Je t´aime moi non plus
Habían entrado en la vivienda de Roberto, un ático dúplex; era su refugio dotado de bienestar, un oasis de descanso y desconexión junto al Mar Menor, que combinaba lujo y comodidad. Estaba soltero y vivía solo en su piso amplio, soleado y muy bien amueblado, de paredes blancas y suelos de gres. Ellos se habían conocido por temas de trabajo hacía tres meses. Llegó el gran momento, acompañado de su amor, que definitivamente había accedido a visitar su vivienda, bajo la eterna excusa de tomar una última copa.
Ella lucía
un vestido estampado comprado en Massimo Dutti, previo el visto bueno de
Roberto, y con el objetivo final de que Yolanda lo pudiera usar
en la graduación de su hija mayor. El, por su parte, vestía casual, con unos
jeans y unos náuticos.
Conectaron el
aire acondicionado, la música, y buscaron un licor, unido a los hielos de la
cubitera. Con esa confortabilidad previa poder besarse intensamente ya en la
primera copa. Le propuso buscar un espacio amplio, con cierto glamour, donde él
trabajaba diariamente como periodista freelance.
Yolanda empezó impartiendo órdenes concretas a
su amante para que colocara una silla en la posición adecuada con objeto de
tener sexo, una postura que le apasionaba.
El vestido le caída por encima de las
rodillas y de media manga, le quedaba muy bien, perfecto. Sus zapatos de cuña
iban a juego con el bolso, y los pendientes, aspectos que cuidaba mucho. El
perfume no se quedaba atrás.
Era de
noche, las 23 horas, en pleno verano, por eso él iba muy fresco, se desprendió
de su ropa informal con estilo, sólo permaneció con el calzoncillo blanco, muy
cómodo. Se abrazaron y él aprovechó para levantarle el vestido, descubriendo su
tanga burdeos de encaje, usaba lencería de marca costosa. Mostraba su lindo
trasero, sus nalgas deliciosas y bronceadas. Roberto lo masajeaba mientras la
abrazaba románticamente.
Entre
los dos terminaron de sacar ese vestido. Ambos lucían un anillo de oro
blanco idéntico, símbolo de su unión y entrega. Yolanda le decía "
espera, espera" ante la urgencia del amante en consumar su amor.
Además del anillo, ella llevaba en su muñeca una pulsera de plata con
brillantes, que le había regalado su amante como símbolo de su relación romántica.
Iban dejando
el vestuario colgado por las sillas y otros muebles. Siguió soltándole el
sujetador, a juego con el tanga, de la misma marca, burdeos de encaje. Parecía
todo un proceso que estaba hilvanado y que tenía su ritmo en ascenso.
Siguió
masajeando sus nalgas. Ella estaba muy alegre y satisfecha no tanto por la
bebida, sino por el momento que vivían juntos nuevamente, por verlo contento, y
porque lo deseaba al máximo.
Continuó
intentando masajear su sexo con la braga puesta, y ella se abandonó a sus
deseos. Eran la imagen de libertad apasionada. Era como el punto de partida en
la batalla por el sexo, la avalancha de los sentidos.
Le sacó delicadamente
el sujetador y lo volvió a colgar en algunos de los generosos muebles de la habitación.
Eran felices y soberanos en su amor infinito. De fondo sonaban los ecos del
jazz de David Sanborn que estaba animando el ambiente desde el salón contiguo.
Le prestaban atención al sonido para seguir el ritmo sensual con el tema
musical. Ellos se concentraban en su entrega, no importaba nada más en el resto
del universo.
Yolanda se
contoneaba moviendo sus caderas frente a él. Decidieron jugar a simular que él
le bajaba el tanga y ella se resistía sujetando la prenda con la mano, cediendo
finalmente.
No perdió la
ocasión ella para responderle con otra acción a ese juego, y le bajó más
rápidamente el calzoncillo blanco, su única prenda, sin oponer resistencia
alguna. Estaba en una de sus fantasías sexuales ansiadas desde el inicio de la
relación, tenerlo sometido a sus sentidos.
Antes de que
él perdiera su prenda masculina se quitó ella voluntaria y pausadamente la suya,
para estar en igualdad de condiciones.
Lucía ella
una linda figura bronceada y morena, bien cuidada para su amante, así como una
melena negra perfecta y cuidada al máximo, igualmente el maquillaje, los labios
y las pestañas.
