Carreteras secundarias
Alfredo estaba casado, tenía dos hijos y otro en camino. Se ocupaba de transportar materiales con unos bueyes y unas mulas por Sierra Espuña, trabajo que había aprendido de su padre, y que igual que sus hermanos, sin estudios, no sabían hacer otra cosa.
Había cumplido 38 años. En
ese momento el país estaba en plena guerra, era el año 1938, las batallas avanzaban
dominadas por el bando nacional. Él no fue movilizado por estar en el mundo
rural, teniendo a la mujer embarazada. Pero las cosas pronto iban a cambiar.
Vivía en un pueblo del
interior de Murcia, estaba centrado únicamente en su familia y en su trabajo
agrícola-ganadero. El gobierno de la República, ante el avance del bando
nacional, hizo un llamamiento para localizar milicianos que acudieran al frente
forzosamente. En esa fase le correspondió alistarse, sin saber nada del manejo
de las armas, ni de la estrategia castrense. Le llegó la hora como a otros
vecinos del pueblo.
En Julio de 1938, junto a
otros 15 jóvenes de la zona fue recogido en unas camionetas y trasladados a
Murcia, para acceder posteriormente por tren a Valencia, y de ahí poder llegar a San Mateo.
Antes se había despedido de la mujer e hijos en la confianza de que se
volverían a ver muy pronto, y que se cuidasen mucho, que se escribirían cartas
para estar informados de las novedades, sobre todo por la criatura que estaba en camino, y
por los pequeños que no entendían nada de despedida de su padre.
Alfredo recibió las
instrucciones básicas en un cuartel en Benicasim, donde todos hablaban de la
sangrienta batalla de Ebro, que era la batalla decisiva, y que debían poner
todo su esfuerzo en salvar a la República.
Se puso en el frente, en las
trincheras a matar moros, que pertenecían al bando de los nacionales. Era casi
una guerra cuerpo a cuerpo, donde se escuchaban las voces de unos a otros, y
los tiros de los fusiles. El no entendía nada, sólo tenía claro que había que
salvar la vida, sin importar a quien disparabas.
No quería reconocerlo,
pero estaba muy asustado ante esa nueva situación en la que se encontraba. Por
las noches, cuando había cierto descanso los soldados hablaban entre ellos, y viendo el enorme
número de heridos que estaban cayendo, intentaban darse ánimos para afrontar la
pesadilla que vivían.
Ante la ausencia noticias de
su mujer Gloria, se ponía más intranquilo; los partos eran muy peligrosos y
más en pueblos sin servicios básicos. Temía por la vida de su cónyuge, a la que amaba con
pasión.
El tiempo se estaba poniendo
difícil por las primeras nevadas en la sierra, y se adentraban en terreno
catalán. Alfredo, no sabía muy bien con quien estaba atacando o defendiendo, si
con los nacionales o con los republicanos, pero lo importante era salvar el
pellejo.
Llegado al mes de
diciembre ideó una solución. Coincidiendo con un ataque reciente decidió quedarse inmóvil, manifestando que las
piernas no le respondían, quizás por la propia metralla. Y esa alegación pasó a los mandos superiores, que observaban que Alfredo no se podía mover, y en una camilla lo llevaron al
hospital de campaña, donde los doctores, le hicieron varias pruebas, a las que
el miliciano no respondía. Por lo que ante unos hechos tan obvios se expidió su orden de devolución a su
pueblo, por ineptitud sobrevenida.
Al final se había salido con
la suya, lo había conseguido, por no moverse, aunque le provocasen sangre al
pincharle, pensaba él. Le condujeron en una camioneta a su casa, recibido por Gloria con una
alegría por verlo vivo y preocupación por su estado. Había perdido muchos
kilos, estaba excesivamente delgado. Su cónyuge aún seguía con su avanzado embarazo.
Se tomó unos días para iniciar
una recuperación paulatina con su familia, que no le vieran en la calle. Le
preguntaba la mujer, que estaba a punto de dar a luz del tercero de los hijos,
de los siete que iba a tener el matrimonio, dos fallecerían al nacer, por lo acontecido en el frente.
Nuestro protagonista era una persona muy
ruda, sin modales, poca educación, y mucha hombría, así se había criado, solo
para trabajar y aumentar la familia.
Vivían en una casa del centro del pueblo, que cada vez estaba más limitada por la necesidad de poder atender a las mulas y los bueyes, y su comida, así como la propia familia que iba en aumento. Por lo que, casi coincidiendo con el fin de la guerra civil en abril de 1939, ya había preguntado por una casa más grande en Bullas, donde poder moverse de forma más cómoda, además que el hijo mayor se pusiera con él a ayudarle e iniciarse en el negocio.
Los años 40 era una época de hambre y necesidades básicas. La posguerra había dejado un panorama productivo muy sombrío, por lo que el régimen de Franco había decidido hacer un control férreo sobre los productos, se instauraron las cartillas de racionamiento familiares y ello abocaba a algunos ciudadanos a delinquir o morir.
En esa línea pensó Alfredo, sabiendo que había necesidades y que los ciudadanos pasaban hambre, solo quedaba una forma de hacer fortuna: traer alimentos de forma ilegal, apareciendo un mercado negro, vendiendo los productos a precios prohibitivos y ganando dinero con ese negocio que no estaba exento de riesgos, uno de ellos la propia muerte.
