El hotel del fin del mundo
Estoy en mi habitación, un poco tenue a estas horas de la tarde. Me han dicho que hay un ascensor que me lleva directamente a tu dormitorio, pero ante el nerviosismo todavía no he podido encontrarlo, así que subo las escaleras y llamo a la puerta. Estoy ansioso por volver a escuchar tu voz, tus palabras lindas y melodiosas, poder ver tu figura que me atrapa y me envuelve en un mar de pasiones.
"No me digas lo que estás haciendo". Esas son las palabras proferidas sin pensar, un pensamiento amoroso, cuando el hombre se acerca y se pone de pie. La mujer rubia me mira con sus ojos atrevidos y rasgados, unos ojos negros como la noche. Ambos saben que están predestinados, y se inicia un juego en ese tanteo amoroso, como puros animales en la fase previa del arte amatorio.
Estaba en mi habitación, mi puerta permanecía abierta. Mis ojos también pegados a esa puerta, viéndola abrirse y cerrarse. No era la primera vez que la veía, así que no podía ser la última, pensaba. Ante la puerta de mi dormitorio estaba deseando que entrase y verla de nuevo aparecer y poder abrazarla, estrecharla entre mis brazos, aspirar su olor, su cuerpo entero ante mí, su perfume embriagador.
Estaba casi bloqueado. Eso significaba que tendría que esperar para verla de nuevo hasta que me avisara, darme acceso a su terreno. Pero no me importaba. Mis ojos estaban fijos en los de Ella. Si me besara, todo mi cuerpo temblaría, sería como si pudiera sentir la electricidad.
Unos minutos más tarde se abrió de repente la puerta a una habitación más grande, con una cama enorme y una ventana , tras las cortinas, que daba a la ciudad ruidosa y extraña.
Una mujer estaba allí, mirándola. Mis ojos se encontraron con los suyos, era unos ojos oscuros e intensos. Pude adivinar que era mi destino, Chile me llamaba, eran los Andes, la cordillera y sus nieves perpetuas, las islas de Chiloé, el desierto de Atacama, las playas del océano, los volcanes y los lagos. Era el fin del mundo, todo un sueño al alcance de la mano.
Los dos estábamos en trance. Mientras atravesábamos los pasillos de la mano, parecía que teníamos una opción, que resultó ser la misma para ambos.
Sentí el calor del sol en mi cara, me hizo temblar. Mis manos acariciaban su cara. Nos estábamos besando, nuestros labios se tocaban. Su mano estaba debajo de mi barbilla y acariciaba suavemente mis labios con sus dedos.l
No creo que mi mente pueda estar tan equivocada. Al día siguiente, unos días después, estábamos en mi habitación del hotel, sentados junto a mi mesa. Era mi turno de ordenar el equipaje desordenado por la pieza, imagen del volcán amoroso que desprendía nuestra relación.
Éramos los únicos clientes en la fila. Todos eran del norte, pero nosotros puros sureños de Puerto Montt, acostumbrados al frío glaciar, a los mares y a los barcos, a las llanuras y a la plena naturaleza.
No pude evitar sentir que podía verla a través de la neblina, con su toque especial. Era una sensación de estar en curso de colisión con otra persona, gente que no conocía, pero de la que quería estar cerca. Se sentía tan bien esa unión, esa rutina amorosa tan gratificante que daba sentido al despertar de cada día.

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