Bajo la mirada de la Cordillera
En la plaza libertad de la comuna de Peñalolén estaba Javiera, eran las 13 horas y acababa de salir de la escuela, junto con sus compañeros del colegio Santa Teresa, un complejo subvencionado, de los que no abundaban en la zona. A esa hora lucía junto al resto el uniforme con la insignia de la Santa. Ella con una polera y falda escocesa y ellos con pantalón largo gris y chaleco azul. Era el primer viernes del reinicio de las clases en agosto de 1973.
En esa zona se reunían los
niños de la comuna a jugar bien a hacer carreras, escondite,
canicas y varias opciones más.
Ciertamente acababan de
terminar las vacaciones de invierno, con unas temperaturas muy bajas en esta
zona junto a la cordillera. El frío era intenso. Se observaban las abundantes nieves que
permanecían en lo alto de las montañas.
Javiera era una niña muy
linda, de 8 años, con sus ojos de color café. Su hermano Julián, de 16 años, que
se ocupaba en algunos trabajos temporales ayudando al vecindario, pues no había
terminado los estudios, tampoco tenía mucho interés en aprender un oficio. La
niña con pelo largo negro y sedoso, era la bendición de su familia.
La familia de Javiera vivía de forma humilde, aunque no pasaban necesidades, acababan el mes con lo justo. Su padre, Alfredo, trabajaba como taxista en Providencia y alrededores. Se defendía bastante bien. Podía permitirse el lujo de llevar a su hija al colegio subvencionado Santa Teresa en lugar de ir al colegio público Gabriela Mistral. Era una familia muy religiosa, como más del 60 % de los chilenos en 1973, todos los domingos iban a misa, llenaban el recinto y practicaban la religión cristiana.
La casa de Javiera era como en la
inmensa mayoría de las comunas de dos pisos, la planta baja y el primero. La
normativa nacional no permitía más alturas por el hecho de los frecuentes
temblores que había en la nación andina. Además, requerían unos materiales
especiales para evitar el derrumbe. Máxime tras el reciente e intenso terremoto
habido en Illapel con casi 100 muertos, en el entorno de Valparaíso. Tenía una
chimenea y un pequeño patio donde cultivaban los duraznos y los damascos,
además de unas plantas decorativas que distraían a Renata, la madre. y donde Alfredo
podía dejar el taxi en su propiedad.
Javiera era una niña muy
aplicada, con buenas calificaciones. Le gustaba mucho la asignatura de español
y poco las matemáticas, lo suficiente para salvar el aprobado. Le interesaba la
lectura de aventuras, frecuentaba la biblioteca pública, donde iba dejando
marca en sus registros por los volúmenes como buena lectora.
Peñalolén, dentro del área
metropolitana de Santiago, tenía una industria de telecomunicaciones, con
varias emisoras públicas y privadas, que usaban la buena ubicación de la comuna
para poder instalar las antenas y transmitir. Lo relevante de la comuna era su
enorme vegetación y su dedicación a la agricultura, con criaderos de caballos y
calles por asfaltar. Era un lugar de paso de microbuses con destino al centro
de la capital, con varios paraderos en la comuna. Era un lugar donde , mayoritariamente, se habían
asentado los chilenos provenientes de otras regiones. El agua
era natural directamente llegaba desde las montañas. No había alcantarillado,
sino fosas sépticas. Era un lugar donde se respiraba aire sano, y aunque hasta
años más tarde no se le pondría el nombre oficial de Peñalolén, todos la
conocían como tal.
La madre de Javiera, Renata,
era de Chiloé, y su familia se había venido a la gran ciudad en busca de mejor
fortuna, fue un asunto que decidieron con sus padres, ya fallecidos. Hacía
20 años que se instaló en la ciudad, donde conoció a Alfredo. Tras un largo pololeo se casaron
y crearon esta familia. Ella, inicialmente encontró trabajo como auxiliar
administrativa en una oficina en Pudahuel. Tras la boda, abandonó el trabajo para dedicarse
plenamente al matrimonio y a la familia.
Gracias al trabajo del taxista,
vivían en un condominio con varias casas y un vigilante en la puerta, donde los
hijos tenían una zona de juegos. Los vecinos mantenían relaciones cordiales, con ayudas recíprocas.
Habían visto en ese Santiago
convulso la victoria de Salvador Allende; ellos le votaron, pues aportaba un
aire de reforma que ilusionaba al país, y se veían importantes cambios a la
vista. Pensaban en un mañana mejor para sus hijos, un progreso social para el
país.