Para ello compró una camioneta
Ford de dos tiempos, gasolina, con la cabina de madera. Pero Alfredo era una
persona decidida, ambiciosa, y aunque no sabía conducir, buscó en el pueblo
alguien que por un buen precio hiciera los viajes, y le pagaría por el
resultado. Contrató para esa función a Rafael, el zapatero del lugar, que de
forma clandestina trabajaba de conductor para Alfredo.
Sus hermanos también se
dedicaban al negocio, pero no tan de lleno como Alfredo. En el pueblo se
conocían los que hacían su profesión con el mercado negro. Y el destino siempre
era el mismo, las fábricas de harina de Huéscar y las almazaras de aceite del
mismo pueblo granadino.
Planificaron el primer viaje por la carretera del interior, Caravaca, Cehegín, y Huéscar. Una carretera con abundantes curvas, y entre montañas, se detectaba fácilmente la intensidad del frío. Alfredo le ordenó a su hijo Luís que los acompañase para que viera mundo y aprendiera el oficio.
El chiquillo tenía 6 años, debían ponerle un cojín para
que viese la carretera. Iban los tres en la cabina de madera, al volante
Rafael, el zapatero. Alfredo, en su estilo de elevada rudeza, y para combatir
el frío que hacía por la noche en ese tramo, portaba unas botellas de coñac,
que fueron tomando, sobre todo también por el sobresalto ante la eventual aparición de la
Guardia Civil. El niño también fue obligado a beber para combatir el frío. En
el segundo viaje que hicieron el pequeño se emborrachó, siendo recriminado por
su padre. Eso le sirvió a Francisco para detestar el coñac el resto de su vida.
Alfredo no se lo llevó más viajes con él.
El negocio iba perfectamente,
y Alfredo compró otra camioneta, aumentó el personal. Él empezaba con su cuñado
a hacer prácticas para conducir ante la prosperidad de la empresa.
Su mujer y el primogénito se
dedicaban en el pueblo a vender a precio de oro los productos que intentaba
fiscalizar el gobierno de Franco, y que eran eludidos por esta familia. En la localidad se iba extendiendo la voz de que se vendía productos en casa de Gloria,
a lo que ella por discreción y con contundencia negaba.
Tal era la ambición por el
negocio en otros vecinos que algunos incluso, al no poder comprar la camioneta,
se preparaban la bicicleta reforzando toda la estructura y así poder ir para Huéscar
en una camioneta con el velocípedo cargado, volver cargado hasta con casi 100 kg.
Aprovechaban a la vuelta para avisar a los camioneros si la vía estaba expedita,
era una colaboración recíproca.
Eran conocidas las andanzas de las parejas de la guardia civil a caballo o caminando por ese tramo de la carretera. En una ocasión, bien entrada la madrugada, y circulando por la Puebla de Don Fadrique, apareció la guardia civil en la carretera, con un control de la pareja. Rafael advirtió a su jefe que iba dormido, y éste sin dudarlo le dijo, "acelera más fuerte y no pares". Ellos o nosotros era el dilema. Unos kilómetros más adelante se detuvieron para comprobar que tras ese incidente aún había restos de sangre y una capa de un miembro de la benémerita al que habían atropellado.
En otra ocasión se detectó a una camioneta procedente de Pliego, y se fueron a
por ella. El conductor inició rápidamente la huida, pero los agentes armados, a la entrada
de Caravaca, dispararon en varias ocasiones, matando al conductor conocido como un
experto camionero, quedando muerto en el acto.
Ese asesinato fue muy criticado por una parte reconocida de la iglesia, algunos misioneros, que no cesaron
en insistir a los mandos superiores del atropello cometido en la muerte de una
persona sencilla y con una familia cristiana, que quedaba una viuda y con dos niños huérfanos
Sin embargo, en esa época de necesidades, las denuncias eran de los vecinos, y llegaban a la Guardia Civil, que en su instrucción documental decían: Teniendo indicios confidenciales…, la red de chivatos o colaboradores hizo que Alfredo fuese sancionado por tráfico prohibido, saltándose las limitaciones gubernamentales.
La fiscalía le
decomisó todo, las dos camionetas y los productos. Se las retiró durante 9
meses, tiempo en el que, según las malas lenguas, la benemérita hizo negocios a
espaldas del propio gobierno, transportando clandestinamente para su beneficio
exclusivo.
Alfredo y sus hermanos
hicieron multitud de gestiones con sus amistades. Gastaron mucho dinero para acceder a personas importantes, sobre todo en el ámbito del clero, pero nada
se pudo hacer. Incluso las autoridades les amenazaron con mayor sanción, y que debían estar
conformes con la propuesta.
Con el paso del
tiempo, Luís se hizo conductor profesional de primera, recorriendo toda España, obviamente ya
con otros camiones más grandes. Era lo que había hecho toda su vida. Conforme pasaba el tiempo, aprendió de su padre
el lema de afrontar las obligaciones y, al mismo tiempo, una filosofía : trabajar por un mundo mejor,
sin excesivas ambiciones. No deseaba para otros la vida vivida y el trato recibido de su padre. Era su filosofía personal intentaría trasladarlo a
las futuras generaciones.

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