En Blanco y Negro
Alberto nació el 6 de enero de 1963 en Mula, Murcia, en el seno de una familia humilde. Su padre era camionero y trabajaba para su abuelo, mientras que su madre se dedicaba a las labores del hogar. Junto a su hermana, Alberto pasó su infancia viajando por media España con el camión, recorriendo pantanos y diversos lugares del país. Estos viajes le dejaron muy buenos recuerdos de su niñez, tanto en su pueblo como en esos rincones de España que exploraban en familia.
La casa de los abuelos era el epicentro de su infancia, un lugar donde la vida se desplegaba en toda su plenitud. Siempre había gatos merodeando por la casa, a los que les preparaban un plato con leche y pan mojado. El comedor estaba dominado por la figura imponente de su abuelo, quien en sus últimos años se dedicaba a la agricultura. La casa tenía un huerto en la parte trasera, donde Alberto bajaba a veces con una escopeta de perdigones, y su abuelo con otra, a cazar pájaros. No eran muy buenos disparando, pero esos momentos juntos eran inolvidables. También tenía una pequeña azada para acompañarlo cuando le daban riego para su huerto.
La casa estaba situada en plena feria de fiestas en los meses de septiembre. Unas veces era la tómbola y otras unas atracciones de espectáculos, o los futbolines con las canciones del momento. Como las habitaciones daban a esa zona, hasta que cogías el sueño te sabías lo que decían de forma repetitiva en las atracciones. En verano, era común salir a la puerta a tomar el fresco y saludar a los vecinos que pasaban. Muy raras veces cenaban en la calle, tipo bocadillo, algo rápido. También recuerda cómo en Navidad se ponía la música de villancicos en el pueblo y se oía desde el terrao.
El comedor tenía cuatro puertas que llevaban a tres dormitorios y a la cocina. El salón comedor tenía una mecedora y un sofá de escay, junto a detalles de ganchillo, y una televisión que durante muchos años fue en blanco y negro. Los momentos memorables de esa dependencia eran en navidades, cuando se reunían todos en los días señalados. Eran las cenas de Nochebuena, Reyes y Año Nuevo cuando mataban al pavo, y en su caso, un cordero. Después de la cena, con las castañas de la lumbre, jugaban a las cartas viendo la tele hasta altas horas de la noche. Quizás los más pequeños cantaban villancicos o jugaban al parchís. Su abuela cocinaba muy bien, con comidas muy suculentas y mucho sabor. Para el santo de su abuelo, era tradicional comprar una tortada. También recuerda que el practicante venía a casa a ponerles las inyecciones.
No puede olvidar cuando iban al horno a llevar cosas: en Navidad era una tradición hacer muchos mantecados y tortas, hasta turrón del duro con almendra hacían en casa. Otros días llevaban la llanda con el asado de carne y patatas con piñones, que en ese horno salía estupendo. En la planta baja tenían la cochera donde cabían tres coches. Incluso recuerda el último camión de su abuelo, un Ford pequeño donde llevaba recados o pedidos a las huertas o pueblos de al lado. El camión hacía tanto ruido su motor, que durante el viaje Alberto tarareaba canciones, y en alguna ocasión su abuelo le preguntaba: “¿Qué dices?”. También había un patio anexo, el patio grande, donde estaba el perro y las gallinas, a veces el pavo de Navidad, y que daba acceso al huerto. El patio pequeño servía para que su abuelo tuviera el vino y los melones colgados del techo, junto a los jamones y cerveza. Había un pequeño despacho, lleno de muchos papeles viejos, donde guardaba sus puros, y muy raras veces se reunían los hombres de la casa para hablar de cosas de trabajo.
En la parte alta estaba la cámara, donde subían por una estrecha escalera por encima de la despensa. La cámara tenía dos dependencias para las palomas, una de las aficiones de su abuelo. En la sala grande había muchos trastos, como estufas rotas, percheros, sartenes para hacer gachas, sillones rotos, lonas y muchas botellas vacías, donde envasaban tomate casero. También estaban las panderetas y mucho polvo. Allí se extendían los frutos de temporada como las almendras y otros. También había jaulas vacías; a su abuelo le gustaban los pájaros, aunque a los otros los mataba con la escopeta en el huerto. El baño era muy básico, con su calentador de gas. En el terrao tenían una parra, que muy de vez en cuando daba uva.
Esa era la casa familiar de su infancia, con recuerdos como cuando su abuelo le encargó ponerle la rodilla al pavo para degollarlo en Navidad, y con la fuerza del animal se le soltó y fue con el cuello colgando por el terrao. O cuando se metieron dos monedas de plata que le regalaron por el hueco del sofá de escay, y por miedo a lo que le dijeran estuvo años sin decir dónde estaban. Su abuelo, de vez en cuando, se fumaba un puro y se bebía un whisky, el Caballo Blanco, White Horse.
Ahora, mientras Alberto se acerca a una prejubilación, reflexiona sobre esos días con una mezcla de nostalgia y gratitud. Cada rincón de aquella casa, cada aroma y sonido, están grabados en su memoria como un tesoro invaluable. La vida ha seguido su curso, llevándolo por caminos inesperados y llenos de desafíos, pero siempre lleva consigo el eco de las risas y las voces de aquellos días felices. En su corazón, la casa de los abuelos sigue siendo un refugio de amor y simplicidad, un lugar al que siempre puede regresar en sus recuerdos.
Al recordar esos momentos, Alberto siente una profunda añoranza. Las imágenes de su abuelo fumando un puro y bebiendo whisky, las risas de los niños jugando al parchís, y el aroma de los mantecados recién horneados llenan su mente. Esos recuerdos son como un bálsamo para su alma, un recordatorio de tiempos más simples y felices. Aunque la vida ha cambiado y la casa ya no es la misma, en su corazón siempre habrá un rincón especial para esos días dorados de su infancia.

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