Camino sin retorno (2ª parte)
Gregorio
Pérez Ruiz había nacido en Murcia. Se quedaron huérfanos los 5 hermanos, tres chicos
y dos chicas. Debían salir adelante con el apoyo de familiares.
Decidió
trasladarse a Valencia con su hermano Tomàs, donde pudo encontrar trabajo como
mecánico montador en Astilleros Españoles, en Manises.
Esa
iba a ser su vida, trabajar en esa empresa durante 30 años, y generar un mínimo
patrimonio. Una paz que iba a acabarse en astilleros a principios del
siglo 21 con huelgas, inestabilidad y futuro incierto.
Era
finales de los años 60 cuando Gregorio, empezó su relación laboral. Estaba
contento porque desde el Instituto Nacional de Industria (INI) se les mimaba en
las condiciones de trabajo, querían potenciar el sector naval que sería una
referencia mundial.
No
se cansaba de narrar las bondades de la empresa, que gestionaba un economato propio,
y le servía los productos a domicilio a los empleados.
Sin
embargo, la prevención de riesgos brillaba por su ausencia en esa planta de
Manises, pues había bajas médicas relacionadas con enfermedades pulmonares, por la mala
ventilación en las instalaciones. El médico de empresa les recomendaba como
terapia recuperadora beber mucha leche.
Gregorio
se volvió solitario, egoísta y antisocial. No era amante de las reuniones, solo
quería estar en su círculo personal. No tenía otras aspiraciones. Se compró una vivienda en la Calle San Vicente, en Valencia, y un coche para los
desplazamientos a Manises. Su vida era una auténtica rutina.
Antes
de que llegasen a la empresa las reestructuraciones de personal, se puso en
contacto con el sindicado. Pensó que su mejor opción era acogerse a las
jubilaciones propuestas por la Astilleros, junto a una escasa indemnización por
cese.
La
muerte de Gregorio no impactó al resto de sus hermanos, pues el contacto
personal era mínimo. Todos eran ya de edad avanzada y estaban dispersos por
España.
El
juzgado tras la sentencia citó a todos los hermanos para, una vez que el
Consorcio de Compensación de seguros depositó la cuantía de la indemnización
por el atropello, iniciar los trámites de su reparto.
Ese
fue el interés que manifestaron de forma abierta todos ellos, cobrar ese dinero
que les venía muy bien. Querían acabar, aparentemente, con ese martirio de
recordar el fatal desenlace de su hermano.
Como
verdadera jauría de lobos, así se comportaban todos ellos con su letrado, del
que desconfiaron desde el primer minuto, controlando sus actuaciones procesales
diariamente, hasta que aquél se plantó y ellos relajaron esa persecución desbordada.
El
Juzgado les llamó a todos ellos, para acreditar documentalmente sus vínculos
con el difunto Gregorio. Se aportó la documentación donde aparentemente eran los
seis hermanos Pérez Ruiz.
Algunos
estaban en otras provincias, como Baleares y Albacete. La sorpresa llegó una
vez que remitieron la documentación al Juzgado que dejó con la boca
abierta al letrado defensor y a la Secretaria judicial.
De
todos los hermanos propuestos se comprobó que una de ellas no lo era, a pesar
de llevar los mismos apellidos que Gregorio.
La
hermana que vivía en Albacete, por ser madre soltera, le puso sus mismos
apellidos a la hija, e intentó colarla para participar en el reparto de la
indemnización. El libro de familia descubrió la tentativa de falsedad y el burdo intento de
acceder a una indemnización que no le correspondía. El enojo del letrado fue
mayúsculo, y el Juzgado les advirtió del posible delito penal con esas
actuaciones fraudulentas.
Lo
más llamativo resultó cuando los hermanos le respondieron a la secretaria que se
acababan de enterar de esos hechos.
Y es que en ocasiones la realidad supera a la ficción, máxime en esta burda picaresca española.

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