El matrimonio no eran militantes
políticos, aunque sí que había vecinos muy vinculados a la Unidad Popular, y
que mostraban su alegría por la victoria de su candidato, y no se cansaban de
predicar los beneficios de esta nueva etapa.
Hacía unos años, tras la
victoria de la izquierda en las elecciones, se observó en la comuna un
movimiento de toma de parcelas y creación de campamentos, aspecto que fue en
aumento ante el enorme terreno existente en Peñalolén, y máxime perteneciendo tanta extensión a
un oligopolio familiar . Fue un llamado casi público, y allí
acudieron a montar campamentos en esta zona. Se pobló de personas con
escasos recursos y partidarios del nuevo sistema marxista en el gobierno.
Renata, como otras veces, había enviado a Javiera
al super de Manuela que se ubicaba cerca del condominio. Debía hacer colas para
poder comprar alimentos básicos como leche o café. Los tacos eran frecuentes y
cada vez más largos. Hasta se estaba emitiendo una cartilla de racionamiento
para controlar el acceso a los productos indispensables para el sustento. La
niña se encontraba allí con algunas alumnas de clase, con el mismo fin.
También se escuchaba con cierta frecuencia el comentario sobre la huelga de los
camioneros que se estaba haciendo eterna y perjudicial para la población.
Por su parte Alfredo después
de su jornada con el taxi, llegaba a casa contando las novedades del día, lo
que observó en la ciudad: movilizaciones por toda la capital, mucha presencia
de militares por las calles, algunos destrozos en negocios, y otro taco
importante para poder llenar el depósito en la bencinera. En varios lugares, ya
desviaban el paso de circulación por los disturbios encabezados
fundamentalmente por estudiantes universitarios.
Hacía unos días recibieron una
carta del Ministerio del Ejército para que Julián pasara por la comandancia de
Pirque, y se alistase forzoso al servicio militar , llegó el momento de servir a la
patria. Era la edad en la que se estaba llamando a filas a los jóvenes
chilenos.
La carta fue recibida con
cierto temor por parte de la familia, pues no eran los mejores momentos para
formar parte de las fuerzas armadas; era manifiesto que cada vez había más
tensión e inestabilidad social.
Julián no era consciente de
ese temor, todo lo contrario, le parecía interesante formar parte del ejército,
y tener una actividad práctica, estar ocupado, máxime realizando un servicio
público. Algunos amigos del condominio también recibieron idéntica convocatoria,
para que pasaran la revisión médica y formalizar toda la documentación como nueva
remesa de militares en formación; todos fueron convocados en la misma comandancia de
Pirque.
Renata estaba muy preocupada
por el destino de Julián, si bien Alfredo le quitaba importancia para
tranquilizarla. Todo iba a estar bien, y más si Julián al final hacía de ello
su profesión del futuro, y se quedaba como oficial de carrera. Una profesión
con sueldo asegurado.
Renata le rezaba todos los
días a la virgen del Carmen, para que cuidase de su familia y apoyase a Julián
en esa nueva ocupación de riesgo, le suplicaba que terminase pronto en esas prácticas pre
bélicas. Además los domingos iban a la iglesia donde plasmaba esa rogativa con una velita en favor de la Santa.
Javiera era feliz en su
entorno, iba a la escuela todos los días. Su madre madrugaba a las 8 de la
mañana y le preparaba la colación y el almuerzo para que pudiera llevárselo a
la escuela, donde se quedaba a comer y pasaba el día completo. Renata que la acompañaba a diario, la recogía
a las 17 horas en la puerta. Así transcurrían sus días.
Julián se presentó en Pirque
de buena mañana llevando consigo la convocatoria oficial que recibió. Había muchos
chicos de su edad esperando su turno y por varias dependencias; mucho
movimiento en la comandancia militar. Le indicó un sargento que debía pasar a una
estancia donde le harían la revisión médica. Allí junto al resto de jóvenes, le
midieron, le pesaron, y le dieron una cartilla de soldado de reemplazo. Al
mismo tiempo, le indicaron hacia el almacén que estaba al fondo, y le
entregaron el uniforme, junto al casco, y las botas. Después de tener el
equipamiento, pasaron a un espacioso salón de actos donde el comandante en jefe, D. Mateo
Bermudes los recibió con un saludo, y unas palabras de ánimo, indicando que el
servicio a la patria era lo más grande que podía hacer un chileno, y ahora se encontraban en un momento decisivo en el que Chile necesitaba de su colaboración para prestar un
servicio público importante a la nación, aportando fe y esperanza ante la
nueva república marxista del gobierno.
