Luna llena en Zafra
Encarna, la madre de Fabiana, era una mujer de gran elegancia y buen gusto. Su esposo, Cristóbal, un próspero terrateniente, la colmaba de joyas cada vez que las cosechas de almendros y olivos eran especialmente fructíferas. Estas joyas no solo eran un símbolo de su amor y aprecio, sino también una inversión en tiempos de bonanza.
Las joyas que recibía eran piezas únicas y refinadas, seleccionadas cuidadosamente por los mejores joyeros de Zafra y Badajoz. Entre sus tesoros más preciados se encontraban collares de perlas y diamantes, anillos de esmeraldas y rubíes, pendientes de zafiros y brazaletes de oro y plata. Cada pieza era una obra de arte, reflejando la habilidad y el talento de los joyeros locales. El amor hacia su mujer se lo manifestaba entre otros medios, con esas joyas , de las que ella estaba plenamente satisfecha.
Encarna lucía estas joyas en las fiestas del pueblo y en las celebraciones familiares, donde siempre era el centro de atención. Su presencia, adornada con estas piezas exquisitas, añadía un toque de glamour y sofisticación a cualquier evento. Las joyas no solo eran un símbolo de su estatus y riqueza, sino también de la prosperidad y el éxito de la familia.
Con el tiempo, estas joyas se convirtieron en parte del patrimonio familiar, transmitiéndose a Fabiana. Aunque la hija no tenía la misma suerte en el amor que su madre, las joyas de Encarna le recordaban la fortaleza y la elegancia de su madre, así como la prosperidad que su familia había logrado a lo largo de los años..jpeg)
Fabiana, tras el fallecimiento de sus padres, seguía viviendo en la majestuosa casa solariega rodeada de extensos olivares en Zafra, una propiedad heredada de sus padres, conocidos terratenientes de la región. La casa, de estilo colonial, tenía amplios salones con techos altos y grandes ventanales que dejaban entrar la luz del sol, iluminando los muebles antiguos y las alfombras persas que adornaban el suelo. En el exterior, un jardín bien cuidado con fuentes y estatuas de mármol ofrecía un lugar de paz y reflexión.
Sus padres también amasaron en vida una importante patrimonio que le generaban rentas elevadas, desde los pisos y terrenos agrícolas a inversiones financieras en fondos, bonos y acciones en el mercado mundial.
A pesar de su riqueza, Fabiana, tuvo algunos pretendientes, pero no fueron del agrado de la familia, pues pensaban que eran romances interesados. Ella sufría de una salud frágil que requería atención médica constante. Los doctores no lograban identificar la causa de sus recaídas, lo que la obligaba a trasladarse frecuentemente a Badajoz para recibir tratamiento en el hospital. Su vida, aunque solitaria, estaba llena de responsabilidades y tradiciones que mantenía con dedicación. Sabía gestionar sus negocios y su patrimonio correctamente.
Fabiana contaba con la ayuda de Xiomara, una empleada residente originaria de Cuzco, Perú. Era una mujer trabajadora y fiel, que acompañaba a Fabiana a misa todos los domingos y en las fiestas de guardar. Su presencia en la casa era fundamental, no solo por su trabajo, sino también por el apoyo emocional que brindaba a Fabiana. Xiomara, con su intuición heredada de sus antecesores brujos, percibía un malestar en torno a su señora, aunque no tenía pruebas concretas, solo indicios.
Desde su llegada a Zafra, Xiomara ha encontrado en Fabiana no solo una empleadora, sino también una amiga y una figura a la que proteger. Su intuición, heredada de sus antecesores brujos, le permite percibir cosas que otros no ven, y esto la hace sentir una responsabilidad especial hacia Fabiana. Cada domingo, cuando acompaña a la señora a misa, Xiomara siente que está cumpliendo con un deber sagrado, no solo hacia su señora, sino también hacia las tradiciones y valores que le fueron inculcados desde niña.
A pesar de la distancia con su familia en Perú, Xiomara ha creado un sentido de pertenencia en la casa de Fabiana. La finca, con sus olivares y almendros, le recuerda a las tierras fértiles de su Cuzco natal, y esto le brinda un consuelo y una conexión con sus raíces. Sin embargo, también siente una constante preocupación por sus familiares en su país. Todos los sábados por la tarde acude al locutorio, unas veces para enviar dinero y otras para estar más cerca de Cuzco; casi siempre la conversación acaba vertiendo lágrimas de no poder estar más cerca, pero confía en que pronto hará ese viaje para abrazarles.
Luisito, el chófer particular de Fabiana, era un joven discreto y leal, cualidades que le había inculcado su padre, Don Ramón. Luisito la llevaba a sus fincas, bancos y otros lugares, siempre siguiendo el lema de "ver, oír y callar". Aunque su papel podía parecer secundario, su presencia constante le brindaba a Fabiana una sensación de seguridad y apoyo. Nunca fue bueno en los estudios, lo que dió pie para que su padre pensara en su futuro laboral desde que abandonó la enseñanza obligatoria.
