Lourdes bajo las luces


 

Lourdes bajo las luces

 

 

Cuando en la radio suena “Yo soy así” de Camilo Sesto, la realidad se me deshilacha un instante, como si alguien acariciara el telón del tiempo y dejara escapar una rendija de luz. Por esa rendija regreso, inevitablemente, al septiembre más nítido de mi memoria: el de las fiestas patronales del pueblo. No sé qué alquimia posee esa canción, pero basta oírla para que todo vuelva a sus lugares exactos, como si los recuerdos —fieles a un pacto antiguo— obedecieran una llamada secreta.

Y lo más extraño es que, incluso hoy, la canto sin fallar una sola letra, como si no pudiera permitirme olvidar ni un fragmento de aquel mundo.

 

La feria, por entonces, era un territorio que parecía construido solo para quienes aún creíamos en la eternidad de las cosas. Al caer la tarde, cuando las primeras bombillas despertaban sobre los tenderetes, la explanada se llenaba de un resplandor humilde pero suficiente para hacer latir el corazón más deprisa. Ninguna luz brillaba tanto como la que enmarcaba los futbolines: un enjambre de colores —rojos, verdes, azules— que hacía vibrar el aire con una promesa difícil de nombrar.

 

La música llegaba desde un altavoz fatigado o desde aquel selector de discos que funcionaba con la solemnidad de un oráculo mecánico. Introducías un duro, y un brazo metálico se desplazaba con precisión ceremoniosa para buscar el vinilo. Luego, la aguja descendía con un suspiro, y el mundo quedaba suspendido en la voz de Camilo.

“Yo soy así” no era solo una canción: era la respiración misma de la feria, la pulsación que sostenía cada instante, la hebra sonora que unía todo lo que estaba sucediendo dentro y fuera de mí.

 

En medio de ese escenario de luces vacilantes y olor a algodón de azúcar, aparecía Lourdes Martínez. No caminaba: flotaba. O así lo recuerdo, porque en la memoria todo lo que nos cambió se desplaza con una gracia distinta. Su nombre aún tiene la suavidad de un secreto que uno protege por instinto, con la misma delicadeza con la que se sostiene un pájaro herido. Yo la miraba desde una distancia que me parecía inmensa, aunque no lo fuera. En aquel tiempo, el mundo entero cabía en la distancia que te separaba de la persona que te gustaba.

 

Las noches de fiesta eran una coreografía que nadie había ensayado, pero todos conocíamos al dedillo: risas, carreras, golpes de muñeca sobre los futbolines, y siempre —como un rito que se repetía sin desgastarse— la música que se derramaba desde los altavoces. A veces sonaba “Europa” de Santana, cuyo inicio subía por el aire como un rezo eléctrico. Pero nada, absolutamente nada, desbordaba el corazón como cuando volvía a empezar “Yo soy así”.

 

Entonces yo me creía valiente solo por existir a unos metros de Lourdes, por imaginar que quizá ella también reparaba en mí. Era una forma de felicidad temblorosa, pura, destinada a durar apenas unos segundos. Pero qué segundos tan vastos, tan llenos, tan definitivos.

 

Con el tiempo entendí que algunos recuerdos no necesitan ser extraordinarios para convertirse en eternos. Les basta con coincidir con la primera vez que el alma se inclina hacia alguien. Y en mi caso, esa inclinación tenía banda sonora, luces de feria y el nombre de Lourdes escrito en el centro.

 

Hoy, cuando escucho la canción, regreso sin resistencia a aquel septiembre. Oigo de nuevo el rumor de la feria, las monedas tintineando en los bolsillos, los latidos torpes de una edad que no sabía protegerse. Y vuelvo a verme allí: un chaval de ojos abiertos, sosteniendo entre las manos una emoción recién nacida, mientras las bombillas de colores parpadean como si aplaudieran la aparición de un primer amor.

 

Porque algunas canciones no envejecen: te devuelven intacta la vida que fuiste capaz de sentir una vez.

 

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