Volvió a su casa con todo el
uniforme envuelto, y pletórico con esos ánimos que le había insuflado el
comandante. Se los repitió a su madre, pero Renata no los recibió con el mismo
optimismo, aún sirvió para ponerla más en alerta del riesgo que estaba
asumiendo su hijo. El temor existía en casi cada hogar chileno en esos
momentos.
A Javiera le pareció muy guapo
su hermano vestido de militar con ese casco, que le daba un toque de rango importante.
Bromearon sobre el futuro general de la familia, y si llegaría a casa
conduciendo un tanque, bromas que escuchaba de lejos la madre, intentando en
vano cortar la conversación. El chico anunció su primera práctica de tiro en esa
semana.
Uno de los hechos que se
propagó como la pólvora fue que la profesora de música de Javiera, les había
explicado en clase quien era el cantante Víctor Jara. Acompañó la explicación
con su guitarra y una canción del mismo, para que el alumnado estuviese al día
en temas musicales. Les explicó qué querían decir algunas de las canciones del
cantautor. A Javiera no le gustaba mucho ese tipo de música, no era de la que se
escuchaba en la radio habitualmente.
A la directora del colegio le
llovieron multitud de quejas sobre la iniciativa de la profesora de música por el hecho de
promover el comunismo en las aulas. La directora no sabía ofrecer suficientes justificaciones, estaba desbordada.
Las quejas llegaron hasta la inspección educativa, que decidió archivar el
asunto, por no violar los derechos humanos, y ser el camino a recorrer en esta
nueva etapa de libertades.
Alfredo quiso quitarle también
importancia al hecho del incidente con la profesora, una vez que lo puso al
corriente Renata. Varias madres habían comentado en la puerta del colegio los hechos
enojadas con la actuación de la docente y el clima de tensión provocado con los
jóvenes estudiantes.
Julián se presentó en Pirque
con el uniforme, y en varios buses se fueron a hacer la preparación física, a
recibir las instrucciones respecto al armamento que iban a manejar a diario, y
sobre todo a recibir cada día las instrucciones del territorio que iban a
controlar y patrullar, que por proximidad le correspondía Puente Alto y San
Bernardo, comunas donde la pobreza era extrema en esos momentos, con pésimas
infraestructuras. Y se tenían controlados los asentamientos de campamentos
donde señalaban la existencia de algunas milicias armadas por el propio gobierno, y que
serían su próximo objetivo.
Los hechos se precipitaron y
las distintas escaramuzas en zonas de la capital, con la intervención de la
FACH bombardeando el palacio presidencial y la muerte del presidente Allende, dio pie al
pronunciamiento de las Fuerzas Armadas.
Tras esa sublevación todo el
ejército participó sin descanso en la persecución de los miembros de la Unidad
Popular y sus simpatizantes, con detenciones, secuestros, torturas y asesinatos,
dentro del Estadio Nacional. Julián participó con su grupo en varias acciones
por indicación de sus superiores, llegando incluso a detener a vecinos y amigos
de su comuna, lo que supuso un duró trago para el muchacho, que no olvidaría fácilmente.
En 2008, durante el primer mandato de la presidenta Michelle
Bachelet se agilizaron y fiscalizaron las causas contra los militares que
participaron en las acciones golpistas de 1973. Se instruyeron más sumarios voluminosos, a
la vista de las declaraciones de miles de testigos de las torturas, secuestros,
violaciones y asesinatos.
El comandante Mateo Bermudes,
ascendido con el paso del tiempo a General, fue condenado a 15 años de prisión por ser un instigador
de las acciones que indicaba a sus mandos y ejecutaban los soldados de
reemplazo. Obviamente cumplió la condena en el Penal de Punta Peuco, especial
para militares, a pesar de las críticas que recibió el gobierno de la concertación
por dicho privilegio.
Julián, se vio encausado,
siendo ya subteniente, nunca volvió al ser el mismo chico risueño y simpático.
Tuvo que contratar un abogado penalista, que en su proceso alegó obediencia debida a sus
mandos, y quedó con reclusión domiciliaria durante 2 años. Sus padres ya habían
fallecido, y su hermana Javiera desde California le prestó todo tipo de recursos, mostrando su
apoyo material y anímico. Nunca lo abandonó, aunque estuviesen tan distantes geográficamente.

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