Desesperando a Godot


La chica de 18 años se llama Berta. No ha tenido suerte en los estudios. Un día Berta decide acoger a su novio en casa, un joven latino de su misma edad llamado Diego, pero su padre Carlos, se opone rotundamente a esta decisión. 

Por otro lado, la madre de Berta, María, tiene grandes esperanzas de que la convivencia entre la pareja funcione, por ello manifiesta su apoyo sin reservas al nuevo huésped. 

 La familia entera depende económicamente del subsidio del paro que recibe Carlos, lo que ha generado tensiones en el hogar al llegar una boca más a la mesa. 

Con el pasar de los días, ninguno de ellos trabaja ni estudia, y la presencia de una gata en casa añade un toque peculiar a la tensa situación.Hay serias dificultades para llegar a final de mes.

 Carlos está empezando a pensar que la vida que llevan es muy absurda y se siente incómodo con la presencia de Diego en su hogar. 

La situación empeora cuando de repente un día, durante una fuerte discusión con su hija, María supuestamente bipolar sin medicarse ni acudir a tratamiento, Berta decide abandonar, previo el portazo, la casa junto a su novio Diego. 

 Carlos no sabe donde han fallado, no sabe cual es la ruta adecuada, pues nada funciona. Está aturdido y confundido por la situación generada, y decide refugiarse en su habitación en compañía de la gata Indala, llegando a pensar que atraviesa un momento crítico.

La madre parece estar desorientada y perdida, mientras miembros ajenos al hogar intervienen para apoyar a Berta en su salida de casa, quien, siendo mayor de edad, decide no regresar a casa y nadie sabe dónde se encuentra.

 Esta situación surrealista y llena de tensiones familiares lleva a una serie de eventos inesperados y desconcertantes para todos los involucrados.

La mente de María era un torbellino, un remolino de emociones ahogadas por la pérdida de su hija Berta, que se escapó de casa dejando tras de si un rastro de vacío y desolación. A pesar de su dolor, tomó el volante junto a su esposo en un intento por huir de su propia realidad.

Su manejo tembloroso y el efecto de las pastillas que tomó para calmar los nervios la llevaron a una maniobra arriesgada. Acosada por la ansiedad, aceleró el auto para rebasar el autobús. En un instante la tragedia se apoderó del escenario. Un adolescente, ajeno al peligro que se cernía sobre él, emergió absorto en su móvil y fue arrollado por el vehículo de María.

La conmoción se apoderó de ella mientras el caos se desataba en la carretera. El joven yacía en el suelo, inmóvil, su figura inconsciente marcaba el inicio de una pesadilla para María. Las sirenas de emergencia se mezclaban con el grito desgarrador de su conciencia. La llegada de la policía no hizo más que agravar su crisis de ansiedad.

Las ofertas de ayuda parecían tenues destellos de esperanza en medio de su desesperación. Sin embargo, la crueldad del destino se manifestó cuando las autoridades reconocieron al herido y su familia. El mundo colapsaba a su alrededor, las lágrimas inundaban sus mejillas mientras intentaba recomponerse para enfrentar las consecuencias de su accidente.

La prueba de alcoholemia arrojó resultados negativos, pero el peso emocional sobre María era insoportable. El joven fue trasladado de urgencia al hospital, sumergiéndola aún más en un abismo de incertidumbre y remordimiento. Rezaba en silencio, rogando por la recuperación del niño, rogando por una redención que parecía esfumarse entre sus manos temblorosas.

Ahora, el dolor y la espera se extendían como una sombra sobre María. La angustia la aprisionaba mientras anhelaba desesperadamente que el niño sobreviviera y rezaba por su propia capacidad para encontrar alguna forma de volver a la normalidad en medio del caos que había desencadenado.

Berta no está, es lo que más le duele a María, ese hueco en su corazón ante un situación surrealista y desesperada. 

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