Bienvenidos a Sillón de Letras.
Relatos cortos y narraciones contemporáneas que retratan lo cotidiano, las emociones humanas y las pequeñas historias urbanas que nos definen.
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En el imaginario popular español circula desde hace décadas una frase que, aunque repetida con ligereza, encierra una carga de discriminación y desconocimiento histórico: “ Ni gitanos, ni murcianos, ni gente de mal vivir”. Muchos la atribuyen erróneamente a una supuesta opinión generalizada sobre los habitantes de la Región de Murcia, sin saber que su origen es muy distinto y que, en realidad, no se refería a los murcianos como pueblo, sino a un término del castellano antiguo: “muciar”, que significaba robar o hurtar. El origen: Carlos III y las ordenanzas militares La frase se remonta al siglo XVIII, cuando el rey Carlos III , en el contexto de una profunda reforma del ejército español, expresó su deseo de mantener fuera de las filas militares a ciertos grupos sociales. En las Ordenanzas del Ejército de 1768 , se excluía del reclutamiento a personas consideradas de “extracción infame”, como gitanos, verdugos, carniceros, mulatos o condenados...
Habitación 312 El hotel estaba en la calle Universidad, en el centro de Valencia, donde el ruido nunca desaparece del todo, ni siquiera de madrugada. Era un edificio estrecho, con balcones de hierro forjado y una fachada que conservaba un tono amarillento, como si el tiempo se hubiera quedado a vivir en sus paredes. La recepción era pequeña. Un mostrador de madera oscura, un llavero antiguo con etiquetas numeradas y una campanilla que casi nadie usaba. El recepcionista de noche, Julián, llevaba más de quince años allí. Sabía reconocer a los clientes por el sonido de sus pasos en la escalera. Aquella tarde entró un hombre sin maleta. Pidió una habitación para una sola noche. Pagó en efectivo, sin hacer preguntas, y rechazó el ascensor. Subió despacio, como si cada peldaño le exigiera una decisión. Julián lo siguió con la mirada hasta que desapareció en el segundo piso. Le asignó la 307, aunque no supo muy bien por qué. Tal vez porque estaba libre y daba al patio interior, donde ap...
En las tardes de sobremesa, en el despacho de Xirivella, me refugio entre dos pantallas: la del libro de Lorenzo Silva, ya casi agotado, y la del portátil, donde la Bolsa parpadea como un electrocardiograma emocional. Unas tardes sufro, otras disfruto. La Bolsa es así: caprichosa, intensa, imprevisible. Sobre todo cuando hay tanto en juego. No debería llamarlo juego. Suena a ludopatía, a ruleta y a humo. Lo mío —me repito— es análisis: estudio previo, disección minuciosa de la acción, del negocio, de las curvas, de los impulsos, de las entradas y salidas. Aunque, al pensarlo bien, ese lenguaje ya empieza a traicionarme. Entrar. Salir. Esperar el momento justo. No es la Bolsa: es el subconsciente, que insiste en mezclar gráficos con piel. Observo cómo Laboratorios Rovi sube con descaro, como una amante joven que no pide explicaciones y solo promete vértigo. Me seduce sin palabras, sin reproches, con velas verdes que se alargan como caricias bien calculadas. Mientras tanto, Grupo S...
Gracias a usted por tan bellos relatos
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