El camionero

 Cuando Luís fue al centro comercial aquella tarde, aunque no lo tenía previsto, jamás pensó que se iba a encontrar en una situación tan dramática.
  Luís tenía 43 años, era camionero, transportaba combustible y mercancías peligrosas. Llevaba trabajando ya, 5 años en esa Empresa de Transportes, el mismo tiempo casi que llevaba en Barcelona. Tenía ya su rutina de trabajo, cargaba combustible con el camión de su empresa, para luego repartirlo por las gasolineras que le ponían en su recorrido diario.
 Conocía bien su trabajo, la empresa estaba contenta con los servicios de Luís, y así se lo reflejaba mensualmente en su salario. Las rutas que hacía con el camión no eran demasiado extensas, el material que transportaba tenía demasiadas limitaciones por el riesgo. También llevaba en ocasiones, gasóleo para las calefacciones, distintas opciones en el mismo trabajo. 
 El camión de Luís, era el mismo de siempre, la empresa los cambiaba cada 4 años por exigencias de la petrolera, seguridad en este tipo de trabajos, conducía un Scania, antes era otra marca. Era una cabeza tractora, un tráiler, y él, como acreditado conductor, poseía todas las autorizaciones de tráfico para cualquier vehículo. 
 Nunca le habían sancionado conduciendo, si bien le gustaba algo el alcohol, pero en su oficio estaba muy castigado, por el riesgo de accidente, ya que el camión iba cargado de combustible. 
 Ese jueves, no había quedado con los compañeros, y pensó en ir al centro comercial a dar una vuelta, pues acababan de empezar las rebajas, por si encontraba algún chollo. Había bastante gente en las tiendas y en las galerías en general. Muestra de ello era el parking que no había muchas plazas libres, Luís se fijó en unas sandalias para llevar el pie fresquito, y estar más cómodo.
 Cuando estaba pagando en la tienda, le pareció ver a su mujer con un chico, paseando muy distraídamente. Pagó rápidamente, y confirmó sus sospechas, era su mujer con un hombre de unos 30 años, aún estupefacto con lo que estaba viendo, pudo divisar que se cogían de la mano, con una extraordinaria confianza.
 Luís llevaba casado 9 años, con Ana, ella trabajaba de cajera en una frutería. Tenían un hijo de 6 años, Pol, ambos estaban encantados con él. Luís los siguió con cuidado, hasta ver cómo entraban en una cafetería, abrazados, con la ilusa confianza de los amantes, que se creen dueños del mundo, y que jamás nadie conocido los verá, se besaron ligeramente. Luís no sabía qué hacer si presentarse ante ellos y enfrentar a Ana, golpear a su joven amante o pedirle explicaciones en casa, fuera de los escándalos públicos, pero algo le hizo detenerse, no fue capaz de entrar a decirles nada, sin recuperarse aún y en una especie de estado de estupor, se quedó inmóvil por unos instantes para luego caminar totalmente abatido, su cuerpo encorvado, casi no podía levantar sus pies, luchaba entre la desilusión, la incomprensión y la rabia.
 Eran las 18:30, cuando decidió entrar al primer bar que se cruzó frente a su camino, empezando por cervezas con unas ligeras tapas, luego gin tonic, terminando con whisky. No se le iba de la mente que su mujer le engañaba con otro, un tipo más joven que él. Pensaba en el tiempo que llevaría esa situación, si era el primero o había más hombres en su trayectoria. Cómo es que él no lo había advertido, por momentos se culpaba a sí mismo, su trabajo le obligaba a estar lejos de casa demasiado tiempo, eran miles las preguntas acudían a su mente como si una avalancha se le hubiera venido encima. No había respuesta razonable para Luís, se preguntaba dónde había fallado.
 Iniciada la noche, decidió no regresar a casa, temía perder el control y no responder por lo que pudiera ocurrir, estaba ebrio y pensó en una especie de compensación, o revancha, entonces buscó abandonarse en el goce con otras mujeres. Cogió un taxi y dirigió su caminar titubeante a un famoso y viejo prostíbulo, en un barrio alejado del centro. 
Le recibieron cariñosamente -como es la costumbre- lo llevaron a una salita pequeña, recargada de tapices y tintes comunes. Continuó bebiendo hasta que se le acercó una mujer algo mayor, al principio, Luís la enfrentó con la rabia y el dolor de la traición, la tomó con violencia, con la ira en el cuerpo por de haber descubierto la traición.
 La prostituta, de cabello rojo, muy maquillada, con un vestido negro ajustado, que dejaba ver parte de su culo, olía a cigarro y alcohol barato, mujer de cuerpo carnoso, unos pechos grandes y algo caídos, una mujer con experiencia, con esa psicología que da la calle, la noche, lo detuvo, y le dijo - tranquilo- él estaba sentado, perdido, actuaba por instinto, ese impulso animal y primitivo de los hombres despechados. 
