El Viaje de Cada Día
Cada lunes, miércoles y viernes, a las siete de la mañana, me preparo para llevar a mi padre, Don Manuel, a sus sesiones de diálisis. A sus casi 90 años, sus riñones ya no funcionan, y esas largas horas conectadas a la máquina que le limpia la sangre se han convertido en parte de nuestra rutina. Aunque le ofrecen la opción de ir en ambulancia, él prefiere que lo lleve yo. Disfruta de nuestra compañía y de las conversaciones que tenemos en el camino, le ayudo a subir y bajar del auto, le abrigo con su chaquetón, y le calmo ante sus quejas por el dolor.
Al llegar al centro de diálisis, en pleno polígono industrial, nos encontramos con un microcosmos de vidas y rutinas. La mayoría de los pacientes tienen alrededor de 70 años, pero hay una joven, Laura, de apenas 28, que siempre lleva consigo un libro. También me sorprendió ver a tres presos, custodiados por agentes de la Guardia Civil. Llegan en el auto policial, esposados, y se sientan en silencio, bajo la atenta mirada de los guardias, aunque con el tiempo se van soltando y cogiendo confianza. Las ambulancias están aparcadas en la puerta, para hacer las rutas convenidas. Sus conductoras, muy jóvenes, van cambiando frecuentemente. Cada vez son más los transportes que realizan a los pueblos limítrofes, ayudan con los enfermos en silla de ruedas y en el resto del centro médico.
Las enfermeras se distribuyen por las tres salas que hay, todas ellas jóvenes, no superan los 35 años. Muy animadas, con lenguaje motivador para los pacientes, y buena gestión en las camas , y limpieza del local, así como de las atenciones profesionales, en el peso diario o en las vendas que les ponen.
Mi padre, a pesar de las galletas que le ofrecen, nunca come nada durante las sesiones. Prefiere dormir, no presta atención a la televisión que tiene delante. Las sesiones son largas, y los pacientes están en camas individuales. Algunos más jóvenes llevan revistas, tablets o auriculares para pasar el tiempo, pero mi padre encuentra consuelo en el sueño, máxime con lo sordo que está.
El personal médico se rota, pero su atención deja mucho que desear. A menudo entro a preguntar por cosas que nos piden en el hospital, pero siempre parecen despistados. Les he dicho varias veces que no envíen ambulancias a casa, pero siguen viniendo, ignorando nuestras indicaciones. La organización en este centro privado concertado es pésima.
Los médicos, en su mayoría generalistas, no parecen prestar mucha atención. Les pido que revisen algunas cosas, pero mi padre me dice que no le han hecho nada. Mi frustración crece con cada visita. La doctora que está los sábados, la doctora García, siempre parece más interesada en su teléfono que en los pacientes. Cuando entro a su despacho, me sonríe y asiente a todo, pero luego no cumple nada de lo que promete. Se ocupa de ver ropa de moda en el smarophone. Su otro compañero va más allá, y con la puerta entornada se aprecia que sigue por internet una serie de intriga. En ocasiones, cuando pido los informes de mi padre, me pasan los de otro paciente, y yo lamento haberles distraído de las imágenes de moda o del capítulo de la serie policial.
Mientras tanto, los otros pacientes comparten sus historias. Don José, que trabajó en Chile y en Vandellós, siempre tiene anécdotas interesantes. Otros hablan del largo camino que recorren en ambulancia, algunos desde más de 60 kilómetros, para pasar más de cuatro horas conectados. Doña Amparo viuda que evoca su vida con su marido y lo bien que salieron adelante a pesar de no saber ella leer ni escribir, pero se le daba muy bien lo del dinero. Narra la casa tan linda que le dejó su Vicente, con todo tipo de detalles. Los sábados, los jóvenes empleados, cada vez más atentos, suelen dejarlos salir antes, y eso siempre se nota en el ambiente. Ese día es cuando acuden más familiares a acompañar a los enfermos.
Las sesiones de diálisis dejan algo débiles a los pacientes. El otro día al ir a recoger a mi padre, sentado y con la mascarilla, se me acerca Paco, un paciente y me dice ¿qué haces tú aquí?, yo le respondí que esperaba la salida de mi padre. Entonces él recapacitó y dijo disculpa me he confundido, yo no le di importancia, Cuando salíamos con mi padre volvió a pedir perdón. Ello es fruto de la máquina, que a veces es muy intensa y les afecta bastante. Este señor, comentaban al día siguiente que se lo había llevado la ambulancia al hospital, porque parece que se puso bastante mal. Hay diferencia antes de entrar a la sesión que están más comunicativos, y tras la sesión que están agotados, sin ganas de hablar, y deseando irse a casa.
Solo en una ocasión sonó una sirena de alarma porque una paciente había perdido el conocimiento, y observé como el doctor salió corriendo por el pasillo para atender la emergencia.
Los temas de actualidad también se discuten. Los pacientes de Paiporta hablan de la DANA y de cómo, finalmente, uno de los supermercados del pueblo ha reabierto. Hay una señora latina, María, que nunca participa en las conversaciones. Dos o tres pacientes vienen en silla de ruedas, y algunos tienen movilidad limitada.
A pesar de las dificultades, algo hermoso surgió de estas experiencias compartidas. Los pacientes comenzaron a formar un lazo de compañerismo y apoyo mutuo. Don Manuel, con su sabiduría y calma, se convirtió en una figura paterna para muchos. Laura, con su juventud y energía, trajo un soplo de aire fresco y esperanza. Incluso los presos, bajo la vigilancia de los agentes, encontraron en este grupo un espacio de humanidad y comprensión.
Las conversaciones se volvieron más profundas y significativas. Se compartían no solo historias de vida, sino también sueños y esperanzas. Los pacientes se apoyaban mutuamente, celebrando pequeñas victorias y ofreciendo consuelo en los momentos difíciles. El ambiente se transformó en uno de confianza y bienestar, donde cada uno encontraba fuerza en el otro.
Durante dos semanas, la DANA inundó la nave del polígono industrial donde se encuentra el centro de diálisis, derribando el vallado perimetral. Esto obligó a trasladar a los pacientes a otro centro, lo que resultó en horarios excesivamente nocturnos para los enfermos. Fue un periodo especialmente difícil, pero finalmente pudimos regresar a nuestro centro habitual.
El médico, el doctor Pérez, pasa sin decir nada, con sus gafas , bata blanca y su característica frialdad. Suele agachar la cabeza para no saludar por el pasillo Ha estado durante una parte de su horario viendo una serie de Youtube en su despacho, con la puerta entornada, para que nadie le moleste. Su presencia es casi fantasmagórica. Este pequeño universo de experiencias y rutinas cotidianas es un reflejo de la vida misma, con sus altibajos, sus momentos de esperanza y sus inevitables decepciones. Todos ellos forman un gran equipo. El paso del tiempo en este caso es una victoria muy importante para todos ellos.
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