Lo que duró una semana (Sonia)



Nunca pensé que aquel verano acabaría regresando a mí tantos años después. Yo, Sonia, vivía entonces en Getxo, en un piso pequeño lleno de fotografías y recuerdos que había ido acumulando sin darme cuenta. Trabajaba, salía con mis amigas, y la vida tenía ese ritmo cómodo de lo que parece estable, de aquello que no creemos que vaya a cambiar. Hasta que cambió.

Aquella noche salimos por Deusto, como tantas otras. Los bares estaban llenos, hacía calor, y caminábamos riendo, sin prisa, sin un destino claro. En uno de aquellos locales —creo que era el Zoroak— me lo presentaron. Venía con su primo. Recuerdo haber pensado que tenía una sonrisa tranquila, de esas que no invaden, que no reclaman nada. Hablamos poco al principio, apenas unas frases, pero suficientes para dejar una sensación leve, como un hilo que empieza a tirar de otro hilo sin hacer ruido.

—¿Eres de aquí? —me preguntó en un momento dado.

—Sí… de Getxo. Bueno, de muchas partes, pero ahora de Getxo —respondí, sonriendo sin saber muy bien por qué.

La noche avanzó: San Ignacio, más conversaciones, más risas, ese ir de un sitio a otro que siempre acaba llevando a lugares inesperados. Terminamos todos en La Tortilla y, cuando ya clareaba, alguien propuso ver amanecer en Las Arenas. Una de esas ideas absurdas y hermosas que solo se aceptan en verano.

En la playa, con el aire aún frío, nos sentamos en la arena húmeda. Yo no buscaba nada, pero a veces basta con no buscar para que algo ocurra. Había en él una mezcla de timidez y determinación que me resultó extrañamente familiar. Cuando propuse ir a mi casa no lo pensé demasiado; solo sentí el deseo de que aquel momento no se agotara tan pronto.

En el ascensor nos quedamos solos. No sabría decir quién se acercó primero. Fue un beso breve, torpe por el cansancio, pero cargado de algo que entonces no supe nombrar.

—No sé muy bien qué estamos haciendo —dije, entre risas suaves.

—Yo tampoco… pero tampoco quiero que paremos —respondió.

Y el resto sucedió con la naturalidad de lo que parece inevitable.

Mi hermano apareció medio dormido, protestó sin demasiada convicción y lo mandé de vuelta a su cuarto.

En mi habitación puse el disco doble de Aute, 40 poemas de amor. Siempre había sido para mí una especie de refugio, un lugar seguro donde todo encontraba su ritmo. Quizá por eso la intimidad de aquella mañana fue tan serena, tan limpia. Hubo deseo, sí, pero también una calma poco frecuente, una sensación de estar exactamente donde debía estar.

Esa semana se convirtió en nuestra semana. Paseamos por Bilbao, le enseñé rincones, bares, plazas. Caminábamos mucho, sin planearlo. Él hablaba del curso de Santander, de política, de derecho, de cosas que a veces me quedaban grandes, pero lo hacía con una pasión que resultaba contagiosa. Yo me limitaba a escuchar, y eso me bastaba.

Una tarde, cerca del Arriaga, me miró con esa seriedad tan suya y dijo:

—No quiero que te hagas ideas raras. Yo… en unos días me voy.

—Lo sé —respondí—. Y está bien así. A veces lo único importante es estar, mientras dure.

En esos días me di cuenta de que su forma de mirar era distinta. Observaba todo como si quisiera guardarlo para siempre: las calles, los edificios, mis gestos más pequeños. A veces me asustaba la intensidad con la que parecía vivirlo todo.

Sabía que se marcharía. Nunca lo ocultó, y yo tampoco quise convertirlo en una despedida anticipada. Cada día compartido era un regalo que no se repetiría. No hubo promesas, y quizá por eso lo recuerdo con tanto cariño. Las historias breves, cuando son sinceras, no compiten con nada: simplemente se quedan.

El último día, cuando se fue, supe que no volvería a verlo. No porque algo hubiera fallado, sino porque así estaba escrito desde el principio. Me quedé en la puerta, escuchando cómo se cerraba el ascensor, sintiendo un vacío pequeño, muy parecido a la gratitud.

A veces, cuando vuelve a sonar aquella canción de Aute, me veo de nuevo en la playa al amanecer, o en mi habitación con la ventana abierta, pensando que pocas veces en mi vida he vivido una semana tan luminosa. Y que, aun siendo breve, tuvo todo lo necesario para acompañarme durante años.


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