EL HABITANTE DESCOMPUESTO
El habitante descompuesto
El fantasma, ya sin dudas,
combate por salir del pozo aislado,
por paredes infinitas, oscuras, inclinadas hacia ninguna parte.
Cubierto de sombras,
busca sus manos translúcidas
como quien palpa un recuerdo que se deshace.
Lucha.
Se trenza a golpes con el olvido,
con un hambre que no es hambre,
sino la memoria de haber sido humano:
simio parlante, irascible, de pocas pulgas.
Escucha mirando.
Presiente los días y las noches
sin poder nombrarlos.
Sucumbe a los peores instantes,
a ese cansancio que no termina.
Afloja.
Yace sobre huesos que ya no reconoce.
El tiempo ha dejado de ser tiempo:
es apenas una conversación gastada
entre almas viejas.
Las moscas entran y salen de su boca,
de su boca dolorida,
como si también ellas buscaran algo
que ya no está.
El pozo se funde con su esencia
y transmuta.
¿Qué podría decir,
si su voz es apenas una mueca
que rebota entre murallones de piedra?
Fantasmagórico y, a la vez, alucinado,
tiene forma de gorrión y de zorzal.
Pequeño, frágil, errante.
Le brotan alas:
hermosas, fuertes,
no para huir, sino para ordenar el caos.
Vuela —o cree volar—.
Corre.
Juega a ser águila,
a ser algo más de lo que fue.
Fantasma
que recoges estrellas
en un cielo vacío.
¿Dónde quedó tu extravío?
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