Agosto sin reservas

 Agosto sin reservas

Sebastián se había prejubilado en marzo. Lo hizo con la falsa ilusión de tener más tiempo para él, para sus cosas, para hacer por fin lo que nunca había podido. Pero apenas dos semanas después, su padre empezó a caerse. Primero una vez. Luego dos. Luego ya no se levantaba solo.

Ahora, en pleno julio, Sebastián vive con él. Le da la medicación, lo asea, le ayuda a comer, lo cambia, lo vigila por la noche. Lo quiere, claro que lo quiere, pero está agotado. Porque cuidar a alguien es también una forma de cansancio que no se ve, pero pesa.

A veces, mientras le pasa la crema en las piernas o le coloca las almohadas, piensa en aquellos agostos de hace años. Cuando eran cuatro. Cuando cogían el avión rumbo a Berlín, a Venecia, a Estocolmo, a Ámsterdam, a la Riviera Maya, a Colombia. Cuando la vida era otra cosa. Solían salir el día 3 o 4, y al volver tenían fotos, risas y el correo lleno de ofertas que ya no necesitaban. Entonces los niños eran pequeños. Iban todos juntos. Ahora los niños han crecido. Tienen sus parejas. Sus agendas. Sus vidas.

Este año, si acaso, Sebastián se escapará tres días a Motril. A tomarse un arroz mirando al mar. A mojarse los pies en la arena. Como mucho, a meterse hasta la rodilla. No necesita más. Tres días para no oír el bip del tensiómetro, para dormir sin el oído alerta. Tres días para desconectar.

La vida es esto también. No siempre hay billetes de avión ni álbumes nuevos en el móvil. A veces hay camas articuladas, pañales, olor a farmacia. A veces toca estar. Y punto.

Sebastián lo sabe. No se queja. Solo piensa, de vez en cuando, en aquel paseo en góndola. En los tacos de camarón en Cartagena. En la bici alquilada junto a los canales. Son contrastes, dice. De eso va vivir: de pasar por todo. Lo importante, se repite, es asumir. Asumir lo que toca. Sin dramatismos. Con dignidad. Con los pies en la tierra. Aunque este agosto solo se los moje en la orilla.

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