Universidad Chile





Sentado en el sofá, me invaden los recuerdos de aquellos años dorados en la Universidad, donde tuve el privilegio de impartir clases de Derecho Constitucional a las jóvenes generaciones, a los profesionales del mañana.

Cada mañana, puntuales como el sol naciente, se presentaban en el aula con sus ordenadores, listos para absorber las palabras del veterano profesor. Algunos temas despertaban mayor interés que otros, y en esos casos, me extendía con más pasión, ponía más ejemplos, lo vivía con la intensidad que solo la experiencia y el amor por la materia pueden brindar.

Año tras año, encomendaba un trabajo extra, una oportunidad para que se adentraran en la realidad política, no solo de España, sino del mundo entero. Temas como el plebiscito constitucional y las elecciones presidenciales en Chile, o las elecciones en Estados Unidos y la situación política en Nicaragua, despertaban su curiosidad y les animaban a investigar, a formarse sus propias opiniones.

Mi objetivo era claro: trasladarles mi inquietud por los temas de actualidad, contagiarles mi pasión por el Derecho y convertirlos en ciudadanos informados y comprometidos con su entorno.

Recuerdo con especial cariño una ocasión en la que un alumno logró contactar con un dirigente de las nuevas generaciones políticas de Renovación Nacional en Chile. Grabó la entrevista y la incorporó a su trabajo, demostrando un nivel de iniciativa y compromiso que me llenó de orgullo. Así como la sesión on line con el presidente del Senado, entonces, D. Carlos Montes Cisternas, que acudió gentil a nuestra llamada, y se mostró sorprendido del nivel de conocimiento de la política chilena por parte del alumnado.

Las reuniones de tutorías también fueron momentos inolvidables. Resolver dudas, escuchar sus inquietudes, ver cómo su rostro se iluminaba al comprender un concepto complejo, era una recompensa inigualable.

Y la mayor satisfacción, sin duda, llegaba con los resultados finales. Ver cómo un elevado porcentaje del alumnado aprobaba la asignatura, cómo se abrían camino en el mundo profesional, era la confirmación de que mi labor había dejado huella.

Años y años en ese foro del saber, donde se forjan las mentes y los corazones de los futuros líderes. Hacer buenas personas para un futuro mejor, ese era mi lema, mi compromiso. Y ahora, al recordar aquellas vivencias, siento que mi corazón se llena de una profunda alegría y satisfacción.

Un legado que perdura

Sin duda, aquellos años en la Universidad fueron una etapa dorada en mi vida, una época de crecimiento personal y profesional que me ha marcado para siempre.

Más allá de impartir conocimientos, tuve la oportunidad de conectar con mis alumnos, de guiarlos en su camino hacia la madurez intelectual y cívica.

Hoy, al verlos convertidos en profesionales exitosos, en ciudadanos comprometidos con la sociedad, siento una inmensa satisfacción.

Sé que mi semilla ha germinado, que mi legado perdura en cada uno de ellos. Y eso, sin duda, es el mejor regalo que la vida me podía ofrecer.

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