La Felipa y su hermana
El aroma a pan recién hecho y la voz alegre de la Felipa me inundan mientras escribo estas líneas. Cierro los ojos y me transporto a mi infancia en Mula, un pueblo murciano lleno de encanto y recuerdos entrañables.
Nací un mágico día de Reyes Magos, el 6 de enero, en el seno de una familia tradicional, donde el abuelo ejercía como figura patriarcal, guiando a los suyos con la sabiduría de antaño. Mis primeros años los viví en una casa grande alquilada junto a mis abuelos, un lugar que, aunque no albergue muchos recuerdos, marcó mi infancia con dos accidentes domésticos que aún hoy puedo visualizar en la pierna y la muñeca.
Sin embargo, es en la casa de mis abuelos donde mis recuerdos cobran vida y se tiñen de colores vibrantes. La imagen del largo pasillo donde mi hermana y yo corríamos con alegría, la galería interior donde mi madre lavaba la ropa con dedicación y el hueco de la escalera donde jugábamos con mi prima Asunción son solo algunos de los tesoros que guarda mi memoria.
Recuerdo con cariño las noches que dormía en la cama de mis tíos solteros, arropado por su cariño y atención. Las cartas de mis padres, llenas de promesas de regreso y cromos de animales, eran mi faro de esperanza en esos días de ausencia.
Enfrente de nuestra casa vivía una familia numerosa, con doce hijos y una asistenta. El constante trasiego de personas y el bullicio de sus comidas y cenas eran parte del paisaje cotidiano. Entre ellos, Jacinto, José María y Belén, mis grandes amigos de infancia.
Pero si algo evoca con especial intensidad mi infancia en Mula es el "chusco de la Felipa". Cada mañana, mi abuela me acompañaba al mercado municipal, un lugar abierto y bullicioso donde el aroma a productos frescos se mezclaba con las voces de los vendedores. Allí, en el puesto de la Felipa y su hermana Pepa, me esperaba un manjar incomparable: un chusco, un pan recién hecho y esponjoso, coronado con un generoso trozo de jamón o atún con mayonesa, según mis preferencias del día. La Felipa, una vendedora parlanchina y llena de gracia, nos atendía con cariño, convirtiendo cada compra en una experiencia memorable.
Mientras saboreaba mi chusco de camino a la escuela, donde entonábamos el "Cara al sol" con fervor infantil, soñaba con el momento del recreo, cuando volvería a disfrutar del manjar preparado por la Felipa. Esos ratos en el patio, compartiendo con mis compañeros el sabor de la tradición y la alegría de la infancia, son tesoros que guardo con recelo en mi corazón.
La vida me llevó por otros caminos, separándome temporalmente de mis padres y hermana debido al trabajo de mi padre como camionero. Recuerdos borrosos de esa época me llegan a la mente, marcados por la soledad y la esperanza de volver a ver a mis seres queridos. Afortunadamente, la generosidad de mis abuelos y la atención de mi tío Antonio, director de la escuela donde estudiaba, me brindaron el calor y el apoyo que necesitaba durante esa etapa.
El tío Antonio, un hombre bonachón y regordete, siempre tenía una sonrisa y una palabra amable para mí. Su esposa, Juanita, aunque de carácter más serio, me acogía con cariño en su enorme casa después de la escuela. Allí, entre dibujos y conversaciones sobre la escuela, disfrutaba de la máquina de escribir del tío Antonio y de las chucherías que me compraba en el kiosco antes de despedirnos.
La vida tiene sus giros inesperados, y hoy, con el paso de los años, me encuentro ocupando el mismo lugar que alguna vez ocupó mi tío Antonio: la dirección de la escuela. Quizás sea cosa del destino, o quizás una señal de que la historia se repite.
Al recordar mi infancia en Mula, no puedo evitar sentir una profunda nostalgia y agradecimiento. Agradecimiento a mis abuelos por su amor incondicional, a mi tío Antonio por su bondad y a la Felipa por sus deliciosos chuscos, que marcaron para siempre mi paladar y mis recuerdos.
Son estas pequeñas historias, estas vivencias cotidianas, las que tejen la rica textura de la memoria. Son ellas las que nos permiten regresar al pasado, revivir momentos felices y redescubrir la esencia de quienes fuimos. Y es precisamente en ese viaje a la memoria donde reside la verdadera magia de la vida.
Mula, con sus calles empedradas, sus casas de adobe y su gente amable, fue el escenario de mis primeros años de vida. Un lugar donde la infancia se tejió con hilos de nostalgia, alegría y amor, creando un tapiz de recuerdos que aún hoy conservo con el corazón lleno de gratitud.

Comentarios
Publicar un comentario