Se apagaron las estrellas
Aún recuerdan cuando vinieron desde Madrid a ofrecerles una indemnización insignificante por parte de la aseguradora. Sabían jugar con el
desgaste y lo eternos que se hacen los procesos. También valoraban que
fuesen personas sin estudios y con escasos recursos en un pueblo del interior con
pocos vecinos. La maldad y feas intenciones siempre pululan por las mentes sin
corazón.
Ese año hacía mucho calor, las temperaturas estaban batiendo récords. El monte estaba sin limpiar. Se preparaban para una posible oleada de incendios forestales en las zonas de montaña del interior.

Estaban contentos en casa, sus familias sabían que tendrían unos
ingresos extras por esas tareas de brigadas forestales. Hasta la fecha no
suponía riesgo alguno, así se lo decían desde la capital cuando iban a firmar
el contrato. Esas cuentas se hacían en esa parte de la España semidespoblada, un
poco es mucho.
Antonio era un solterón de pueblo del interior que con 50
años regentaba la taberna del municipio, junto a su madre. Ésta se quedaba al
frente del local mientras él se iba al monte con su nuevo oficio eventual. Iba a ser su
primer año en la brigada. Solo conocía los privilegios de ser miembro forestal
por los vecinos que habían prestado ese servicio.
Adrián era una persona mayor, abuelo a sus 60 años, con
experiencia solo en la agricultura, por las tierras que poseía en el pueblo, y
que no generaban grandes ingresos por las cosechas. Ya había trabajado varios años;
ellos solo se ocupaban de limpiar parte del terreno, expertos en agricultura.
Fernando era otro solterón del pueblo de interior que a sus
55 años llegaba muy justo a final de mes. Este contrato le venía de lujo para
tener lo suficiente durante un largo período. No tenía experiencia ni como forestal
ni como agricultor.
Ernesto era un chaval de 18 años, que nunca había formado
parte de la brigada, pero ese año le interesaba tener unos ingresos con la
finalidad de asumir el pago de sus estudios universitarios y el alojamiento en
la ciudad. Pensaba cuánto iba a vacilar él en la Universidad tras haberse ganado
una pasta para costearse los estudios y tener dinero para salir de copas.
Los pirómanos son expertos en crear caos y destrucción, sin
límites. Quizás hagan apuestas o sea por mero disfrute personal, todo fruto de su pésimo estado psicológico. Sabían, en este caso, que habría mucho viento y con la sequía la ocasión era óptima.
Ese año empezaron los incendios en la parte este del
interior. Inicialmente acudieron los militares, su primer año en la
participación de extinción. Era 1990 y los medios estaban totalmente
desordenados, carentes de organización. Las brigadas solo tenían autoformación
personal sobre agricultura, y no todos, como el caso de Ernesto.
Era el mes de julio, los incendios se sucedían uno detrás de
otro, todos en la misma comarca. Se evacuaban aldeas ante el espectacular
avance de las llamas. Era una evidencia la intencionalidad humana en su origen.
No podían con la extinción y necesitaron movilizar a otras brigadas de comarcas
limítrofes.
Fue el encargado Joaquín quien anduvo a recoger a la brigada de
esos cuatro vecinos, para dirigirse a los focos de los incendios. No había
bastante con los militares y voluntarios movilizados. Nunca habían vivido de
cerca la llamada para apagar fuegos, pues su pueblo hasta la fecha se había
librado de ese riesgo.
La administración no les formaba sobre la evolución de los
incendios, forma de atajarlos, medios de protección, uso de transportes (incluido el helicóptero). Confiaba en los medios aéreos, militares, voluntarios
y bomberos.
Llevaban varios días desplazados en esa zona, sin acudir a
sus casas a dormir, se relevaban bajo las órdenes del ingeniero de la
administración que dirigía las tareas de extinción, todo el operativo. Eran
varias miles las hectáreas arrasadas por la devastadora acción del fuego.
Después de cuatro días, y sin avances en la extinción, les
dieron permiso para volver a casa dos días a descansar, lavarse y volver al
mismo sitio. La administración se encargaba de transportarlos.
En casa estaban preocupados por su estado de salud, pues las
noticias no cesaban sobre lo espectacular del incendio en esa zona, a pesar de
la presencia del ejército. Los familiares ya tenían serias dudas sobre que el
trabajo de forestal fuese un chollo, pero ellos le quitaban importancia al
temor de sus allegados. Eran personas adultas y sabían hasta donde podían
actuar.
