Fue


 Las nubes grises teñían el cielo, reflejando la nostalgia que habitaba en mi corazón. En esta ciudad distante, cada calle adoquinada me recordaba a ti. Recordaba cómo solíamos recorrer juntos estas mismas calles, riendo sin preocupaciones, soñando con un futuro que parecía eterno.

Ahora, en la quietud de este lugar, una sensación de pérdida se apodera de mí. Las risas y los secretos compartidos quedaron atrapados en el tiempo, como pájaros que una vez volaron libres y ahora reposan en jaulas de cristal, imposibles de alcanzar.

El teléfono se ha convertido en nuestro puente de comunicación, pero las palabras escritas no pueden abrazar como lo hacían nuestras conversaciones cara a cara. Los mensajes electrónicos se convirtieron en el eco distante de una amistad que parece desvanecerse lentamente en el olvido.

Observo fotos, recuerdos congelados en instantes felices, mientras la realidad se encarga de distanciarnos cada vez más. Ya no hay planes compartidos, ni la posibilidad de reír juntos hasta quedarnos sin aliento.

En esta distancia que nos separa, el tiempo se vuelve un enemigo silencioso. Cada día que pasa nos aleja más, transformando los encuentros futuros en meras ilusiones.

Y así, entre las sombras de esta ausencia, acepto con pesar que tal vez nunca más volveremos a encontrarnos. Nuestra amistad, una vez tan vibrante y cercana, se desvanece lentamente en el eco de lo que una vez fue.

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