MUJER CONTRA MUJER
MUJER CONTRA MUJER
Era la última hora de la
jornada matinal y semanal. Debía contárselo a alguien, sobre todo quien pudiese
ayudarle y poner un poco de orden en su cabeza.
Carmen, con sus 57 años, y con
este trabajo temporal intentaba seguir avanzando para mantener su casa, su
vida maltrecha, con un marido bajo la enfermedad hepática de tanto alcohol, y
sus hijos desparecidos de la casa, ante el caos doméstico habitual.
No sabía por donde empezar, y
tampoco quería molestar, pero estaba decidida a pedir ayuda al superior. Estaba
destrozada y necesitaba un auxilio en el trabajo.
Su puesto de limpiadora de las
instalaciones de la empresa, suponía relacionarse con el resto de sus 10
compañeras, que se distribuían a lo largo de la empresa en las distintas
secciones y turnos.
Con el nerviosismo propio de
la persona que nunca se ha dirigido al superior jerárquico, decidió dar ese
paso. Había oído hablar bien de ese jefe, una persona cercana, comprensiva, y
cordial. Sabía que se entregaba a su trabajo y había lidiado en su larga
trayectoria con varios problemas de acoso, y riesgos psicosociales en la
empresa, por lo que sabía que le daría una solución a su inquietud.
Llamó a la puerta y esperó su
respuesta. “Adelante” dijo el jefe. “Con su permiso señor, quería comentarle una
cosa del trabajo”, dijo Carmen, medio temblorosa.
El jefe estaba ultimando en el
ordenador tareas burocráticas, que no paraban en esa empresa, pues debía darles salida para sus superiores.
Ella con su ropa de trabajo, él
sentado en su mesa y atento a la novedad de la visita de esta empleada, a la
que había saludado por los pasillos, pero que nunca había tenido una reunión en
privado con ella. Siempre abierto a escuchar a la gente, y ver las posibles
opciones a sus propuestas.
Se presentó con su nombre y
muy nerviosa le dijo que le había pasado un problema grande en el puesto, pues
su jefa se había enfrentado negando lo que antes le había concedido, y por lo
que ella había hecho planes, que ahora estaban en el aire, pero además suponía
que ese contratiempo era de total ilegalidad.
La jefa de limpieza tenía
favoritas, y éstas eran las que tenían más antigüedad en la empresa, por lo que
se habían impuesto sus criterios al resto de compañeras, a pesar de haber anticipado
la jefa algunas decisiones para después anularlas.
En la empresa trabajaban hasta
el mes de junio, y volvían en el mes de septiembre, el típico contrato de fijo
discontinúo; durante los meses de verano pasaban al paro, para empezar de nuevo en septiembre. De esa forma se les daba a los empleados la parte
proporcional de las vacaciones que les restaban, y que en el caso de Carmen era
de dos días más uno de permiso personal. Había hecho planes para ir a ver a su
familia a la costa de Alicante, todo planeado. Le vendría bien a ella y a su
pareja tan enfermo, unos días de relax, y luego el verano por delante.
Carmen había estado trabajando
hacía años en Múnich, para empresas de hostelería junto a Sergio, su marido. Con el paso del tiempo vieron la oportunidad de venirse a Valencia, y
decidieron hacer las gestiones y ubicarse en la terreta.
Su situación familiar era delicada,
con los hijos fuera de la casa, y el marido de hospital en hospital, con
tratamiento farmacológico permanente. Ello le había derivado una depresión
persistente a Carmen, que estaba en tratamiento con su especialista, quien la
había recomendado que la mejor terapia era la vuelta al trabajo, a la rutina
diaria, salir al mundo exterior.
Puso en antecedentes al jefe
en el despacho., la hora y el momento, lo despistaron para no ofrecerle
una silla a la empleada, que hizo todo su relato de pie frente a su mesa.
La jefa de limpieza le había denegado los
días de vacaciones, para concederlos a las más veteranas, a pesar de
corresponderle por ley, y haberle dicho lo contrario días antes.
Carmen le había recordado su
situación médica a lo que la jefa le respondió colgando el teléfono, en un
abierto rechazo a sus alegatos.
Se decidió ponerlo en
conocimiento de su sindicato, pues creía que estaba en su derecho a las vacaciones,
un derecho básico de todo empleado, y la respuesta del sindicato la dejó impactada. “Carmen, total para lo que te queda de trabajo, acepta la propuesta
de la empresa”. No se lo podía creer. Pagaba la cuota sindical religiosamente,
pero cuando necesitaba la ayuda del sindicato no la tenía. Pensaba en su época
en Alemania, donde señalaba que estas cosas no pasaban.
El jefe no podía dar crédito a
la situación de la empleada. Sabía el desprestigio en el que habían caído los
sindicatos que se plegaban al lema liberal (dejar hacer-dejar pasar), pero
tenía delante un ejemplo de esa pasividad generalizada ante los problemas.
Mirar para otra parte era lo que estaba ocurriendo con Carmen.
Carmen empezó a sollozar, toda nerviosa, y quitándose las gafas, decía que no podía soportarlo más. El jefe
intentó tranquilizarla, dándole serenidad, y ofreciendo su ayuda.
Le indicó su derecho a las
vacaciones, que debería denunciar a la empresa por incumplimiento de los
derechos básicos ante los órganos judiciales, y en su defecto que se pusiera en
manos de su médico por si era la mejor comunicación con la empresa : un
parte de baja por depresión confirmada.
Le facilitó los teléfonos de
las secciones sindicales, para que si no le respondían que se lo dijese para
tomar las medidas que tocaran.
Las indicaciones fueron esos
consejos, denunciar a la empresa o bien que el médico iniciara el procedimiento
sobre la evidente depresión de Carmen.
Carmen salió más tranquila,
habían quedado en hablar el lunes con la sección sindical, y en su defecto
pedir la baja laboral por la depresión. La jefa de la empresa no se esperaba
esas gestiones de Carmen, pero la realidad en muchas ocasiones supera a la
ficción.
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