaluz fue el que más corrió
a la sala de mandos para que detuviera la mezcla. Andrés , desde arriba ,gritaba
agarrándose a los lados de las chapas, tenía varios rasguños en el cuerpo y
tenía un fuerte ataque de nervios y ansiedad. Había visto como Sergio, que
estaba soldando las planchas, casi acabando con su tarea final, se había
hundido por los áridos, junto con la pantalla de protección y el soplete,
estaba aprisionado con las 32 toneladas, y sus pies hasta la rodilla aparecían
por el agujero de carga donde sale el hormigón a los camiones. Sergio murió por
asfixia, no puso recibir ayuda para poder sacarlo con vida. La imagen hasta que
llegó el juez de guardia eran las dos botas de trabajo de Sergio colgando en la
salida de la tolva.
Todos los sueños se habían acabado. Miguel acabó con una depresión severa,
que lo llevó directamente a la jubilación, rompiendo su relación con Candy, y
siendo casi un robot medicado el resto de sus días.
Andrés, pudo recuperar su ánimo, pero fue condenado al igual que Miguel por
imprudencia temeraria con resultado de muerte, uno por acción y el otro por
omisión.
La empresa austríaca y la aseguradora hicieron ofertas miserables, y
sorprendentemente la planta fue asegurada el día antes del siniestro, ésta y
las otras 20 que tenía en España la empresa. Casualidades que pasan.
La viuda de Sergio recibió 20 millones de pesetas más los intereses, pero
ni aún por eso fue argumento para mantener la empresa, que cerró en el plazo de
6 meses. Los jueces rebajaron la indemnización porque la mujer
argumentó que sus ingresos provenían del alquiler de la nave industrial.
Juan, el hijo de Sergio, siguió adelante con sus ideas de invertir en el
mundo del cine, y le pidió a su madre parte de la indemnización para poder
producir un corto e introducirse en ese mundo.
Amparo fue abuela de su hija
Mariana, y de su pareja Andrea, si bien Miguel ya no se enojaba ni se oponía a
esa situación, sino que salía a pasear por los parques del barrio, y pasaba una
corta temporada en el pueblo de la mujer, para intentar distraer la mente.
La inspección de trabajo abrió
expediente a la empresa para sancionarla con 500.000 pesetas, pero lo archivó
por el principio de no sancionar dos veces por lo mismo, si bien el instructor
ya conocía ocasiones anteriores con más sanciones en esa planta de hormigón por
no respetar las normas de seguridad, así como defectuoso mantenimiento de la maquinaria.
La llave que apretaban para
fabricar el hormigón, parecía que lo forzaban desde Austria, así se lo habían
repetido varias veces a Pilar, la gerente, que fue despedida como consecuencia
del siniestro, aunque ella nunca estaba en la fase de producción del material.
Se había violado el objetivo de ganar dinero en todo momento.

Muy bueno. Intrigante hasta el final
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