A qué sabe tu olvido
A qué sabe tu olvido…
Era la pregunta recurrente que se hacía Pepa, cada vez, que la imagen de su
amado invadía su pensamiento, su corazón, su cuerpo, el que aún reaccionaba sin
ni siquiera tenerlo enfrente.
Tres años han pasado desde su último encuentro, desde la última vez que Martín y Pepa se perdieron en el ardor, en el entusiasmo y vehemencia de sus cuerpos.
Follaban como si el mundo no existiera, fornicaban con la pasión de la juventud
y actuaban con la imprudencia de los adolescentes.
Pepa lo sentía tan cerca y tan lejos al mismo tiempo, no necesitaba de
fotos para percibir su presencia, su cuerpo vibraba de punta a punta. Se había
enamorado hasta no saber dónde comenzaba él y terminaba ella.
Su cuerpo y su mente se habían fundido en un solo ser, en un solo elemento
con su amado. Pero tal intensidad no era correspondida y ella no lo quería
aceptar, no quería escuchar esa voz que le decía a los gritos que nada era como
ella lo dibujaba en su mente, vivía de un sueño, del cual no quería despertar.
No era la única que él tenía en su vida, ella era la reciente conquista de Martín,
el que, por su personalidad competitiva, egoísta, hedonista y machista velado,
obtenía todo lo que se proponía.
Era un hombre guapo, de exquisito gusto al vestir, profesional de gran
renombre, sensual, seductor, embrujador. Contaba con numerosas propiedades y
alguna de ellas destinadas a su desenfrenada inmoralidad, apartamentos que
nadie más sabía.
Martín llevaba décadas casado, su esposa era tan victoriosa en la vida como
él, elegante, de trato cordial, culta, de familia muy pudiente, algo inestable
en lo emocional, y por momentos su trato cálido se transformaba en frialdad.
Mujer independiente en el trabajo, en lo familiar y la vida social. No gustaba
de las labores hogareñas, no las toleraba, cedía terreno a su leal y fiel
esposo, ese hombre bueno, tranquilo, silencioso, que jamás se enfadaba y
aceptaba cada uno de sus caprichos.
Sí, ese mismo esposo que llevaba una vida paralela, que era capaz de todo
para tener a la mujer de turno. Tenía el toque mágico para enamorarlas, y
lograr con sus palabras y gestos, que jamás le traicionaran y pusieran en
riesgo su tan perfecta vida conyugal.
Pepa, durante varios años creyó en él, pero la esposa de Martín, que ya lo
conocía bien, sabía de esa relación, sin embargo, acostumbrada a las correrías
de su "leal marido", fingía no darse cuenta, ninguna mujer le duraba
demasiado tiempo y después de todo, le producía cierta excitación la historia.
Martín, y su esposa tenían sus dinámicas en el sexo, día y hora programadas,
aunque con el paso de los años, y ya solos en casa, su única hija, se
había marchado a trabajar a Nueva York, lo hacían cuando lo deseaban. Siempre
él mucho más apasionado que ella. Gustaba de fotografiarla con distintas
lencerías, y depilarla para poder relamer su cuevita de amor.
Nunca logró con ella lo que consiguió con Pepa, esa sintonía, aquella
afinidad y entendimiento, y ese ardor; sin embargo, ni el amor que Pepa le
prodigaba ni la lujuria que despertaba su joven amante, logró que él se saliera
de los esquemas. Jamás faltó a su casa, jamás dejó de llegar a la hora ni hacer
lo que le correspondía, como él decía -debía- cumplir con sus deberes
conyugales.
Su esposa intervino en silencio en esta ocasión, pues esta última andanza
de Martín resultó más larga que las anteriores, había mucho en juego, más allá
del amor.
Se comunicó, y sin palabras, pero por otros caminos le hacía ver quien era
la importante para Martín, quien siempre sería "la señora" y quien
estaría en las tinieblas, y jamás saldría de ahí...
Fue ahí, que Pepa probó la ponzoña de la pasión, del desamor y del olvido.
Algo provocó que la hundiera interiormente y recordase cada instante vivido y
las señales que había dejado pasar.
Se habían revelado los verdaderos sentimientos de Martín, que no eran una
sorpresa para nadie más que para Pepa, que luego de su último encuentro vivió
de su mundo de ilusiones, cumpliendo lo que Martín le había pedido, fidelidad
exclusiva, sí, exclusiva mientras él no había cambiado sus rutinas conyugales.
Le ofreció hasta dinero a Pepa por esa exclusividad, fue tan ciego y egoísta,
que no se dio cuenta de que eso había sido más que un ofrecimiento una ofensa a
los afectos que en ella habitaban.
Lamiendo el polvo del suelo, así estaba Pepa ahora, arrastrándose en el
lodo de la humillación, el engaño, la mofa y la decepción.
¿Qué fue lo que le hizo pensar que su historia sería distinta? tal vez la
conexión que tenía con Martín, sus palabras, sólo ella lo sabía.
Martín la buscó tenazmente, sin dejar su naturaleza: "A este macho no lo
deja mujer, él deja, pero no lo contrario."
No le importaban los sentimientos de Pepa, ni sus sacrificios por él, ni la
vida que ella llevaba producto de ese amor vedado. Todo se trataba de lo que Martín quería y necesitaba.
Pepa, a pesar de no haber sido valorada ni amada por Martín, jamás le
olvidó...

Comentarios
Publicar un comentario