Tras el leve descanso volvieron al foco, junto al puesto de mando, con el ingeniero
y la base del operativo. Había algunas aeronaves trabajando sobre el incendio.
El ingeniero ya estaba molesto de ver que no podían con ese incendio y les dio la
orden de subir con el helicóptero a la cresta del monte para trabajar arriba
los cuatro forestales y acabar con los restos del fuego.
Ellos no habían usado
nunca ese medio de transporte. Tuvieron cierto enfrentamiento con los mandos
del operativo, pero la decisión estaba tomada: debían subir con el helicóptero
y descender en la cima, iniciando las tareas terrestres de extinción. Era una
tarea sencilla, solo quedaba ceniza y algún rescoldo aislado.
El piloto los organizó, solo indicando que tuviesen cuidado
con las hélices al entrar y salir. De copiloto viajaba Ernesto que iba muy
nervioso, por la edad y por la novedad de la tarea. Imaginaba la proeza de
comentar esta hazaña con sus “compis” de la Universidad.
En la parte posterior
el resto de miembros de la brigada con cierto temor por lo aparatoso del transporte, todos de pie y agarrados con unas cuerdas. Intentaban aparentar
hombría entre ellos. Eran personas sin entrenamiento y con una edad que
superaban los 50 años de media.
Iniciaron la subida, con mucha facilidad, se notaba la
experiencia y dominio del piloto sobre la nave. También trataba de inculcar
cierta calma a los viajeros. En lo alto de la cima había un cortado de casi
100 metros. Su objetivo era , siguiendo las instrucciones del ingeniero jefe,
dejarlos sobre la ladera de la montaña alejados del cortado, para que pudiesen
saltar con las azadas y material diverso de extinción.
Cuando intentaba posarse la nave sobrevino un golpe de aire que hizo que se
moviese provocando que el rotor de cola tocase en una roca. El piloto levantó
el helicóptero, no reaccionaba en dirección, pero si en altura. De repente
todos empezaron a gritar y preguntar qué pasaba. El piloto con sus brazos hacía
lo imposible por dominar el aparato, comunicando a la base el accidente, pero
poco podría hacer. Estaba concentrado en salvar las vidas y el aparato, gracias
a sus horas de vuelo.
Ernesto no podía más, el universitario de 18 años veía que se
iban a estrellar. Todo era un caos en el interior de la nave. Dijo que se
lanzaba mientras el piloto estaba controlando el aparato. El piloto le gritaba que no se moviera aún de su sitio. Ernesto saltó desde
unos 25 metros, pero una de las hélices lo golpeó y lo reventó, muriendo en el
acto.
Situación dantesca que provocó que el resto se preparase para
abandonar la nave, pero con el riesgo de caer en el cortado de 100 metros o los
25 mts. más próximos. La aeronave solo daba vueltas desbocada, controlando la
altura, pero no la dirección, ejerciendo el piloto una enorme fuerza con sus brazos.
Lograron, por suerte, girando el aparato con las puertas
abiertas ir cayendo en esos 25 metros sobre zona quemada, los tres
operarios.
El piloto logró dejar la nave en caída sobre la ladera,
pudiendo salir del aparato con los brazos rotos y alguna quemadura. El aparato
se incendió posteriormente.
Ninguno de los cuatro trabajadores falleció, pero tuvieron varias
operaciones por los daños de la caída unido al fuego de la zona.
Unos meses más tarde los padres de Ernesto cobraron 110.000 euros de indemnización.
Al entierro acudió todo el pueblo, fue un golpe para todos los vecinos que no
olvidarían fácilmente. Contó con la asistencia de las autoridades de la comunidad
autónoma.
La empresa del helicóptero cobró sus 450.000 euros a los 15
días del siniestro por la destrucción de la nave.
Los tres operarios, después de sus operaciones, y sus
tratamientos médicos, con los juicios por medio, tuvieron que esperar 10 años
para cobrar la indemnización por sentencia que superaba para los tres miembros
los 420.000 euros, frente a los 3000 euros que les ofrecieron inicialmente
desde Madrid.
Adrián no pudo disfrutar de su indemnización tras fallecer un
mes después de recibir el importe por los daños y secuelas.
Afortunadamente después de tanto tiempo los medios y preparación han mejorado mucho . Los pirómanos que provocan esos siniestros no han cesado en ocasionar daño y destrucción hasta nuestros días.
Impactante
ResponderEliminarTriste...y demoledor.
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