El ocaso de nuestros días
EL OCASO DE NUESTROS DÍAS
En la soledad de su triste habitación
en una residencia de la tercera edad, mientras escucha los gritos del vecino de
al lado, y ve como corre el pis de una interna por el pasillo central, Ramiro a sus 86 años, se dedica
a repasar lo que ha sido su vida, para llegar a esta situación lamentable.
Recuerda los primeros años en el
pueblo, en La Mancha, con sus padres y una escuela muy limitada en recursos,
donde no le iban muy bien los estudios, pues no había costumbre en la familia.
Su padre se percató de ello y lo puso
inmediatamente a las tareas del campo desde su adolescencia, aunque siempre se
le habían dado bien las manualidades y el dibujo. Su familia no apostaba por
esa virtuosidad futura y lo empleó en la cooperativa agrícola del pueblo, donde hacía de
casi todo.
Tras cumplir el servicio militar se le
abrió la mente para dedicarse a la tarea de hacer manualidades, y con la aprobación de su padre se puso a
trabajar en una carpintería, donde se le daban muy bien los montajes de muebles
y otras composiciones. Ramiro era un experto en ese mundo, y así lo conocía su
pueblo.
Tuvo un largo noviazgo; muy enamorado
se casó con Herminia, de la que vendrían 4 hijos. Para sacarlos adelante
decidieron emigrar a la ciudad con destino a Madrid, donde se instalaron.
Buscó trabajo en carpinterías, hasta que logró su empleo. Eran años de
felicidad con la familia, todos juntos y en armonía.
Después se independizó y montó su propio negocio, que le fue super bien. Todo eran pedidos y trabajo sin descanso.
Ahora se pone triste desde su sillón en la residencia, pues nadie le llama ni viene a visitarle. A pesar de haber sido muy creyente durante toda su vida, se divorció de su mujer hace 5 años por enfrentamientos instigados por los hijos, con continuas discusiones.
Eso hizo que las hijas tomaran partido
por uno u otro, y las broncas eran en todos los ámbitos familiares. El divorcio
también les afectó personalmente a las hijas por motivos diversos.
En ese momento, a sus 84 años, Marta,
su hija mayor, pidió incapacitarlo, iniciando los trámites ante el
Juzgado que se lo otorgó por la demencia que padecía, nombrándole la oportuna
tutora de su patrimonio, además debía pagarle a su mujer la pensión
compensatoria, por su divorcio.
Ante el fuerte enfrentamiento que
tenían las hijas, al cabo de un par de años la otra hija, Cristina, logró
anularle la incapacitación, quedando el padre libre a su cargo. En ese momento, y
tras el divorcio, el padre tenía en la cuenta bancaria 100.000 euros y además varios inmuebles.
No puede entender ,reflexionando
diariamente, que no le quede nada en la cuenta tras estos 4 años que Cristina se
ha encargado de él. En la notaría su hija le dijo “papi firma aquí”, por el que
accedía a la donación de un inmueble. Todo es buscarle una lógica a la fuga de su dinero, pero no entiende nada, es un disparate, señala hablando él solo en su habitación.
Le da rabia en estos momentos, cómo se
ha podido aprovechar de su bondad infinita, sin pensar en el resto de sus tres
hermanos que acaban de enterarse al verla usar ese inmueble públicamente sin
inmutarse, y de cómo ha devorado el dinero del padre. Camina y se mueve cabizbajo por la residencia, sin querer amistades ni relaciones con nadie de los internos.
La reacción del padre, dentro de la
rabia contenida que padece ahora, ha sido no cogerle el teléfono a Cristina que
le ha usurpado su patrimonio. Lo ha pensado mucho pero ha decidido desheredarla y pedirle que devuelva
todo lo que se ha llevado indebidamente.
En la Notaría no saben dar
explicaciones del momento en el que el padre le hizo la donación a Cristina,
consta que era por sus cuidados. A Ramiro le sonaba a chino todo lo que el notario
le iba diciendo en su lenguaje técnico en el acto de la firma.
Ramiro había obtenido un pago por
dependencia y asistencia de servicios sociales, pero aun así, con esas atenciones cubiertas, la hija se hacía
un traspaso mensual de 300 euros por cuidado del padre.
Como colofón de la bondad infinita de
Cristina hacia su amado padre, después de firmar la donación en la notaría, le
buscó una residencia para abandonarlo allí a su suerte, a 150 kilómetros de su vivienda habitual, donde tenía al resto de la familia, amigos y conocidos, las cuentas y el ex
inmueble que ya no le pertenece. Un verdadero acto de buena hija por el que se
hizo meritoria de esa donación.
Ahora en la cuenta bancaria después de
esos 4 años de gestiones de la caritativa hija, solo quedan 1000 euros. La
residencia le cuesta 1600 al mes, y debe pagar la pensión compensatoria a su ex mujer, por lo que con su pensión de 1500 euros necesitará la ayuda de servicios
sociales o de la familia hasta que le llegue su hora.
Ramiro se da cuenta con tristeza de
las malas decisiones que ha tomado. En la vida si no tienes cuidado llega un
momento en que todo se tuerce y se vuelve negro. Cierto que en algunos momentos
no se portó bien, por lo que derivó en el divorcio pasados los 75 años, pero
ahora ignora el estado de sus cuentas porque confiaba totalmente en las buenas
gestiones de su querida Cristina, a la que había premiado con esa donación. Y
Cristina hizo lo mismo, le premió a su padre con un internamiento en una
residencia a 150 kilómetros de su entorno. Situaciones de amor recíproco.
Ramiro detesta estar encerrado en esa residencia, ver ese ambiente de internos con situaciones difíciles. Los empleados tratan de hacerle la vida más fácil, pero él sabe que es todo artificial.
Medita a menudo que, con su nivel de vida, su patrimonio, no es
normal que su vida acabe rodeado de personas descontroladas en lo físico y
mental. Para Ramiro la vida ha girado cuesta abajo en esta fase final.
Siento una empatía enorme hacia Ramiro...y un recuerdo unívoco de determinado familiar cercano...
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