María Dolores (La asignatura pendiente)


La asignatura pendiente

En aquel curso del instituto Cobo hubo un profesor que dejó una huella difícil de borrar, aunque no precisamente por sus virtudes pedagógicas. Se llamaba Julio, y su manera de impartir Lengua Castellana parecía más el arrastre de una carga personal que el ejercicio consciente de una vocación. Su figura transmitía un cansancio antiguo, casi estructural: barba desordenada, párpados vencidos por el peso de las horas, una expresión suspendida entre la desgana crónica y una ironía amarga. Arrastraba consigo una progresía envejecida, fosilizada, que quizá en su juventud fue entusiasmo y compromiso, pero que ahora se manifestaba como un residuo ideológico descolorido, acompañado de hábitos nocturnos, descuidos evidentes y una desconexión absoluta de cualquier deseo genuino de enseñar.

El desinterés se percibía desde el primer día. Abría el libro con movimientos mecánicos, recitaba teorías de Noam Chomsky sin intención real de que nadie comprendiera nada, y trazaba en la pizarra los elementos de la comunicación —emisor, receptor, canal, código— con el mismo ánimo con que se rellena un impreso administrativo. Bajo su voz monótona, el aula se convertía en una estancia de aire detenido, un espacio donde cada alumno luchaba, más que por aprender, por mantenerse despierto y a salvo del tedio.

En aquel ambiente coincidieron Alberto y María Dolores, dos estudiantes que, sin proponérselo, acabarían entrelazando su verano por culpa —o quizá gracias— a la mediocridad persistente de Julio. Ambos fueron suspendidos en la evaluación final, víctimas de explicaciones deficientes, ejercicios mal orientados y una teoría que, en manos del profesor, perdía cualquier atisbo de sentido práctico. La lengua, que debía ser un territorio fértil y expresivo, se convertía allí en una maraña de definiciones áridas y esquemas sin vida.

María Dolores representaba la contracara luminosa de aquella asignatura. Tenía una risa clara y franca, que brotaba con naturalidad, y un modo de hablar que transmitía bondad sin artificio. Estaba profundamente vinculada a las tradiciones valencianas: bailes regionales, música popular, costumbres asumidas con un orgullo sereno, sin alardes. Su carácter irradiaba una alegría firme, de esas que no necesitan demostrarse. Quien la trataba percibía en ella una presencia limpia, transparente, casi reparadora.

Alberto, en cambio, era más reservado, inclinado a la observación y al esfuerzo silencioso. No sentía una especial atracción por la asignatura, pero sí por comprender aquello que se le exigía. Y quizá por eso le pesaba aún más la falta de implicación del profesor. Él, que quería aprender, se veía obligado a descifrar unos apuntes dispersos, siempre incompletos, siempre a medio camino. Cuando ambos se encontraron reprobados en junio, asumieron el suspenso como una derrota compartida, casi inevitable.

Esa coincidencia los llevó a reunirse para preparar la recuperación. Empezaron en la biblioteca del barrio, donde el aire acondicionado y el olor a libros antiguos parecían aliviar, al menos en parte, el peso del temario. “Destripar oraciones”, como decía María Dolores con humor: buscar el sujeto, analizar el predicado, perseguir complementos circunstanciales que se escondían entre líneas. El nombre de Chomsky aparecía con frecuencia, no como referencia académica sólida, sino como símbolo involuntario de todo lo que había fallado en clase.

—Si este hombre nos hubiera explicado la mitad de lo que dice aquí —comentaba Alberto—, quizá ya lo tendríamos resuelto.

—Este hombre nos ha condenado a vernos más a menudo —respondía ella, riendo.

A medida que avanzaban en los ejercicios, la torpeza de Julio dejaba de ser un obstáculo para convertirse en un punto de unión. Entre subrayados y esquemas surgía una complicidad que nunca había aparecido en el aula: una mirada compartida ante un error recurrente, una broma sobre las transformaciones generativas, un comentario irónico sobre lo absurdo que resultaba que la gramática pareciera enemiga cuando, explicada con claridad, era sencilla y lógica.

El verano transcurrió así, entre el calor persistente y los apuntes extendidos. Se veían en parques, en terrazas, en cualquier lugar donde pudieran desplegar hojas llenas de análisis morfosintácticos. María Dolores aportaba la alegría; Alberto, la constancia. Juntos lograban que la asignatura perdiera el halo lúgubre que Julio había extendido sobre ella. Lo que en clase era un suplicio, en compañía se volvía accesible, incluso amable.

El examen de septiembre llegó sin dramatismo. Ambos aprobaron, quizá por mérito propio, quizá porque el tribunal supo compensar un curso mal conducido. Pero más allá de la calificación, quedó la certeza de que aquel verano había sido distinto. No por la dificultad de la materia ni por las teorías de un lingüista norteamericano, sino por la presencia de una compañera que transformó la obligación en un tiempo valioso.

María Dolores quedó en la memoria como un recuerdo limpio de aquella etapa: la risa franca, la bondad natural, la fidelidad a sus costumbres. Y Alberto, con los años, evocaría siempre aquel verano como la prueba inesperada de que incluso en las materias peor enseñadas pueden nacer vínculos memorables.

El profesor Julio siguió siendo un mal profesor. Pero, sin pretenderlo, dio origen a una amistad —o a algo que pudo serlo— que el tiempo conservó mucho mejor que cualquier definición de emisor y receptor.


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