En nuestra empresa éramos más de cien empleados, todos , hombres y mujeres , llevábamos un ritmo frenético, de ahí que el estrés fuese una causa muy común de baja laboral.
La empresa se había fundado hacía casi 50 años, y fue de menos a más en su proyección económica. Primaba desde sus principios el respeto humano y la solidaridad. En sus orígenes fue una cooperativa que formaron 15 trabajadores después de que la empresa entró en quiebra. Con ilusión y esfuerzo los trabajadores mantuvieron el puesto de trabajo y sanearon la empresa, consiguiendo aumentar la plantilla y los resultados contables.
Tratábamos de ser lo más condescendientes con los trabajadores, porque conocíamos su riesgo psicológico y queríamos evitarlo a toda costa. Estaba en los propios principios fundacionales, y eran asumidos por todos.
Siempre detectábamos alguna persona que se trataba de situar en el puesto menos propicio, buscar un acomodo en ese panorama de riesgo colectivo; la picaresca aparecía en esas situaciones.
Una mañana se presentó en la empresa un empleado muy veterano, mayor que el gerente. Procedía de otra Delegación de donde lo habían devuelto , sin saber claramente el motivo. Siempre comentaba que alguien le tenía manía o bien que no había sitio para él. En la Delegación se deshicieron de él con un golpecito en el hombro.
No supo adaptarse al puesto de trabajo, se encontraba desubicado a pesar de su larga experiencia, esa es la idea que se exporta de este empleado, podría haberse mantenido más tiempo, pero vieron que su rendimiento cayó en picado.
Convocó, en varias ocasiones, reuniones a las que no acudía porque su agenda no se lo permitía, bajo la excusa de que no era esa la fecha que había convocado.
En su trayectoria laboral todo iba de forma muy precipitada, pues se veían actuaciones que no eran muy normales en un trabajador del gremio. Empezaban a surgir comentarios de corrillo entre sus compañeros del Departamento, pues su fama era pésima. Nadie veía normal sus actuaciones, parecía que estaba con la cabeza en otra cosa.
Un día, con toda su elegancia y de forma atropellada en sus expresiones, entró en el despacho del gerente y le dice :
"Germán , necesito un gran favor de tu parte, algo que es decisivo para salvar mi matrimonio y casi mi vida. Necesito que me concedas un permiso tres días para hacer una escapada con mi mujer. Es para poder reconciliarnos pues estamos atravesando un mal momento, y vamos a intentarlo con este último recurso".
Ante esa desesperación y ese ruego tan agónico, después de indagar un poco más los detalles, a lo que el empleado se cerraba en banda, como que parecía secreto del sumario, el gerente Germán le respondió que adelante, pero debería justificar la ausencia de algún modo, confiando que se conseguirían los objetivos perseguidos.
El empleado no dio más explicaciones a su vuelta, como si no hubiese pasado nada, como si su ausencia hubiese sido por un simple resfriado. No hubo más comentarios a la vuelta de esa escapada, parece que no fue todo lo bien que debería. No tenía mucha relación con los compañeros.
El Gerente personalmente pensaba que la escapada, tras las actitudes tan extrañas que desprendía, no era precisamente con su cónyuge, sino con su amante, pero tampoco puso más energías en investigarlo.
La última hazaña de este caballero, en su huida hacia adelante del final de su carrera profesional consistió en que una mañana, llegó muy tarde al trabajo. Entró en el despacho del gerente diciendo que acababan de robarle a punta de navaja. Se puso a lloriquear sin ganas, diciendo que estaba muy nervioso, levantando algo la voz.
Señala en su cuello donde había una leve señal de arañazo. Insiste que lo han seguido en un vehículo desde que sacó el dinero del cajero y le cerraron el paso en una carretera secundaria. Se bajaron dos personas y le pusieron una navaja en el cuello para que les entregase todo el dinero que llevaba, a lo que él no se pudo negar, quizás hubo un leve forcejeo, pero no había opción frente a esos dos hombres fornidos , con gorra y gafas de sol.
La víctima del robo vino al trabajo sin haber puesto ninguna denuncia, de la que parecía tener serias dudas al formularla. Tampoco fue a ninguna comisaría para dar cuenta del supuesto delito.
Realmente parecía un episodio de ladrones y policías, pero muy simple y conociendo al sujeto que lo narraba, eran ya muchas rarezas en su comportamiento laboral.
Al poco tiempo, en cuanto cumplió la edad se jubiló, sin mayores explicaciones ni despedidas.
Y también llegó a general conocimiento que su matrimonio también se jubiló con anterioridad a la finalización de su relación laboral.
La empresa no le hizo ningún homenaje cuando terminó su relación laboral, tampoco la pidió él, porque nunca más apareció por allí. Solo trascendió el divorcio con su mujer, así como el desastre patrimonial en el que había quedado con sus gestiones poco claras.
Germán pensaba en la evolución negativa del empleado que por motivos secretos y oscuros llegó de forma acelerada al final de su carrera.
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