Distancias. Parte 2. KATIA
Jeny llegó a Menorca tras
una oferta de empleo que le había conseguido su amiga Elisa. Consistía en
regentar una casa, con una duración indefinida pues se trataba de un matrimonio
de ancianos que necesitaban ayuda permanente para gestionar la vivienda y
buscaban empleadas de confianza con buenas referencias. Con esos requisitos
Elisa, ante la situación de dificultad económica que atravesaba Jeny, le propuso que moviese a sus hijos y se trasladase de Castellón hasta Menorca.
Hacía tres años que Jeny se
vino de Paraguay, tras serias dificultades de convivencia con su marido,
Emerson, con el que había tenido dos hijos. Decidieron separarse de mutuo
acuerdo, buscar una nueva vida. Abandonó Paraguay llegando con sus hijos a
Valencia, para rehacer una nueva etapa. Con mucho esfuerzo y dificultades
fueron pasando los meses, pero el panorama era sombrío, por eso contactó con
sus amistades paraguayas. Surgió por sorpresa la llamada de Elisa que le produjo gran alegría
y esperanza. No tardó en aceptar la oportunidad que se le brindaba.
Jeny, junto a sus hijos
Jairo y Katia, se desplazaron por barco a Ciudadela, donde encontraron
alojamiento provisional en una habitación de Elisa, y que abandonaron más tarde
por una vivienda en alquiler, donde tuvieron estabilidad e independencia familiar.
Jairo de 16 años, abandonó
los estudios, y se puso de repartidor de comida a domicilio en la zona. Iba
teniendo algunos ingresos para mantenerse. Saltando de empleo en empleo, no le
faltaban fondos para sus gastos.
Katia con 14 años tuvo que
escolarizarse en el IES de Ciudadela, accediendo a los estudios de segundo de la
ESO. Los distintos desplazamientos de la familia no le habían sentado nada bien
para su desarrollo educativo, aunque con cierto retraso y esfuerzo iba sacando
las asignaturas.
Jeny trabajaba en la casa
del matrimonio de ancianos 5 días a la semana y la mañana del sábado. Se
ocupaba de la atención personal del matrimonio, hacer las compras y mantener la
vivienda limpia.
A sus 43 años, y tras casi
un año en su nuevo empleo, había conocido a Wilson, un argentino, que le daba
muy buena impresión, del que ella quedó prendada por su verbo fácil. Sus hijos
no opinaban lo mismo, pues veían al argentino como un aprovechado que buscaba
sexo y tranquilidad, pero tras varias disputas con la madre, el asunto se zanjó
porque ella era la que mantenía la vivienda y a la familia con ese sueldo.
Las reiteradas citas de Jeny
con Wilson en los fines de semana hicieron que esa amistad fuese a mayores, y
decidieron vivir juntos en casa de la paraguaya, pues había espacio suficiente
para todos, y que Wilson asumiera su parte de los gastos de la
vivienda, así podían compartir la estancia y estar más unidos.
Inicialmente el ambiente
familiar estaba muy frío, los hijos de Jeny veían un error la decisión de su
madre. Las comunicaciones eran esporádicas con Paraguay, y no había visos de volver.
En una conversación pusieron al tanto de la situación a su padre, sin otras
pretensiones que la mera novedad informativa.
Katia hizo rápidamente un
pequeño grupo de amistades provenientes del IES donde estudiaba. Así podía
distraerse del ambiente extraño que había en la casa, encontrando apoyo en la
asistencia diaria al instituto y en algunas compañeras.
Cogió buenas amistades con
algunas compañeras de su clase, explicándoles su periplo desde Paraguay a
España, y las penurias tuvieron para salir adelante en Castellón, pero parecía haberse estabilizado con ese trabajo con ancianos donde trabajaba su madre.
La madre la trataba bien,
atendiendo sus necesidades de vestido y alimentación, con las estrecheces
básicas resueltas. Tenían sus conversaciones esporádicas de madre a hija con
plena confianza. La madre advertía a la hija sobre los peligros de la vida, y
de los riesgos con los chicos actualmente. La hija le replicaba a la madre que
estaba desfasada y anticuada.
El trato con su hermano
Jairo era excepcional, hacían piña juntos, y se ponían al día en todo, sin que hubiera
reproches ni enfados. En ocasiones les tocaba cocinar y hacer las tareas de la
casa por indicación de la madre. Durante el día casi no se veían, porque el
chico trabajaba fuera, y comía en el restaurante, delegando las tareas
domésticas en su hermana habitualmente.
Wilson tenía familia que
había dejado en Ibiza, estaba divorciado desde hacía dos años, y tenía tres
hijos con su ex pareja. Nadie conocía en Ciudadela su condena por
violencia de género en Ibiza. Trataba de iniciar una nueva vida en la
isla, junto a Jeny. Como autónomo se ocupaba de realizar reformas de
albañilería muy ligeras, sin mucha continuidad en las demandas.
