Una visita al Bingo

 

Mi primera vez en el bingo

Ayer fui por primera vez a un bingo. No sabía muy bien qué esperaba encontrar, pero desde luego no aquello: un salón enorme, saturado de pantallas por todas partes, como si hubiera entrado en una sala de control soviética detenida en el tiempo. Las pantallas —grandes, antiguas, resignadas— iban mostrando los números conforme salían, y todos las observaban en un silencio casi reverencial, como si en ellas pudiera revelarse algún secreto trascendental.

Nos entregaron unos rotuladores azules, gruesos, que uno confundiría con juguetes si no fuera por la solemnidad con la que los demás los empuñaban. Mis amigos los destaparon con precisión quirúrgica, como si fueran a firmar un tratado internacional. Yo, mientras tanto, recorría el ambiente con la mirada, preguntándome cuánto tiempo llevaba cada persona allí sentada, inmóvil, esperando que la suerte decidiera acordarse de ellos.

La locutora cantaba los números con una voz firme y absolutamente neutra.

—Treinta y cuatro… doce… setenta y uno…

No había emoción en su timbre, ni alegría ni hastío. Solo una cadencia perfecta, casi mecánica, como si fuera un elemento más del mobiliario, al mismo nivel que las lámparas bajas o los manteles de plástico triste.

Lo que más me desconcertó fue la expresión —o mejor dicho, la ausencia de ella— en los jugadores. Cuando alguien cantaba “línea” o incluso “bingo”, lo hacía sin gesto alguno, con un desánimo tan profundo que la victoria parecía una molestia añadida, no una celebración. Era como si en aquel lugar la alegría tuviera prohibida la entrada.

Y, por supuesto, cenamos. En el propio bingo. Una merluza barata que sabía exactamente a merluza barata, sumergida en aceite recalentado y acompañada de un espumillón navideño flácido, de esos que parecen arrepentirse de estar colgados. El conjunto era tan pintoresco que pensé que, quizá, el bingo no era un lugar, sino una experiencia estética involuntaria.

Las miradas merecían un capítulo aparte: rostros cansados, imperturbables, ausentes, como si llevaran años rellenando cartones sin que nada hubiera cambiado jamás. A veces uno se pregunta cuánto pesa la rutina; aquella noche casi pude tocarla con la mano.

Y entonces ocurrió lo inesperado.

En el último cartón de la noche, cuando todos parecían resignados a marcharse con la misma expresión con la que habían entrado, mi amiga Ana —que hasta ese momento no había emitido más sonido que algún suspiro aburrido— se incorporó de golpe. Abrió los ojos como si hubiera visto la luz y soltó un

—BINGOOOOOOOOOO—

tan largo, tan visceral, tan vivo, que el salón entero dio un respingo.

La locutora guardó silencio un segundo. El único de toda la noche. Varias cabezas se giraron. Una señora del fondo, que no había parpadeado en una hora, abrió los ojos como platos. Ana brillaba. Literalmente brillaba, abrazando su cartón como si acabara de encontrar un tesoro.

Y por primera vez desde que habíamos entrado, vi una chispa. No solo en Ana, sino en el aire mismo, que pareció sacudirse el polvo de la costumbre. El bingo entero revivió durante unos segundos, como un animal viejo que recuerda de pronto que aún sabe correr.

Quizá vuelva otro día. No por los números, ni por la merluza, ni por las pantallas que parecen reliquias… sino por momentos como ese: pequeños relámpagos capaces de despertar lo que parecía dormido para siempre.


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