 Con la vivencia de su oficio, ella lo guío, por alguna razón que ella no entendía, sintió lástima de ese hombre, y le dio la mejor noche de su vida. Era una habitación algo oscura, una tenue luz roja, que apenas le permitía ver a esa mujer, de fondo un saxo que invitaba al placer, en el centro un antiguo sillón capitoné, medio mal oliente, por los costados unos sillones de felpa, medio andrajosos, pegados a la pared. Ahí estaba él, sentado y ella sobre sus piernas, se balanceaba suavemente, hasta que la virilidad de Luís se puso en estado de máxima alerta. 
Ella se alejó y bailó al ritmo de la melodía del saxo, se fue acercando poco a poco. Él se puso de pie, la atrajo hacia sí, con sus manos fuertes de camionero, tomó sus nalgas y las apretó contra su verga, que ya explotaba por dentro de su pantalón, comenzó a deslizar su mano derecha por debajo del vestido, y ella bajó el cierre de su pantalón, salió su polla caliente, dura, grande, gorda, como hacía tiempo él no la sentía tan viva. Luís le corrió el pequeño tanga que apenas cubría sus nalgas, mojó sus dedos con saliva y se los metió suavemente -pues ya no sentía rabia sino deseo - por su vulva carnosa, con un fuego abrasador, la sintió húmeda , palpitante, sensaciones que los llevaba a la locura y ella en un acto prohibido para la profesión, lo besó apasionadamente, su lengua recorría su labios, se la metía y sacaba en un acto sexual. Luego ella se alejó , ya excitada por ese hombre, un cliente más, pero que le provocó un ardor como hacía tiempo no sentía. Sin dejar de mirarlo a los ojos, fue bajando suavemente, hasta llegar a su pantalón, comenzó suavemente a lamer todo su tronco, su lengua giraba alrededor de la cabeza de su pene , sentía el sabor de ese elíxir, ese brebaje de los hombres que causan estragos, lo succionó una y otra vez, era tal el placer que le daba a Luís que hasta la borrachera se le fue, finalmente ella lo llevó al centro del salón y lo dejó penetrarla, una y otra vez, se lo metía con furia, pero al mismo tiempo con una suavidad que la llevó a la gloria, al mismo tiempo que a él, se abrazaron unos instantes , hasta que él recobró las fuerzas , pensando que seguirían en ese regocijo de desenfreno y lujuria, pero no fue así. ella lo miró, acarició su cara, y se fue dejando tirado el dinero que Luís pagó por sus servicios, nunca más volvieron a encontrarse, él jamás la olvidó. 
 Ya amaneciendo, empezó a tomarse unos cafés, pues debía volver al trabajo, a su camión, y no estaba en las mejores condiciones. A las 8 de la mañana, después de no haber pasado por casa, y con el móvil apagado desde la tarde anterior, se sentó en su Scania. Aún bajó al bar cercano a tomar otro café a ver si lo aclaraba un poco. Eso le permitió poder rellenar el tacógrafo del camión, y ponerlo en marcha. No quiso conectar el móvil, imaginaba que estaría lleno de mensajes. Arrancó su camión para ir a cargar combustible a la petrolera, su ruta? la de todos los días con el camión de todos los días y la rutina de todos los días...
   Inició la marcha por la autovía, con el tráfico habitual de la semana. Su Scania era de cabina de perfil bajo, más cercana al suelo. Llevaba su remolque vacío para cargar el combustible y repartirlo por las gasolineras. A veces tenía que esperar más de una hora en la petrolera por la cantidad de camiones de concurren. Confiaba en ello, para dormir un poco.
 Bajó la ventanilla para que le diese el aire, y se puso la radio con las noticias, opciones todas que ayudaban en esta situación de resaca profunda. Cuando iniciaba la subida de un ligero ascenso, le pareció ver un auto en el arcén, pero no se pudo desplazar a su izquierda porque el tráfico era intenso. No hubo tiempo, pues sonó un ruido seco en la parte derecha del remolque. Miró y vio despavorido, a un hombre joven, de unos 30 años que volaba por los aires, bajó de su camión y reconoció al hombre. Luís y el amante de Ana habían coincidido en ese punto. El tipo fue trasladado en un helicóptero al hospital donde ingresó cadáver.
 Luís tuvo un juicio, no fue a prisión. Pagó su seguro la indemnización a los padres del amante de su mujer y le retiraron el permiso de conducir 6 meses. ¿Qué pasó luego de lo ocurrido con su matrimonio? No lo sabemos...







Comentarios

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

"Ni gitanos, ni murcianos, ni gente de mal vivir": el origen tergiversado de un dicho que aún hiere

HABITACIÓN 312 (PRIMERA PARTE)

Los gráficos del deseo