Refugiados en la escuela
Mateo Vargas se había trasladado junto al resto de la familia a otra agencia laboral salitrera en la Pampa. Una empresa propiedad del rey del salitre John Thomas North.
El sindicato había planteado el elevado nivel de alcoholismo, de prostitución y de mortandad infantil que
había en las agencias salitreras por la palpable escasa calidad de vida . Los
patronos solo se preocupaban por aumentar la producción y la rentabilidad a
cualquier precio. Lo estudiarían más adelante, pues no era urgente.
La familia Vargas se instaló más al norte de San Pedro, en Pozo Almonte, donde solo se veía la llanura de la Pampa. Rompía su paisaje desértico para encontrar, como un
oasis, una serie de poblados salitreros con sus familias. El sol calentaba en lo alto día tras día, y en las espaldas de los humildes trabajadores.
El Estado chileno hacía oídos sordos al problema. Solo esperaba que los concesionarios extranjeros pagasen periódicamente sus
impuestos y tasas por la explotación del mineral, no le importaban otras cosas.
Mateo Vargas junto al sindicato aumentó su
reivindicación por unos mejores derechos de la clase obrera y sus familias.
Eran unas condiciones inhumanas, con unas jornadas muy largas y unos salarios
bajísimos, donde no existía regulación, sin intervención estatal. Las jornadas eran de más de 12 horas de trabajo.
Ese ambiente reivindicativo fue a mayores,
las quejas del proletariado se fueron extendiendo por toda la comarca de
Tarapacá. Se inició un período de paros parciales como protesta por los bajos
salarios y las largas jornadas de trabajo.
La empresa alegaba que tenía
mucha competencia en el resto del mundo, que estaba perdiendo posición comercial,
por lo que el beneficio iba en descenso. Ya se arreglaría más adelante, ahora no era oportuno.
Mateo conociendo la estrategia del sindicato y viendo como
evolucionaban las cosas decidió enviar en ferrocarril a su familia a la
frontera con Bolivia, pues pensaba que allí estarían a salvo de cualquier
movimiento del ejército o los poderes ocultos de la patronal.
Por su parte la prensa venía
calentando el ambiente con titulares sobre la tensión laboral en la zona y la
preocupación estatal por el paro sindical, que de rebote reducía los ingresos
en las arcas del Gobierno. Eran noticias carentes de objetividad en la mayoría de los casos.
Los sindicatos realizaron una convocatoria de
concentración sindical como protesta por los bajos salarios y el aumento en el
coste de los productos en la pulpería de empresa. Ni siquiera se incluía en el
debate la cuestión del trabajo de los niños de 12 y 14 años.
Se propuso la concentración en
Iquique, en el Colegio Santa María. Un edificio de madera, con una altura, como
casi todos los de la zona, frente a una gran explanada, donde los dirigentes
sindicales pensaban que habría espacio suficiente para la concentración. Los
cálculos se quedaron escasos debido a la impresionante afluencia de familias de trabajadores
en ferrocarril. Unas 8000 personas llegaron a Iquique para encontrar una
solución a sus protestas.
Mateo se unió a otros líderes sindicales entre los que estaba Pablo López López , español que como otros extranjeros acudieron a la búsqueda del oro blanco del salitre. Ambos hicieron buena amistad en esas reuniones asamblearias. Luego su destino tendría distinta suerte.
El centro de Iquique estaba desbordado de personas que confiaban en una solución a las demandas que se planteaban. Acudieron por solidaridad desde otras actividades profesionales, como el propio ferrocarril.
Al mismo tiempo desde la
capital se habían iniciado movimientos de tropas que concluyeron con el
desplazamiento de la marina, movilizando a militares desde Talcahuano. Tanto los
tercios de caballería e infantería habían activado sus movimientos castrenses en dirección al norte.
El comandante en jefe del
ejército chileno, tras unos días organizando a las tropas, se personó en la puerta de la escuela a dar un ultimátum a los dirigentes sindicalistas,
para que abandonasen la protesta, pues en su defecto tendría que usar la
fuerza. Fue una mañana de negociaciones por ambas partes. Les conminó a salir en orden, dió un plazo de dos horas, pues caso contrario cumpliría las órdenes de sus superiores.
Los hechos se precipitaron sin
más, y a medio día se inició el bombardeo de la escuela, la semi
destrucción de la misma, con la consecuencia de cientos de muertos, incluyendo
mujeres y niños. Los soldados entraban en la escuela con las bayonetas caladas,
sin distinción de personas. Los cadáveres estaban por todos lados. Gritos y sangre circulaban por el recinto.
Tras la masacre se hizo un silencio absoluto por la tarde en Iquique , y los supervivientes iban siendo conducidos al
hipódromo de la zona. La sangre que corría por las calles había manchado a la ciudad de Iquique para siempre.
Cientos de cadáveres quedaron abatidos y amontonados, sobre todo en el interior de la escuela Santa
María, donde el ejército chileno había asesinado a unos obreros indefensos y
desarmados. Junto a Mateo estaba moribundo Pablo el español, todo ensangrentado y retorcido en el suelo. Se miraron y se dieron la mano, Mateo aún le susurró al español "la lucha continúa compañero"
Había llantos, personas que se
arrastraban en el polvo del desierto del norte chileno, que se resistían a cumplir las órdenes de los militares.
Mateo pudo sobrevivir y observar cómo todos sus compañeros de sindicato habían caído delante de él, resistiendo frente a la fuerza militar. Ante esa matanza por las ametralladoras de la marina, incluso los remataban en el
suelo, pensó en pasar por un cadáver más. Llegada la noche pudo por suerte esconderse en
la propia escuela, para sigilosamente salir del recinto, y escapar de Iquique
con la oscuridad.
En su escapada
tuvo la ayuda indirecta de unos militares de infantería que ignoraron su
presencia, dejando pasar a Mateo. Seguiría viva la llama de sindicato a pesar
del número de bajas en sus filas. Esa masacre sería un aval en su lucha y así
lo defendería años más tarde Mateo en los foros internacionales denunciando al
Estado Chileno, y exigiendo una compensación por las víctimas de Iquique.
Pasaron varios meses y una mañana luminosa en el pleno corazón de Santiago, mientras en el cuartel militar se mantenía la calma más absoluta , sería rota por el hermano del
español Pablo López López. Se encaró vereda adelante y se ocuparía de vengar la muerte de todos los asesinados en Iquique, incluyendo a su hermano, acuchillando en plena calle al comandante en jefe ascendido por su hazaña norteña, que se desangró y murió en el acto. Él también sería asesinado por los militares que salieron en auxilio del comandante.

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