¿Y fueron felices para siempre?
No se atrevía a abrir sus ojos, a respirar ni moverse, no quería que se diera cuenta de que estaba viva.
¿Cómo y cuándo cambió ? Habían tenido un noviazgo largo, creía que le conocía, era bueno , gentil, inteligente, generoso, buen hijo y buen hermano.
Le adoraban en casa, siempre estaba ahí para quien le necesitara, ¿cómo desconfiar de alguien así?.
Se comprometieron y se casaron en breve tiempo, sin planificar demasiado, ella estaba muy enamorada, pero también quería dejar el hogar, pues su madre casada en segundas nupcias, no la había dejado trabajar ni terminado sus estudios, para que así cuidara de sus hermanos menores, del nuevo matrimonio. Pensó que al dejar el hogar podría realizar todos sus sueños.
Su boda fue hermosa, muy íntima, medio divididos los padres, pues los de él no aprobaban la boda tan apresurada.
Llegó el ansiado momento de la luna de miel y ahí todo cambió, él se transformó en alguien autoritario, controlador, maltratador y celoso hasta de la sombra que ella dejaba al pasar.
Todo le parecía mal, cualquier cosa que ella hiciera o dijera. Ella estaba tan enamorada de su esposo que no le daba importancia a esas conductas nuevas y desconocidas para ella, las justificaba pensando que era amor.
Después de 10 días, regresaron a casa, a su nuevo hogar, ella muy ilusionada con esta nueva etapa, pensando en envejecer juntos y tener muchos críos junto al hombre que amaba.
Ambos volvieron a sus rutinas laborales, y aparecieron más diferencias, él nada le comunicaba a ella, ni sus horarios, ni dónde iba o lo que hacía. Pero si ella no se comunicaba con él en todo momento y daba muestras gráficas de dónde estaba, explotaba en ira, le gritaba, la zarandeaba, la humillaba, y exigía explicaciones.
Ella tenía que estar atenta a su llegada, y tener todo listo, pues él llegaba a cambiarse , tomar una ducha y cenar. La mayoría de las veces, tan sólo miraba el plato y comenzaba a criticar la comida, que le faltaba esto o lo otro , hasta tiraba la comida, desquitándose con ella por su mal día en el trabajo, tan sólo porque había tenido problemas y ella debía volver a cocinar algo para él.
Pronto ella quedó embarazada, poco y nada le importó a su marido, hasta la criticó por no haberse cuidado, discutían sin parar, a él le molestaba hasta sentirla cerca.
Llegó el día del nacimiento de su primer hijo. Eran tiempos difíciles, él era policía, muy valorado entre sus jefes y compañeros, jamás imaginarían la vida familiar y conyugal que llevaba el funcionario ejemplar.
No la acompañó durante su embarazo y mucho menos en el parto -eso era cosa de mujeres - y él tenía que trabajar.
Tuvieron un hermoso y sano bebé, que como todos, lloraba y eso a él lo enloquecía; le pedía a ella que lo callara que no lo soportaba más. Una tarde, al no obtener lo que le ordenaba, la golpeó muy fuerte y ella se fue contra una ventana, golpeándose muy fuerte la cabeza.
Al día siguiente cuando fuimos a conocer al bebé, ella estaba con gafas oscuras, nos sonreía tímidamente, nos pareció extraño y le pedimos que se la quitase.
Tenía su ojo totalmente morado y con derrame, ella nos aseguró que había sido un accidente casero, le creímos pues no conocíamos ese lado oscuro de su marido.
Los malos tratos continuaron sistemáticamente, y ella que guardaba silencio, estaba de baja por maternidad, tenía que encargarse de todo sola, pues no permitió que nadie fuera a su apartamento.
Algo en nuestro interior nos decía que esa conducta no era normal y no le creímos del todo lo del “accidente casero”.
Llegamos pasado el mediodía, escuchábamos llorar al bebé y ella no respondía a nuestra llamada. Preguntamos a sus vecinos y dijeron que habían escuchado gritos y luego silencio.
Pedimos al conserje nos abriera, ahí estaba ella , inconsciente en el suelo en un charco de sangre. Su marido la había golpeado hasta dejarla tirada y se fue a su trabajo.
Logramos que reaccionara, no nos permitió llamar a urgencias ni mucho menos denunciar al agresor. El miedo la dominaba y paralizaba. Nos pidió que nos fuéramos antes de que él regresara pues podía molestarse.
Nos sentíamos cómplices al ver la situación y no hacer nada, ella era quien tenía que denunciar, si lo hacíamos nosotros, ella quitaba la denuncia.
Decidimos conversar con el jefe de este mal nacido y contarle lo ocurrido, pero no nos creyó.
Pasaron los años, ya tenían 4 hijos, hermosos y buenos, que crecieron viendo a un padre agresor con ella y si intentaban defenderla , también eran agredidos.
Llegó al extremo de rociarla con líquido acelerante y amenazó con quemarla si ella lo denunciaba, ella le rogaba en el suelo que no hiciera nada, que ella jamás diría nada.
Una tarde, en medio de una celebración familiar, sin motivo alguno, él abofeteó al más pequeño, toda la familia quedó paralizada ante esa violencia. Lo echaron de casa y no dejaron que ella y los niños se fueran.
Por la noche él volvió arrepentido, lloró , suplicó perdón y que jamás lo repetiría, que los amaba, que regresaran con él a casa. Ella por miedo y por los niños decidió seguirle.
Lo ocurrido luego, marcó la diferencia. Al llegar a casa, él sacó su cinturón y comenzó a golpearla por haberlo expuesto ante la familia, la golpeó tanto, hasta llegó a amenazarla con un arma si se volvía a repetir. Ella fingió estar inconsciente, pues sabía que así dejaría de agredirla.
Él la dejó tirada y se fue a su trabajo. Cuando tuvieron la certeza de que ya no estaba en casa, los niños la levantaron , curaron sus heridas y le rogaron entre llantos que lo dejara, que sus abuelos les esperaban. Tomaron unas cuantas cosas y emprendieron camino a la casa familiar.
Sus padres lloraron junto a ella abrazados y le prometieron que nunca más permitirían que la volviera a tocar o estar cerca de ella o los niños.
La llevaron al trabajo del marido que en ese momento no se encontraba ahí, hablaron con el jefe y pudo ver el estado en que la había dejado, esta vez sí les creyó.
Realizaron todo el protocolo para estos casos, ella recibió ayuda médica y psicológica, él fue arrestado y expulsado de la policía.
El cobarde no pudo con la humillación de verse descubierto, y sin encontrar trabajo, pues todos le dieron la espalda, se quitó la vida.
Ella ahora vive en paz, feliz con sus hijos, nietos y bisnietos. Las huellas del abuso quedaron en su mente y en su corazón, un corazón herido y enfermo que ni con todo el amor que hoy recibe mejora.
Atrévete a denunciar a los teléfonos de violencia de género en tu país.
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