En las tardes de sobremesa, en el despacho de Xirivella, me refugio entre dos pantallas: la del libro de Lorenzo Silva, ya casi agotado, y la del portátil, donde la Bolsa parpadea como un electrocardiograma emocional. Unas tardes sufro, otras disfruto. La Bolsa es así: caprichosa, intensa, imprevisible. Sobre todo cuando hay tanto en juego. No debería llamarlo juego. Suena a ludopatía, a ruleta y a humo. Lo mío —me repito— es análisis: estudio previo, disección minuciosa de la acción, del negocio, de las curvas, de los impulsos, de las entradas y salidas. Aunque, al pensarlo bien, ese lenguaje ya empieza a traicionarme. Entrar. Salir. Esperar el momento justo. No es la Bolsa: es el subconsciente, que insiste en mezclar gráficos con piel. Observo cómo Laboratorios Rovi sube con descaro, como una amante joven que no pide explicaciones y solo promete vértigo. Me seduce sin palabras, sin reproches, con velas verdes que se alargan como caricias bien calculadas. Mientras tanto, Grupo S...
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