Mala Sangre
Descolgó el teléfono, le
temblaba levemente el pulso, pero tenía las ideas claras; no necesitaba ningún
borrador para explicarse. Llamó al teléfono de atención al cliente del
Supermercado:
“Escuchadme bien atajo de
cabrones: sois todos unos hijos de puta, me tratáis de robar lo que me toca. Sois
unos ladrones; no tenéis bastante con robarle a la gente todos los días. Sinvergüenzas.
Y espero que no toméis represalias contra mi mujer, porque entonces pasaría a
la acción. Estáis avisados, quiero lo que es mío y me pertenece”.
Sus últimos 25 años se los
había dedicado a la misma empresa, ese supermercado, al que ofrecía sus 24
horas de atención durante toda la semana. La empresa le había dotado de
vehículo de empresa, una tarjeta visa, junto al móvil más avanzado.
Él no se percataba de que
con esos medios la empresa lo tenía controlado en todo momento. Conocían
los desplazamientos que hacía, bien fuesen privados o para su ocupación
laboral.
No tuvo bastante con esa
llamada de teléfono. Tenía la mente caliente por ese feo comportamiento de su
querida empresa de toda su vida. De poco habían servido las felicitaciones de
sus superiores todos los meses por no generar problemas en las tiendas, pues
los vecinos no se quejaban y los camiones salían llenos en su basculante,
aprovechando el transporte al máximo. Ahora eso solo eran papeles , con escaso
valor.
Tras la llamada se fue decidido a la tienda que tenía ese súper en el centro de su pueblo. Lo tenía muy claro. Se dirigió a la sección de los yogures, flanes y natillas. Con el paso decidido, y sin saludar a nadie, con sus gafas de sol, empezó por coger primero los yogures de dos en dos, y con toda su fuerza los lanzó contra la pared, siguió con los flanes, más yogures, natillas… Los clientes del súper se apartaron y miraban atónitos el espectáculo que estaba montando Pablo.
A los pocos
minutos se personaron los empleados para obligarle a que cesara en su acción,
pero él aún le enfureció más.
El suelo ya estaba con un gran
charco de lácteos de todo tipo, y él seguía gritando:
"Me las vais a pagar, cacho cabrones, ladrones,
que nos sacáis la sangre y no respetáis los años de dedicación. Explotadores de
trabajadores, eso es lo que sois, robando a la gente, y aparentáis ser los más elegantes
del mundo. Cabrones de mierda…."
En ese momento se oía en la
calle la sirena de la policía. Dos agentes entraron en la tienda, y
redujeron a Pablo……No opuso resistencia. Tan sólo les dijo que era un tema
privado. Se lo llevaron para tomarle los datos, y hacer un atestado de lo
ocurrido, que presentaron posteriormente al Juzgado. Fue condenado a una
pena de multa por un delito leve.
Se consideraba una persona
de confianza de la empresa, eran muchos años los que llevaba trabajando y ello
le benefició para colocar también a su ex mujer en una de las tiendas.
Se rodeaba habitualmente con
un grupo de directivos de segundo escalón. Formaban el equipo que estudiaba las reformas de las tiendas, la rentabilidad del transporte, atendían las
quejas de los súper y las eventuales de los vecinos por los ruidos de sus camiones.
Pablo dominaba su trabajo, era un experto en logística.
Su móvil siempre estaba
dispuesto para la empresa. Tiene un vehículo a su disposición de alta gama, que
cambiaban cada cierto tiempo.
Estaba trabajando con
Aurora, la empleada que habían trasladado desde Málaga por sus buenos
resultados, según la versión oficial. Sus compañeros en la empresa sabían que era
la amante del encargado superior, creían que ese era el verdadero motivo.
Nunca se le había pasado por
la cabeza tener temas de sexo con sus compis. “Donde tengas la olla no metas la
polla”, era su lema que llevaba a rajatabla, y le iba muy bien cumpliendo su
contenido.
