Luces en la noche de la vida


 Un tranquilo vecindario, una casa acogedora; ahí era donde vivía Margarita, una anciana de 90 años. Viuda desde hacía más de dos décadas, pasaba sus días acompañada por la constante compañía de la televisión. Era su fiel confidente, en ese sofá y la manta que se había convertido en su refugio.

Sus días se tornaban entre las comidas rutinarias, desayunos y cenas solitarias, mientras sus frecuentes sueños en el sofá frente a la televisión eran una mezcla de murmullos incoherentes sobre bolsos, el Corte Inglés y la programación televisiva. Frases sin conexión aparente que podrían haber sido fragmentos de su colorida biografía, ahora difuminada  por los vaivenes del tiempo y de un incipiente Alzheimer.

Las luces de su hogar, día tras día, desafiaban a la noche, encendidas a las 5 de la noche, cuando se levantaba de la cama al sofá, mientras la anciana navegaba entre realidades y sueños en su constante vigilia, esperando la aurora que a menudo se confundía con el anhelo de los recuerdos perdidos.

En ocasiones, la puerta de casa quedaba entreabierta, un signo del baile entre su memoria y el mundo exterior. Creía oír el timbre, una ilusión que parecía susurrarle la presencia de alguien que ya no estaba.

Las mañanas comenzaban con una extensa sesión de pastillas, un ritual esencial para sostener el día y luchar contra los embates de la edad y la enfermedad. A pesar de las dificultades, su espíritu perseveraba aferrándose a esos fragmentos de luz que su memoria conservaba.

Ella tenía una particularidad, su resistencia a las visitas médicas y al dentista. Cualquier excusa era válida para evitar esas citas que, para ella, representaban una intrusión en su rutina tranquila.

Su oposición al dentista era legendario. Cada vez que se mencionaba la palabra, Margarita se encogía y esbozaba una mueca disimulada. "Los dientes están bien, ¡no necesitan un extraño metiendo herramientas en mi boca!", solía decir con firmeza, mientras trataba de desviar la conversación hacia otros temas.

Pero no sólo era el dentista. La idea de visitar al médico para chequeos regulares también la perturbaba. "Si no duele, ¿porqué ir?", solía argumentar. A pesar de las preocupaciones de sus familiares, las evasivas y excusas eran su especialidad cuando se trataba de citas médicas.

La misma tenacidad se manifestaba en su ritual diario de la ducha. Cada vez que se aproximaba la hora, Margarita encontraba mil tareas urgentes para posponer el momento del baño. "El agua está fría", "Van a transmitir un programa interesante por la tele", eran solo algunas de las excusas que empleaba para salvarse por un día de sumergirse bajo el chorro de la ducha.

Detrás de esta resistencia se escondía una historia más profunda, una mezcla de temores arraigados, hábitos conseguidos y una necesidad de mantener el control sobre su propia vida.

Margarita, la guardiana de sus sueños en su sofá, la dueña de luces en la noche de la vida, tejía su historia entre los hilos del olvido y la calidez de los recuerdos compartidos.

Y esos momentos especiales, en las comidas y cenas en conjunto, su familia, con amor y paciencia, pintaba pinceladas de felicidad en su vida, llenando esos espacios que la enfermedad intentaba borrar, ofreciéndole amor y calidez en cada gesto, haciendo que cada instante compartido se convirtiera en un oasis de alegría en su mundo.

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