Gente Corriente.
Había suspendido una asignatura en septiembre, confiaba en ir a la Universidad; fue un contratiempo que nadie esperaba. La dichosa lengua castellana se le hizo cuesta arriba. Hizo todos los intentos para recuperarla, incluso pidió revisar el examen, pero no había forma de cambiar la calificación.
Como siempre la culpa de todo la tenía el puto profesor, que
era un barbas y estaba con la mente otras cosas menos en inculcar interés a sus
alumnos, se decía muy molesto Gonzalo.
Tocaba repetir nuevamente COU para recuperar esa asignatura,
un año entero. Desde su casa le dijeron a Gonzalo que tendría que aplicarse
para no estar de brazos cruzados, tras este traspiés.
Siguió regularmente las clases en el mismo instituto con el
objetivo de ir a la Universidad. Además, al tener 18 años, se propuso otra meta
ese año: sacarse el carnet de conducir. Justamente fue el curso del golpe de
estado en España, febrero de 1981, y del asesinato de John Lennon. Parecía una
temporada plagada de malas noticias
Lo que su padre le gestionó a Gonzalo fue mediante amigo del
pueblo, Ginés, tenía a sus dos hijos ganando dinero con la venta ambulante en
los mercados. Y ese iba a ser el destino de Gonzalo en los próximos meses.
Los dos amigos, tomando unos vinos, comentaban que con esas
edades los jóvenes están perdidos, y necesitan una idea, un orden, para lo cual
su padre Enrique, le había propuesto acudir a los mercados para aprender lo que
es la vida, el despertar al mundo real.
Eran tres los mercados que visitaban los dos hermanos Julián
y Pedro, junto al ayudante Gonzalo. Los miércoles el de Castilla, los jueves
iban al de Lliria; ; y los domingos a la plaza redonda en la capital.
Se dedicaban a vender cintas de casette, originales o no,
había de todo. Obviamente las no originales eran de algún estudio de grabación,
ilegal. Con el paso del tiempo provocaría que Julián fuese imputado y perdiese
todo lo que tenía en el almacén. Todo se inició con su proveedor en Barcelona,
que le servía el material de las cintas. En una operación combinada de las
policías nacional y autonómica cayeron toda la cadena de distribución de las
cintas falsas, con las que durante años se hacía creer a la gente que eran
auténticas, cuando realmente eran falsas. Pero eso sería dentro de unos años
más tarde.
Para ir al mercadillo los hermanos habían comprado una
furgoneta grande y nueva. Las instrucciones que le daban a Gonzalo es que
abriese bien los ojos, no solo por los robos que se hacían a la carrera en el
puesto, sino porque se acercaban muchos gitanos, distraían el ambiente, y veían
el enorme dinero que se manejaba. Por eso debía tener mucho tacto. Se unía
también, por otra parte, el control que realizaba el policía local referido a
la ubicación del puesto, y al material que se vendía.
Gonzalo estaba en “prácticas”, iba a aprender mucho lo que
era la picaresca española. Era un mundo nuevo para él. No solía frecuentar los
mercados callejeros, solo acudió cuando se coleccionaba comics de intercambio,
pero de eso hacía ya años.
Los hermanos Ruiz lo recogían a las 6 de la mañana, recuerda
el frío de esas madrugadas, dormido casi, para irse pronto a montar el puesto y
que no se lo ocupasen los vendedores colindantes, con quienes había roces
permanentes.
Una de las primeras veces, yendo el jueves al mercado de Llíria,
la furgoneta los dejó tirados por no llevar gasoil. Los hermanos no llevaban
dinero, al menos eso le dijeron a Gonzalo, que medio dormido aún en la parte
trasera del vehículo, sacó las 500 pesetas que le dio su padre, para casos
extremos de necesidad, y pudieron salir del parón, llegando tarde al mercado.
Ciertamente, con el tiempo, eso formaba una parte de la tarea
de aprender la vida. Poner dinero el ayudante, cuando los hermanos volvían del
mercado con mucho dinero, y muy contentos por la marcha del negocio, casi todos
los días. Ganaban mucho dinero. En eso advertían a Gonzalo para que los puestos
colindantes no vieran ese panorama. Para no llevar tanto dinero encima de las ventas,
se iban al bar y repartían los billetes disimuladamente para que no abultase
tanto.
