Se apagaron las estrellas

 

Aún recuerdan cuando vinieron desde Madrid a ofrecerles una indemnización insignificante por parte de la aseguradora. Sabían jugar con el desgaste y lo eternos que se hacen los procesos. También valoraban que fuesen personas sin estudios y con escasos recursos en un pueblo del interior con pocos vecinos. La maldad y feas intenciones siempre pululan por las mentes sin corazón.

Ese año hacía mucho calor, las temperaturas estaban batiendo récords. El monte estaba sin limpiar. Se preparaban para una posible oleada de incendios forestales en las zonas de montaña del interior.

Una ola de fuego amenaza a España: llegan los superincendios
Como años anteriores el Ayuntamiento hizo un bando para buscar trabajadores forestales, que se incorporasen a las brigadas durante los meses de abril a octubre. Se incorporaron 8 personas que formaban dos equipos, para mantener durante ese tiempo por un salario mísero los montes, con unas tareas que eran muy apetecidas por los solicitantes. Les ayudaba para ir pasando año tras año hasta que llegase la jubilación, junto a algo que sacaban de la agricultura. Ese era el panorama de Antonio, Fernando, Adrián y Ernesto cuando acudieron a la llamada del municipio para formar un equipo forestal.

Estaban contentos en casa, sus familias sabían que tendrían unos ingresos extras por esas tareas de brigadas forestales. Hasta la fecha no suponía riesgo alguno, así se lo decían desde la capital cuando iban a firmar el contrato. Esas cuentas se hacían en esa parte de la España semidespoblada, un poco es mucho.

Antonio era un solterón de pueblo del interior que con 50 años regentaba la taberna del municipio, junto a su madre. Ésta se quedaba al frente del local mientras él se iba al monte con su nuevo oficio eventual. Iba a ser su primer año en la brigada. Solo conocía los privilegios de ser miembro forestal por los vecinos que habían prestado ese servicio.

Adrián era una persona mayor, abuelo a sus 60 años, con experiencia solo en la agricultura, por las tierras que poseía en el pueblo, y que no generaban grandes ingresos por las cosechas. Ya había trabajado varios años; ellos solo se ocupaban de limpiar parte del terreno, expertos en agricultura.

Fernando era otro solterón del pueblo de interior que a sus 55 años llegaba muy justo a final de mes. Este contrato le venía de lujo para tener lo suficiente durante un largo período. No tenía experiencia ni como forestal ni como agricultor.

Ernesto era un chaval de 18 años, que nunca había formado parte de la brigada, pero ese año le interesaba tener unos ingresos con la finalidad de asumir el pago de sus estudios universitarios y el alojamiento en la ciudad. Pensaba cuánto iba a vacilar él en la Universidad tras haberse ganado una pasta para costearse los estudios y tener dinero para salir de copas.

Los pirómanos son expertos en crear caos y destrucción, sin límites. Quizás hagan apuestas o sea por mero disfrute personal, todo fruto de su pésimo estado psicológico. Sabían, en este caso, que habría mucho viento y con la sequía la ocasión era óptima.

Ese año empezaron los incendios en la parte este del interior. Inicialmente acudieron los militares, su primer año en la participación de extinción. Era 1990 y los medios estaban totalmente desordenados, carentes de organización. Las brigadas solo tenían autoformación personal sobre agricultura, y no todos, como el caso de Ernesto.

Era el mes de julio, los incendios se sucedían uno detrás de otro, todos en la misma comarca. Se evacuaban aldeas ante el espectacular avance de las llamas. Era una evidencia la intencionalidad humana en su origen. No podían con la extinción y necesitaron movilizar a otras brigadas de comarcas limítrofes.

Fue el encargado Joaquín quien anduvo a recoger a la brigada de esos cuatro vecinos, para dirigirse a los focos de los incendios. No había bastante con los militares y voluntarios movilizados. Nunca habían vivido de cerca la llamada para apagar fuegos, pues su pueblo hasta la fecha se había librado de ese riesgo.

La administración no les formaba sobre la evolución de los incendios, forma de atajarlos, medios de protección, uso de transportes (incluido el helicóptero). Confiaba en los medios aéreos, militares, voluntarios y bomberos.

Llevaban varios días desplazados en esa zona, sin acudir a sus casas a dormir, se relevaban bajo las órdenes del ingeniero de la administración que dirigía las tareas de extinción, todo el operativo. Eran varias miles las hectáreas arrasadas por la devastadora acción del fuego.

Después de cuatro días, y sin avances en la extinción, les dieron permiso para volver a casa dos días a descansar, lavarse y volver al mismo sitio. La administración se encargaba de transportarlos.

