Distancias .Parte 1. MANUELA RICO


 Manuela Rico recordaba sus inicios en el mundo de la enseñanza. Rememoraba su fase de profesora en prácticas en el pueblo cordobés de Lucena. Venían a su mente esos primeros meses en las aulas, cuando cometía ciertos deslices, y cómo el alumnado la superaba en actitudes fuera de lo habitual en varios momentos.

Superado el año de funcionaria en prácticas del instituto quiso volar, salir de ese círculo familiar, buscar una liberación de ese entorno que tanto la asfixiaba. A pesar de tener poca puntuación decidió concursar para irse a otra comunidad autónoma. En su centro de Lucena no causó sorpresa esa decisión, pues no era una persona que participase en hacer amigos, evitaba reuniones y salidas con compañeros.

Manuela Rico tenía 47 años, y seguía soltera por decisión propia, a pesar de serias propuestas de matrimonio que había recibido a lo largo de su vida, tanto en su pueblo, como en su entorno de trabajo actual. Siempre tuvo muy claro que en su trabajo no iba a tener ninguna relación amorosa. Le gustaba vestir informal, de pantalón habitualmente, y con el pelo largo. No era amante de los lujos, sino de la comodidad.

Le encantaba la docencia, era su mundo; nació para ser profesora de matemáticas. Era una dedicación absoluta, incluso les daba sesiones de refuerzo a alumnos con más dificultades fuera de su horario habitual, incluyendo los recreos. Lo suyo eran los números y la lógica matemática. Tenía esa virtud de hacer accesible la materia al alumnado, con una explicación fácilmente comprensiva.

En su familia siempre había sido la más aplicada en los estudios. Nunca había suspendido asignaturas, aunque se le empalagaban las letras. También, debido a la humilde economía de su familia, había estudiado gracias al apoyo de las becas de la administración educativa, y el esfuerzo de sus padres. Era la mayor de dos hermanas.

Residía con su familia en Montilla, desplazándose todos los días a Lucena para trabajar. Ese uso del coche a diario, unido a la imposibilidad de encontrar plaza vacante en su pueblo, fueron los elementos que sumaron para que Manuela quisiera abandonar la campiña cordobesa y buscar otros aires.

La decisión del Ministerio de educación se confirmó y para el curso próximo debía hacer las maletas porque se trasladaba al municipio de Ciudadela, era lo más lejos que le habían adjudicado, a pesar de otras propuestas que ella rellenó en el formulario correspondiente, con opciones para el norte de España, pero su destino estaba en las islas Baleares.

Su familia informada de la decisión, acogió la noticia como un golpe desagradable que su hija se alejase de ese entorno. Para ellos era como renunciar a sus señas de identidad, a los eternos afectos, y multitud de vivencias. Si era mejor para su futuro profesional debían aceptarlo de forma positiva. En ocasiones surgía los comentarios de que tendrían aseguradas unas vacaciones en las islas, así como que se visitarían con regularidad.

En su acto de despedida de Lucena, tuvo unas palabras de agradecimiento para los compañeros y especialmente para el alumnado al que tanto tiempo le había dedicado. No recuerda bien las palabras de la dirección del centro, que fueron genéricas, y por el escaso arraigo de la docente, pensó que serían idénticas a las de todos los años, con el mismo discurso de reconocimiento de servicios y despedida afectuosa, típico de un acto meramente protocolario.

Se dedicó inmediatamente a gestionar desde la distancia una vivienda para su nueva residencia, empezando por amistades en el propio instituto de Lucena. Pero fue, una vez desplazada en barco a Mahón, consultando a una inmobiliaria de Ciudadela, tras dos días hospedada en un hotel, pudo recorrer varias viviendas, encontrando una bien situada, en el centro, amplia, aceptable, y de reciente construcción. De momento se lo planteaba como una primera ocupación inmobiliaria, sin plantearse ser propietaria.

Al ser la última profesora en llegar al instituto balear le quedaban los peores horarios para escoger, pero no era un gran problema, porque tenía todo el tiempo del mundo en ese entorno de cercanía a su trabajo. El coche que se había traído desde la península pensaba que no iba a necesitarlo en exceso.

Manuela destacaba por su eficacia en el trabajo docente, era una gran profesional, que se ocupaba de su asignatura y de sus alumnos, lo llevaba todo al día. Esos fueron factores valorados con el tiempo por parte del equipo directivo, que la veía como una persona responsable en la que poder apoyarse, pudiendo confiarle tareas e involucrarse en propuestas de mejora y acciones de colaboración.

Ella, con el paso del tiempo, fue asumiendo ciertas tareas educativas adicionales, colaborando en la página web, biblioteca, coordinaciones, etc. Era una persona con una fuerte personalidad, pero accesible por parte de todos.

Nunca fue amante de temas burocráticos y administrativos, jamás se planteó formar parte del consejo escolar. Ella expresaba su opinión en el foro correspondiente de su Departamento didáctico o en el Claustro, pero no pasaba más allá, sin otras pretensiones.

Observó al llegar al ies balear, un centro público, que el alumnado era en su mayoría inmigrante, aspecto que ya había conocido en Lucena. En su nuevo destino abundaban los alumnos latinos y de la Europa del Este, mientras que en Lucena eran más de procedencia africana.

Obviamente ella no hacía distinciones, y en algunos momentos tuvo que cortar de raíz algunos comentarios racistas en clase, eliminando cualquier tipo de discriminación. Ese tema lo tenía muy trabajado, y más desde el cargo de tutora que ostentaba casi todos los años, tratando con las familias de su grupo, conocía aparentemente las situaciones de las familias. Muchas de ellas se mantenían con trabajos temporales, y en otros casos con pluriempleo, para poder subsistir.

Le recordaba las tareas eventuales de su padre, cultivando las viñas en Montilla, con la recolecta en el mes de septiembre y el cuidado de todo el año, lo que hacía que tuviese que contratar personal extra para esa recogida de la uva, personas que eran mayoritariamente extranjeras. Por lo general trabajaban muy bien y de forma disciplinada, siempre iban guiadas por un encargado o coordinador de la finca.

La vuelta a Montilla sería por navidad, casi por obligación, solo mantuvo esa costumbre durante los tres primeros años. Después, aprovechando las vacaciones estudiantiles, y con pretextos a la familia, se dedicaba a hacer viajes por Europa con compañeras, o bien decidía pasarlas en su casa. El resto del año, gracias a la web cam, mantenía cierto contacto con su hermana y sus padres.

El curso siguiente había elecciones para la dirección del centro educativo, y un grupo de profesorado mantuvo reuniones informales con Manuela, para incorporarse a una candidatura, pero ella no quería asumir esas obligaciones, quería mantenerse como tutora y no aspiraba a más. La insistencia y ofertas que recibió de sus compañeras le hizo repensar esa propuesta, pues junto con las responsabilidades, tendría menos docencia directa y un plus económico. Se decidió aceptar la oferta que le hizo Cristina, la candidata, para formar con ella equipo en el puesto de jefa de estudios. El Claustro por amplia mayoría aceptó la candidatura de Cristina y Manuela pasó a ser la jefa de estudios del centro educativo.

Sus responsabilidades y su percepción personal iban a cambiar de ahora en adelante.

(Continuará...)

 

 

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