El cruce en la estación


 El mediodía del sábado en el apacible pueblo se teñía con la presencia de padres relajados en las terrazas, mientras los niños jugaban alegremente en los alrededores, añadiendo una banda sonora de risas al ambiente. Nosotros, un par de vecinos que habíamos quedado en la cafetería al borde de las vías del tren, nos sumergimos en conversaciones animadas, entre sorbos de café y rayos de sol acariciando nuestras mejillas.

Era la primera vez que quedábamos después de encontrarnos varias veces en el ascensor. Nunca bajábamos a las reuniones de escalera, creo que pensábamos lo mismo de esa asamblea vecinal. Siempre iba muy elegante y simpática, me decía Carlos a veces, habíamos sacado temas en común sobre viajes y coches, nuestra aficiones, por lo que ese día pusimos fecha y decidimos quedar a tomar algo y hablar más reposadamente.

Las vías del tren, testigos del trasiego diario, se convirtieron en el escenario de nuestra charla mientras saludábamos a otros vecinos que cruzaban nuestro camino. Sin embargo, mi compañero de mesa, Carlos Alberto, me comentó que desde siempre tenía esa manía inusual: su atención se desviaba a las mesas adyacentes, como si las conversaciones ajenas fueran melodías que lo atraían.

Entre sorbos de café y risas, Carlos solía acercar su oído a las mesas vecinas, mientras su mirada se desvanecía en un mundo aparte. Era un gesto tan íntimo como distraído, como si encontrara en las palabras de otros una música que lo transportara a mundos desconocidos.

Mientras observábamos el trasiego de gente junto a las vías y los trenes que pasaban, Carlos, en su habitual distracción parecía ensimismado en aquellos fragmentos de conversaciones ajenas. Fue entonces cuando su mirada se detuvo en una mujer de mediana edad, con camisa violeta, que de un salto descendió a las vías justo cuando el expreso de Madrid se acercaba. Con gafas y una bolsa de plástico en las manos, como si acabara de hacer una compra reciente, extendió sus brazos en cruz, tiró la bolsa, cerró los ojos y se entregó a un gesto enigmático.

Un estallido de voces saltaron en alarma. Lo inusual sucedió cuando Carlos, como poseído por ese mismo impulso, imitó su acción, cogiéndose la cabeza con una expresión de preocupación mientras tomaba mi mano, cerrando los ojos ante lo que se preveía "¡¡Cúbrete Alicia"!!. La escena se convirtió en un dueto de gestos desconcertantes que desafiaban la lógica.

El estruendo del tren resonó a lo lejos, pero la mujer parada en las vías y con sus brazos en cruz permaneció inmóvil. Hubo un pitido largo, un intento desesperado por parte del tren por advertir su llegada a gran velocidad, pero de nada sirvió.

Pronto el debate se apoderó del pueblo sobre los restos esparcidos de la mujer de violeta, con ese golpe seco, junto a los sonidos de la policía y ambulancia. La zona fue acordonada, y el tráfico de trenes suspendido, y la cita que inicialmente prometía otra cosa, tomó un rumbo imprevisto ante los eventos que alteraron la tranquilidad de aquel día.

La escena se desvaneció de repente, como si el propio tren hubiera borrado esa realidad onírica. Me costó retomar el sueño después de esta experiencia desconcertante, especialmente después de pensar en la compañía de Carlos que me repetía que era una mujer agradable , su elegante vecina, guapa, soltera y excelente comunicadora.

Desperté sudorosa y perpleja, con la imagen de la mujer grabada en mi mente, dejándome con un sentimiento de intriga inexplicable y un sabor a misterio flotando en el aire de mi habitación.

Se lo comenté días más tarde a Elías, mi psicólogo, respondiéndome: Alicia, se trata de una imagen ante el miedo a romper con algo, el tomar una decisión importante con consecuencias y el miedo al qué dirán. Realmente, me parecen meras palabras y nada dijo del guapo de Carlos, que es lo que yo ansiaba escuchar.

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