En la comarca pacense, era común que las joyas de los difuntos se enterraran con ellos, una tradición que Fabiana respetaba. Su familia tenía un panteón en el cementerio del pueblo, reservado hacía más de 80 años, donde descansaban sus padres. Lo que Fabiana no sabía era que esta tradición había atraído la atención de una red europea de ladrones de tumbas, de la cual Peter K era miembro.
Peter K, un escocés de 45 años nacido en las tierras altas de Inverness, era un hombre sin familia que había recorrido gran parte de Europa. Le gustaba el buen vestir y comer, y se alojaba en hoteles dignos de su condición de empresario. En Inverness, no tuvo estudios universitarios y comenzó a trabajar en la hostelería, llegando a ser conductor de la empresa de autobuses local. Su instinto de negocio lo llevó a varias aventuras que lo pusieron en problemas con la justicia, aunque logró evitar la prisión. Esto le dio la confianza para seguir adelante con negocios de alta rentabilidad y mucho trabajo.
Peter había sido abandonado por su padre cuando era pequeño y no sabía nada de él. Esta experiencia lo había marcado profundamente, pero también lo había impulsado a buscar su propio camino en la vida, siempre con un ojo puesto en nuevas oportunidades de negocio. Su última aventura lo había llevado a Amberes, famosa por su comercio de diamantes, donde se conectó con una red de ladrones de tumbas que se especializaban en robar joyas enterradas con los difuntos.
En una de sus visitas a Zafra, Peter se enteró de la tradición local de enterrar a los difuntos con sus joyas. Vio una oportunidad y comenzó a investigar a Fabiana, sabiendo que su familia tenía un panteón antiguo y probablemente lleno de valiosas reliquias. Peter se acercó a Luisito, tanteándolo para obtener información sobre los movimientos de Fabiana y el acceso al panteón familiar. Luisito, aunque leal a Fabiana, se sintió tentado por la oferta de Peter, pero decidió no actuar de inmediato.
Mientras tanto, Xiomara, con su intuición aguda, comenzó a notar el comportamiento extraño de Luisito y la presencia de Peter en el pueblo. Aunque no tenía pruebas concretas, sus sospechas crecieron, y decidió mantenerse alerta para proteger a su señora.
La comunicación con los pocos familiares que le quedaban a Fabiana en Rosario, Argentina, era complicada, lo que la dejaba aún más aislada y vulnerable. Sin embargo, la lealtad de Xiomara y la discreción de Luisito serían cruciales para descubrir la amenaza que se cernía sobre ella.
Una noche de luna llena, bajo las sospechas de Luisito, quien había compartido sus inquietudes con su padre Don Ramón, decidieron seguir a Peter. Lo vieron reunirse con un delincuente común de Róterdam, conocido policialmente por sus habilidades para el robo y la profanación de tumbas. Ambos hombres se dirigieron al cementerio, llevando consigo herramientas para romper las tumbas.
Luisito y Don Ramón, ocultos en las sombras, observaron cómo Peter y su cómplice saltaban la valla del cementerio y se dirigían directamente al panteón de la familia de Fabiana. Con las herramientas en mano, comenzaron a intentar abrir las tumbas. En ese momento, Luisito y Don Ramón, junto con la policía local, intervinieron, atrapando a Peter y su cómplice en el acto.
La intervención oportuna de Luisito y Don Ramón no solo salvó las tumbas de la familia de Fabiana, sino que también desmanteló una red de ladrones de tumbas que había estado operando en la región. Fabiana, aunque conmocionada por los eventos, se sintió profundamente agradecida por la lealtad y el coraje de sus empleados, quienes habían protegido su legado y su seguridad.
Las consecuencias para Peter fueron severas. Fue arrestado por la policía y condenado por sentencia judicial a varios años de prisión por intento de robo, profanación de tumbas y asociación ilícita. Su reputación quedó destruida y sus conexiones en el mundo de los negocios se desvanecieron. Durante su tiempo en prisión, Peter tuvo mucho tiempo para reflexionar sobre sus acciones y las decisiones que lo llevaron a ese punto, buscando formas de redimirse, aunque también tuvo tentaciones con otros reclusos para reiniciar otros negocios y actividades muy turbias.
Para Fabiana, el incidente fue un recordatorio de la fragilidad de su seguridad y la importancia de la lealtad de quienes la rodeaban. La valentía de Luisito y la intuición de Xiomara reforzaron su confianza en ellos, y la experiencia fortaleció sus lazos de vinculación. Fabiana tomó medidas adicionales para proteger su patrimonio y asegurar que su legado estuviera a salvo de futuras amenazas.
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