La tienda que estaban
reformando en el centro de la ciudad era una inversión muy importante, les
estaban presionando acabarla pronto para reiniciar las ventas, se había
desmadrado el sobrecoste. Aurora se personó con Pablo a verificar el estado de las
obras, y decirles al contratista que agilizase los trabajos el fin de semana pues sin
falta debían abrir la semana próxima. Revisaron todos los detalles, incluso se reunieron con técnicos de la reforma.
Era muy tarde y decidieron
tomar un aperitivo rápido a la salida de la tienda, comentaron los temas del
trabajo. Y una vez acabado, se fueron para la central que estaba en un polígono
industrial a las afueras de la ciudad, donde tenía la base logística la central del
súper.
Era noche cerrada, conducía Pablo que llegó a la empresa en el polígono para dejar a su compañera, de la que se despidió agotado. Ella se quedó fuera fumando un cigarro. Y observó cómo en la gasolinera frente a la empresa detenía el Audi y abría el maletero. Eso le llamó la atención, y no dejó de mirar todos los movimientos de Pablo. Hablaba con el dependiente y vió con sorpresa cómo llenaba una garrafa de combustible en el maletero.
Las directrices de la
empresa eran eliminar personal que tuviera mucha antigüedad, sin miramientos.
Se trataba de aligerar la carga de personal que tenían, y sustituir por jóvenes
empleados, sin antigüedad.
Aurora pensó en esa oportunidad
para seguir ascendiendo en la empresa, aunque fuese a costa de Pablo. No le
gustaban sus tics machistas, ni su arrogancia, si bien no tuvieron
encontronazos.
Al día siguiente se dirigió
al departamento de administración y pidió un informe del consumo de combustible del coche de Pablo, así como de los movimientos de su tarjeta visa empresa.
Los datos eran evidentes,
Pablo estaba robando a la empresa combustible, de forma muy disimulada. No
cuadraban los consumos con la capacidad del depósito del Audi. Eran las famosas
garrafas del maletero.
Le notificaron la apertura
de expediente disciplinario con suspensión de empleo y sueldo por 15 días. Él
se enfadó mucho por dudar de su honradez. Era cierto que el auto lo había dejado tirado
en varias ocasiones por no tener cerca una gasolinera, y en esa previsión era
por lo que llevaba esas garrafas como garantía de funcionamiento.
Lo extraño es que teniendo
una gasolinera enfrente de la empresa, no tuviese controlado el consumo del
coche. Pensó en sus argumentos favorables.
La empresa lo despidió, como
hacía con otros muchos en toda España por cuestiones leves como llevarse el pescado
sobrante a casa, llevarse bollería a casa, saltarse las colas del súper. Todos
esos casos tenían un elemento en común. Exceso de confianza de personas con
elevada antigüedad, objetivo de la empresa para despedirles.
La empresa fue demandada y
al juicio llevó a unas quince personas, entre los testigos, jefes, compañeros y
peritos. Todo un regimiento bien preparado para acabar con las posibilidades de Pablo delante del
juez.
No hizo falta llegar a ello,
después de casi dos horas de negociaciones, llamadas y presiones, llegaron a un
acuerdo. Pablo era consciente de sus posibilidades con los informes de
administración. Sólo quería terminar con aquellos tipejos que le habían dado la
espalda, y se dedicaban a medrar a su costa. Le recordaron el incidente de los
yogures y la llamada de teléfono, grabada. No le iban a achantar con ese argumento.
Pablo, a las semanas, cayó
en una profunda depresión. Montó un negocio con la indemnización que obtuvo,
pero al no tener atados todos los elementos, con la mala elección de sus amistades, lo estafaron y se quedaron con todo su dinero perdiendo todo lo invertido.
Pudo recolocarse en una
empresa del transporte a la que dirigió desde el súper. Su mundo era la
logística y seguiría haciendo muchos kilómetros.
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