1970 : imágenes bloqueadas.
En los verdes valles de Navarra, entre los pintorescos pueblos de Roncal y Puente La Reina, y la majestuosa Foz de Lumbier, se desarrollaba una historia marcada por la tragedia Iker, Un niño de ocho años , cuando las tareas educativas se lo permitían acompañaba a su padre en la construcción de la presa de Itoiz. Era un niño feliz, curioso y observador, con una imaginación desbordante y una gran admiración por su padre. Le encantaba acompañarle y pasar tiempo en la obra, viendo cómo los trabajadores levantaban estructuras gigantescas y transformaban el paisaje. Su madre les preparaba los bocadillos envueltos en papel de periódico, y un par de plátanos , para el almuerzo. Este transcurría junto a los otros compañeros de la obra en un corro, comentando cosas cotidianas sin más recorrido. O bien hablaban de los camiones, de los coches recién aparecidos en el mercado, los consumos de combustible, o del propio tiempo que hacía..jpeg)
Un día, su padre, un hombre trabajador y dedicado, le pidió que se acercara a un desguace vecino para recoger unas herramientas, que necesitaría al terminar la jornada.
—Iker, ahí al lado está el auto del señor Fernández, por si quieres verlo —le dijo su padre, instando su interés.
El chaval, siempre dispuesto a ayudar y curioso por naturaleza, se dirigió al desguace caminando. Allí, entre montones de chatarra, encontró el Seat 850 que había sido protagonista del trágico accidente en un paso a nivel sin guardabarreras. El coche, destrozado y oxidado, aún conservaba restos de sangre en su interior. El chaval conocía bien la historia: el señor Fernández, un encargado de la obra y amigo de su padre, había perdido la vida cuando su coche se detuvo en las vías del tren. Creyó que tendría tiempo de arrancarlo y salir, pero el tren lo arrolló sin piedad. Era un paso a nivel sin barreras, y justo después de comer cuando ocurrieron los hechos fatídicos.
Mientras observaba el coche, Iker no podía evitar hacerse preguntas. ¿Por qué no salió corriendo? ¿Por qué no valoró su vida? ¿Por qué no pensó en su mujer y sus cuatro hijos, con otro en camino? Recordaba a ese hombre bonachón, amable y educado que le había regalado pequeños obsequios para su primera comunión. La familia del señor Fernández, originaria de Tabernas, en Almería, había sido acogida por la empresa constructora tras el desastre. La viuda, con una fortaleza admirable, había criado a sus hijos sola, asegurándose de que todos tuvieran estudios universitarios. Nunca volvieron a Tabernas; se instalaron en Villaba y supieron rehacer sus vidas.
Iker, con su mente joven y llena de imaginación, se sumergía en pensamientos profundos. Recordaba las conversaciones que había tenido con el señor Fernández, un hombre que siempre tenía una sonrisa y una palabra amable. Se preguntaba cómo alguien tan bueno y generoso podía haber tenido un final tan trágico. Las dudas persistían en la mente del muchacho. ¿Fue realmente un accidente? ¿O fue un suicidio motivado por una infidelidad? ¿Quizás el señor Fernández iba alcoholizado tras la comida? Estas preguntas sin respuesta añadían una capa de misterio y dolor a la tragedia.
Le llamaba la atención al muchacho que, tras la jornada laboral, su padre y otros de la obra se iban a un bar cercano para tomar unas cervezas. Mientras tanto, él pedía una Pepsi de las que estaban de promoción con regalos, y que sabía de maravilla tras un día con su padre a pleno sol. Recordaba cómo se jugaban el aperitivo a los chinos en la barra del bar, una muestra del buen compañerismo reinante entre los trabajadores.
El bar, conocido como "El Rincón ", era un lugar acogedor y bullicioso, sus paredes estaban decoradas con fotos antiguas de la región y herramientas de construcción colgadas como adornos, también de jugadores de fútbol y sus equipos al completo. Los clientes habituales eran en su mayoría trabajadores de la obra, hombres rudos pero de buen corazón, que encontraban en ese lugar un refugio tras las largas jornadas bajo el sol. El dueño del bar, Don Manuel, era un hombre corpulento y jovial, siempre dispuesto a servir una ronda más y a compartir una risa con sus clientes. Llevaba muchos años en el negocio y lo sabía llevar perfectamente.
En algunas ocasiones, cuando iba a la obra con su padre, Iker observaba las manadas de buitres en el cielo. Estos majestuosos pájaros tenían su base en la Foz de Lumbier, aunque también revoloteaban en las inmediaciones del Monasterio de Leyre. Al chaval no le daba miedo verlos; sabía que no le iban a atacar. Para él, los buitres eran una parte más del paisaje, una presencia constante que añadía un toque de misterio a sus días.
El padre de Iker llevaba un camión en la obra, haciendo muchos viajes durante el día en la presa. Siempre el mismo recorrido transportando áridos en el volquete, un trabajo bastante monótono y sucio, por la cantidad de polvo y ruido que se padecía. El hijo había observado con el tiempo que la sordera que padecía su padre era producto de la nula insonorización del motor del Pegaso 3060 que su padre compró en Barcelona, de segunda mano, y que financió pagando 48 letras al concesionario. Contento y feliz, se presentó una noche en la plaza de Villaba a las 23 horas conduciendo el camión que traía de Barcelona, y que le duraría casi toda su vida laboral.
Ese día, Iker no pudo contener sus pensamientos y decidió trasladar sus dudas a su padre.
—Papá, ¿por qué crees que el señor Fernández no salió del coche cuando vio venir el tren? —preguntó Iker, con los ojos llenos de curiosidad y preocupación.
Su padre, sorprendido por la pregunta, se agachó para estar a la altura de su hijo y le respondió con suavidad.
—Hijo, a veces las cosas suceden tan rápido que no tenemos tiempo de reaccionar. El señor Fernández era un buen hombre, y estoy seguro de que hizo todo lo posible por salir del coche. Pero a veces, la vida nos pone en situaciones muy difíciles.
—¿Crees que fue un accidente, papá? —insistió Iker, buscando respuestas.
—Sí, Iker, creo que fue un accidente. Pero también es normal que te hagas preguntas. Es una forma de intentar entender lo que pasó. Lo importante es recordar al señor Fernández por la persona que era y por las cosas buenas que hizo. Esa es la imagen que tendremos de él.
El niño asintió, aunque las dudas seguían en su mente. A medida que crecía, estas preguntas seguían presentes, moldeando su visión del mundo y su comprensión de la fragilidad de la vida. La fortaleza de la viuda y el éxito de sus hijos eran un testimonio de la fuerza humana, pero el recuerdo del accidente y las preguntas sin respuesta seguían presentes, como una sombra que nunca desaparecía del todo. Iker aprendió a valorar cada momento y a apreciar la importancia de las decisiones que tomamos, sabiendo que cada una puede tener consecuencias profundas y duraderas. ¿porqué no abandonó el coche al ver acercarse el tren? ,¿No escuchó llegar al tren? .¿Era tanto su apego a la empresa que no permitía la pérdida del vehículo? . Muchas preguntas que no lograba despejar, aunque la versión oficial de la empresa fue la del accidente, al cruzar por un paso a nivel sin barreras, con la mala fortuna de pararse el 850 en las vías del ferrocarril. Un lugar fatídico que marcaría al resto de compañeros para prestar más atención a ese cruce. La afición del Sr. Fernández a comer bien y beber aún mejor, parece que tuvo una influencia decisiva en el siniestro, en línea con la versión oficial.
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