Todo ocurrió muy deprisa y
de forma inesperada. Esa mañana Jairo y Jeny salieron de la casa con destino a
su trabajo, como hacían diariamente. En casa se quedaron Wilson y Katia. Esta
ya se había preparado para ir al instituto, y se encontraba desayunando.
Wilson se acercó a la mesa
donde desayunaba la chica, empezó a tener un tono extraño, insinuándose,
diciendo que la veía como una persona muy desarrollada y que cada día estaba
más bella. Palabras que pusieron en alerta a Katia, respondiéndole que no se
creía nada. Pero los hechos continuaron a más; empezó con caricias en el pelo y
la agarró por detrás, tocándole los pechos y pretendiendo llevarla al sofá.
Inició un forcejeo con la chica, marcándole las manos en sus brazos.
Ella estaba sorprendida y alarmada. Se quedó paralizada, le dijo que estaba loco y la dejara en paz, pues no estaba bien lo que hacía. El insistió con su miembro erecto que teniéndolo fuera le proponía cogérselo, y tratando de convencerla de lo bien que lo iban a pasar, que tenían tiempo para pasarlo de lujo.
En un descuido, Katia cogió
su mochila y dio un portazo saliendo a la carrera hacia alguna parte. Estaba
muy alterada. No sabía dónde ir ni qué hacer. Se calmó en esa carrera en
dirección al IES, sentándose un momento en un banco de un parque próximo, y una
vez un poco más tranquila, se fue al instituto, llegando tarde al laboratorio
de ciencias.
En el recreo se confesó con
sus amigas de clase. Se evidenciaba la rabia y el nerviosismo de Katia, ante la
gravedad de los hechos, decidieron acudir a contarlo a su tutora y jefa de
estudios Manuela, que las recibió en su despacho.
Sin dudarlo Manuela Rico
puso en marcha, asesorada por los servicios sociales de Ciudadela, el protocolo
de protección de la menor. Inmediatamente se desplazaron a la Comisaría de
Policía, para interponer una denuncia. Siguiendo las recomendaciones de los
trabajadores sociales pasaron previamente por pediatría del centro de salud,
donde les hicieron un documento para unirlo a la denuncia.
Al ser una menor, la policía
le dijo a Manuela que debería firmar con Katia el escrito, asumiendo la
veracidad de los hechos. Una vez que habían redactado la demanda, se pusieron
en contacto con la madre y posteriormente un coche patrulla se desplazó al
domicilio a detener a Wilson, que no opuso resistencia.
Jeny llegó a la comisaría
muy nerviosa y sorprendida, y poniendo en duda la declaración de su hija, no
tenía sentido esa versión, pues el argentino nunca había dado signos de abusos
sexuales de ese tipo.
Jairo y Katia ya en casa
tuvieron una discusión muy fuerte con su madre, que negaba la versión de su
hija, e insistía en que solo querían que Wilson se fuera de casa, y para ello
pensaba que habían tramado un plan con una denuncia falsa para evitar su
convivencia.
Wilson tuvo un juicio
rápido, y fue condenado en sentencia con una orden de alejamiento de 500 metros
sobre la joven, lo que suponía que debía suprimir la permanencia en el hogar
familiar.
Jeny tomó partido, tras esa
sentencia, en favor del argentino, y dijo que él no sobraba en la casa, sino
los hijos deberían buscarse otro alojamiento. Llegó a oídos del padre en
Paraguay, que le ofreció personarse en la isla para gestionar la vuelta al país
a sus hijos, ante ese panorama de enfrentamientos y confusión.
Manuela Rico se involucró a
nivel personal con este asunto, y ante la desprotección en la que quedaba Katia
le propuso que accediera a vivir en su casa, hasta buscar una solución con los
servicios sociales.
Los hijos volvieron con su
padre, y dejaron a Wilson en casa con su madre, aunque esa relación no duraría
mucho tiempo.
Desde Paraguay se desplazó
Emerson para firmar la documentación con servicios sociales, y con el centro
educativo. No quería cruzar palabra con Jeny, los tres se volvieron a su país.
Manuela no olvidaría
fácilmente el episodio dramático vivido, aunque seguro que no iba a ser el
único que iba a presenciar en su cargo directivo.
Katia, inició una terapia
para aprender a superar su dolor, su rabia y su miedo. Aprendió a no tener temor, y rehacer su vida con un novio respetuoso y formal, y un trabajo de
camarera en una multinacional. Se había obligado a estudiar varios idiomas, y
en eso estaba, acudiendo a la academia para conseguir la titulación. Le iba
bien en esa faceta.
Para ella su madre dejó de
existir, por el feo comportamiento que tuvo, apoyando al agresor y en contra de
sus propios hijos. Nunca más hubo contacto entre ambas, por muchas señales que
le diese su padre, ella cambiaba de tema, o afrontaba sin reparos su posición.

Comentarios
Publicar un comentario