En casa estaban preocupados por su estado de salud, pues las noticias no cesaban sobre lo espectacular del incendio en esa zona, a pesar de la presencia del ejército. Los familiares ya tenían serias dudas sobre que el trabajo de forestal fuese un chollo, pero ellos le quitaban importancia al temor de sus allegados. Eran personas adultas y sabían hasta donde podían actuar.

Tras el leve descanso volvieron al foco, junto al puesto de mando, con el ingeniero y la base del operativo. Había algunas aeronaves trabajando sobre el incendio. El ingeniero ya estaba molesto de ver que no podían con ese incendio y les dio la orden de subir con el helicóptero a la cresta del monte para trabajar arriba los cuatro forestales y acabar con los restos del fuego.

 Ellos no habían usado nunca ese medio de transporte. Tuvieron cierto enfrentamiento con los mandos del operativo, pero la decisión estaba tomada: debían subir con el helicóptero y descender en la cima, iniciando las tareas terrestres de extinción. Era una tarea sencilla, solo quedaba ceniza y algún rescoldo aislado.

El piloto los organizó, solo indicando que tuviesen cuidado con las hélices al entrar y salir. De copiloto viajaba Ernesto que iba muy nervioso, por la edad y por la novedad de la tarea. Imaginaba la proeza de comentar esta hazaña con sus “compis” de la Universidad.

 En la parte posterior el resto de miembros de la brigada con cierto temor por lo aparatoso del transporte, todos de pie y agarrados con unas cuerdas. Intentaban aparentar hombría entre ellos. Eran personas sin entrenamiento y con una edad que superaban los 50 años de media.

Iniciaron la subida, con mucha facilidad, se notaba la experiencia y dominio del piloto sobre la nave. También trataba de inculcar cierta calma a los viajeros. En lo alto de la cima había un cortado de casi 100 metros. Su objetivo era , siguiendo las instrucciones del ingeniero jefe, dejarlos sobre la ladera de la montaña alejados del cortado, para que pudiesen saltar con las azadas y material diverso de extinción.

Cuando intentaba posarse la nave sobrevino un golpe de aire que hizo que se moviese provocando que el rotor de cola tocase en una roca. El piloto levantó el helicóptero, no reaccionaba en dirección, pero si en altura. De repente todos empezaron a gritar y preguntar qué pasaba. El piloto con sus brazos hacía lo imposible por dominar el aparato, comunicando a la base el accidente, pero poco podría hacer. Estaba concentrado en salvar las vidas y el aparato, gracias a sus horas de vuelo.

Ernesto no podía más, el universitario de 18 años veía que se iban a estrellar. Todo era un caos en el interior de la nave. Dijo que se lanzaba mientras el piloto estaba controlando el aparato. El piloto le gritaba que no se moviera aún de su sitio. Ernesto saltó desde unos 25 metros, pero una de las hélices lo golpeó y lo reventó, muriendo en el acto.

Situación dantesca que provocó que el resto se preparase para abandonar la nave, pero con el riesgo de caer en el cortado de 100 metros o los 25 mts. más próximos. La aeronave solo daba vueltas desbocada, controlando la altura, pero no la dirección, ejerciendo el piloto una enorme fuerza con sus brazos.

Lograron, por suerte, girando el aparato con las puertas abiertas ir cayendo en esos 25 metros sobre zona quemada, los tres operarios.

El piloto logró dejar la nave en caída sobre la ladera, pudiendo salir del aparato con los brazos rotos y alguna quemadura. El aparato se incendió posteriormente.

Ninguno de los cuatro trabajadores falleció, pero tuvieron varias operaciones por los daños de la caída unido al fuego de la zona.

Unos meses más tarde los padres de Ernesto cobraron 110.000 euros de indemnización. Al entierro acudió todo el pueblo, fue un golpe para todos los vecinos que no olvidarían fácilmente. Contó con la asistencia de las autoridades de la comunidad autónoma.

La empresa del helicóptero cobró sus 450.000 euros a los 15 días del siniestro por la destrucción de la nave.

Los tres operarios, después de sus operaciones, y sus tratamientos médicos, con los juicios por medio, tuvieron que esperar 10 años para cobrar la indemnización por sentencia que superaba para los tres miembros los 420.000 euros, frente a los 3000 euros que les ofrecieron inicialmente desde Madrid.

Adrián no pudo disfrutar de su indemnización tras fallecer un mes después de recibir el importe por los daños y secuelas.

Afortunadamente después de tanto tiempo los medios y preparación han mejorado mucho . Los pirómanos que provocan esos siniestros no han cesado en ocasionar daño y destrucción hasta nuestros días.

 

 

Comentarios

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

"Ni gitanos, ni murcianos, ni gente de mal vivir": el origen tergiversado de un dicho que aún hiere

HABITACIÓN 312 (PRIMERA PARTE)

Los gráficos del deseo