Un verano truncado
Pensando en sus vacaciones que se inician mañana, así
iba Pedro en su auto camino del trabajo. Estaba empleado temporalmente en una
empresa distribuidora del gas, llevaba las bombonas a los domicilios. Ya
tenía planificados unos días en la playa de Málaga con su peña de amigos
más próximos, las fechas, lugares y la casa donde se iban a alojar. Todo el
coste a repartir entre sus colegas. Algunos de ellos estudiaban, pero Pedro no
era bueno para eso, y siempre iba buscando un trabajo para poder pagarse los
gastos cotidianos, aunque estaba aún bajo el techo de sus padres.
Eran las 8 de la mañana de un viernes, viajaba en ese coche con más de 20
años de antigüedad, un Renault 12, que pudo comprar barato para desplazarse al
trabajo y esa libertad que dan los vehículos de ir libre e incluso poder encontrar
pareja con ese complemento a motor.
Su empresa estaba a unos 10 kilómetros de su residencia en la ciudad de
Valencia. Como las grandes ciudades la ciudad del Turia se ponía a rugir cuando
amanecía para que la clase obrera madrugase en busca de sus ingresos y
sustento.
Pedro no tenía hermanos. Sus padres vinieron en los años 80 a Valencia,
procedentes de la provincia de Cuenca, donde habían nacido en un pueblo sin
nombre. Los vecinos iban abandonando para situarse en una gran ciudad, vaciando
la España rural que tan frecuente se hace.
Ese viernes Pedro iba con el uniforme de faena, para subir las bombonas de
butano a los hogares valencianos.
El día anterior no se percató de una situación en su vehículo. Al ser tan
joven y un coche tan viejo, no le prestaba mucha atención al mismo, si bien su
padre le insistía en ello, sobre el tema del agua del radiador, el aceite, la
batería, etc., cosas cotidianas en un vehículo. Pedro solo pensaba en subirse a
ese destartalado coche, que arranque y le mueva, obviamente poniendo gasolina.
Y de eso no se percató el día anterior. El coche con esa antigüedad no
llevaba detector de reserva, y no le avisó. Pedro estaba con la mente más en
las vacaciones con sus amigos que en otros detalles más accesorios. Sonaba la
música rock en su vehículo, animando el trayecto al trabajo.
Y ocurrió, el coche empezó a dar tirones y el motor se apagaba, y
conduciendo por una autovía de doble carril en ambas direcciones, tuvo que
situarlo como pudo en el arcén. El tráfico a esa hora para ir a trabajar era
inmenso en esa carretera, aunque hacía buen tiempo, estábamos en verano, y
el sol empezaba a sentirse.
No le quedaba otra opción, aunque llegase un poco más tarde al trabajo debía
ir a una gasolinera cercana y traer una lata de 5 litros para poder salir de la
situación. Y así lo hizo. Se puso a hacer autostop, y no tardaron en parar a
recogerlo, para acercarlo al pueblo que distaba unos 3 kms de la autovía. Era
obvia la necesidad, un joven uniformado en una situación difícil.
Poco dinero le iba a quedar para gastarlo con sus compañeros en el
almuerzo, pues parte del mismo lo tuvo que destinar a esos litros de gasolina
para su Renault. En ocasiones era su madre la que le preparaba el bocata por la
noche para el día siguiente, pero no siempre.
Tuvo que hacer los 3 km. a pie de vuelta a su coche estacionado en la
autovía. Desde lejos aún lo divisaba, pues a pesar del enorme tráfico que
circulaba en ese tramo y a esas horas, no había ninguna novedad. Ni siquiera la
Guardia Civil de tráfico habría pasado por el lugar, pues, en ese caso tendría
una sanción. Tuvo suerte en eso y el coche estaba preparado para ponerle los 5
litros de combustible en su depósito ubicado en la izquierda. Y así se puso
Pedro a completar su tarea. El jefe le pediría explicaciones por el retraso,
pero él pidió un justificante en la gasolinera con esa intención.
Luís conocía bien su trabajo. La empresa estaba contenta con sus servicios
y así se lo reflejaba mensualmente en el salario.
El camión de Luís estaba personalizado, conducía un Scania desde hacía 3
años. Era un tráiler, y él como acreditado conductor poseía todas las
autorizaciones de tráfico para cualquier vehículo.
Esa noche con amigos anduvo de local en local, con mucho alcohol en el
cuerpo.
Ya amaneciendo, empezó a tomarse unos cafés, pues debía volver al trabajo,
a su camión, no estaba en las mejores condiciones. A las 8 de la mañana,
después de no haber pasado por casa, y con el móvil apagado desde la tarde
anterior, se sentó en su Scania. Bajó al bar cercano a tomar otro café por si le
aclaraba un poco. Eso le permitió poder rellenar el tacógrafo del camión,
y ponerlo en marcha.
No quiso conectar el móvil, imaginaba que estaría lleno de mensajes.
Arrancó su camión para ir a cargar combustible a la petrolera. La ruta de todos
los días con el mismo camión.
Inició la marcha por la autovía, con el tráfico habitual de la semana.
Llevaba su remolque vacío para cargar el combustible y repartirlo por las
gasolineras. A veces tenía que esperar más de una hora en la petrolera por la
cantidad de camiones de concurren. Confiaba en ello, para dormir un poco. Bajó
la ventanilla para que le diese el aire, y se puso la radio con las noticias,
opciones todas que ayudaban para esta resaca profunda.
Cuando iniciaba la subida de un ligero ascenso, le pareció ver un auto en
el arcén, pero no se pudo desplazar a su izquierda porque el tráfico era
intenso. No hubo tiempo, pues sonó un ruido seco en la parte derecha del
remolque. Miró y vio a Pedro, un chico de 18 años que volaba por los aires. Sus
vidas habían coincidido en ese punto. Pedro fue trasladado en un helicóptero al
hospital donde ingresó cadáver.

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