Se hacían tertulias con los clientes y lugareños, sobre temas
de música y otras cosas. Algunos, al hilo de lo que sonaba como reclamo en el
puesto ambulante, pensaban en crear un grupo de flamenco, estando seguros que
iba a triunfar. Otros trataban el tema de las drogas, con lo que podrían
conseguir, y a quién había pillado la policía la semana anterior con material.
Con el tiempo, Gonzalo pudo comprobar que Julián, previo el comentario,
“esta tía me pone mucho”, se fue al bar con una clienta habitual, y se retaron
a que no se la tiraba, provocando dudando si tendría su miembro tan grande. El tema
terminó con un desahogo en los lavabos del Bar El Temprano, concluyendo todos
satisfechos y contentos.
Si que hubo algún robo a la carrera de algunas cintas, tras
el que salía corriendo como un gamo Julián, diciéndole “cabrón no corras que te
voy a reventar”, volviendo feliz con el trofeo recobrado, no lo habían
conseguido.
Los domingos de la plaza redonda, con una buena ubicación del
puesto, y cantidad de turistas, Gonzalo
se situaba detrás del puesto, sabía el precio de los productos. La música sonaba
de reclamo colectivo. Sus jefes le ordenaban al muchacho que elevase el volumen
para que fuesen cayendo los clientes, como técnica de marketing funcionaba
perfectamente. El caso es que como “estaba en prácticas”, Gonzalo era sincero y
transparente, les decía a los turistas interesados el precio real, pero estaba
Pedro expectante, para corregirle y decirle que perdonasen, pero se había
equivocado el joven, pues valía el doble de lo dicho. Y así iba aprendiendo el
negocio. Pura muestra de la picaresca española.
Al subir el volumen como reclamo, en ocasiones pasaba la
policía local, y hacía gestos de que bajase el volumen. Así ocurrió en varias
ocasiones, hasta el agente vino al puesto, y nos anunció que a la próxima nos
pondría una sanción.
Gonzalo iba a esos tres mercadillos con los hermanos Ruiz,
pero ¿a cambio de qué. Pues en todo ese tiempo, fueron unos seis meses, recibió
a cambio los almuerzos de la jornada, y una cinta de Bob Marley (original). Los
hermanos, con un excepcional gesto, le dieron a elegir la que el chico quisiera.
De esta manera ocupaba su tiempo y satisfacía la propuesta de su padre.
En ese ambiente de los mercados Pedro había contactado con
otras personas que le propusieron bajar a Cádiz a por una partida de droga que
traían de Marruecos, y se comprometió a conducir el coche. Estaba muy metido
con la droga, se le notaba físicamente, seriamente su hermano le había
advertido de que se dejase ese vicio. Los hermanos habían llegado a discutir, y
se propusieron partirse el negocio. No habría tiempo para ello.
Pedro murió en un accidente de coche, a la vuelta de Cádiz,
perseguidos por la Guardia Civil. Se estamparon contra un árbol en el arcén.
Murieron los cinco ocupantes. Un golpe emocional muy fuerte para su familia.
Al tiempo, superado el luto por el siniestro, Enrique se tomó
otros vinos con el padre de Julián. Le hizo halagos de lo bien que trabajaba
Gonzalo en los mercados, que era muy listo y hábil. Razonaba que se veía la
mejora experimentada con su presencia en los puestos ambulantes.
Le empezó a explicar, como si fuese un comercial experto, el
futuro que tenía la venta ambulante de los cuadros y láminas. Había hecho
números y se ganaba mucho. Insistía que Gonzalo conocía el funcionamiento del
mercado y podría ir solo ya con ese producto; obviamente se le pagaría en
función de los resultados.
Gonzalo obtuvo el Carnet de conducir, aprobando, además, esa
dichosa asignatura de la Lengua Castellana con una encantadora profesora
murciana. El curso siguiente se matriculó en la Facultad de Derecho, y se
licenció en 5 años, siendo actualmente abogado penalista.

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