Roberto
iba colocando la silla en posición para ocuparla desnudo ante la
tenue luz de la habitación, y de espaldas al salón, donde continuaban los sonidos
del jazz en el equipo de música, seguidos por nuestra pareja.
Parecía que
lo habían ensayado varias veces anteriormente, pues mientras ella se sacaba la
única prenda que le quedaba, él adaptaba la silla, que era un mueble
en perfecto estado de conservación para recibir a su pareja. Siguieron
repartiendo los restos de la ropa por la estancia tirándolo ya todo al aire, ya
no quedaba más por quitar ni colgar, estaban desnudos frente a frente. Cuando
la conexión sexual existe, los cuerpos se funden en uno solo. Bésame, tócame,
pídeme, hazme tuya, ¡seamos uno ¡
Él
tomó asiento, estaba deslumbrado, disfrutando al máximo. Ella le daba
instrucciones para situarse encima de su miembro. Se abrió de piernas y lo
montó, uniendo sus miembros progresivamente. Ella se agarró al respaldo de la
silla para poder ejercer más balanceo y rozamiento en el pene de su amor. Puso
sus senos en la boca de él, que los saboreaba suculentamente; ambos pezones
totalmente erizados.
El la cogió
por las caderas para aumentar la fuerza de la penetración. Ella empezó arriba y
abajo repetidamente aferrada a la silla e impulsada por los pies en el
suelo.
Ahora él le
acariciaba las nalgas suavemente.
Ella
decidió besarlo, ya sin su labial favorito y disimulado, en ese momento
álgido. Se amaban, se deseaban y estaban unidos, abrazados, y con ese beso
largo y sensual que aumentaba la lívido entre ambos.
Movía su sexo
dentro del pene de él disfrutando de ese cuerpo carnoso y bello. El comenzó a
golpear las nalgas con entusiasmo, y acariciaba su espalda desnuda al mismo
tiempo. Sus senos se balanceaban, se susurraban amor eterno en esta entrega
deseada desde hacía mucho tiempo.
Te quiero,
me gustas, eres preciosa, se decían en esos momentos. Su hermosa melena negra había servido para
que él la llamase mi niña morena. Con su espalda al aire. bronceada
elegantemente, y su cuerpo plenamente desnudo penetraba a su amante al ritmo
que ella iba marcando con su movimiento repetitivo, junto al compás musical del
jazz.
Yolanda
vibraba con su pene en el sexo, muy caliente, girando su melena y empezó con el
cuello de su amante. Besos y juegos de lengua.
Estuvieron
un prolongado rato disfrutando del amor y del sexo, con plena libertad, total
entrega, como ellos deseaban, enganchados, unidos.
Tras esos instantes
intensos acordaron levantarse y él le sugirió otra postura, por detrás, a lo
que ella accedió sin reparos, pues quedaba con esa posición en el cielo; era
una postura que le encantaba, la provocaba largos y fuertes gemidos de placer.
Siguieron
con la silla, como testigo de esa noche de sexo y placer, inclinando ella su
cuerpo, poniendo las manos en la base de dicho mueble apoyándose, y abriendo
sus piernas para que él pudiera acceder fácilmente a su tesoro ardiente. Seguía
muy empalmado, le provocaba ella con ese cuerpo y esta fantasía erótica dicho
calentamiento, con una verga ardiente.
Ella lo recibía en su interior, todo su calor sexual; lo buscaba primero con su sexo, penetrada, mientras él la sujetaba dulcemente por las caderas, para luego entrar en el trasero, que era el máximo placer para ella, con sus gemidos deliciosos. A Roberto le encantaba esa postura poco practicada habitualmente. ¡Cómo la cabalgaba¡¡¡ Galopaba por detrás!!!!
Ahí fue
donde ambos consiguieron el clímax. Se dieron su amor recíprocamente. Después
ella le ofreció su cuerpo al amante, posando frente a él, envuelta con los
visillos de las cortinas y contoneándose frente al armario, pidiéndole
dulcemente repetir su entrega en la cama de nuevo. Las escaleras del dúplex les
conducían a la siguiente etapa.
Dos amantes
libres y entregados en una noche estival, con un cielo lleno de estrellas. Pleno
amor con sexo perfecto, justo equilibrio.


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