EL TELEVISOR
Al salir de mi trabajo, jamás se me pasó por la mente quién sería el chofer que me llevaría de vuelta a mi hogar.
Al subir al auto, noté algo distinto, algo peculiar, algo que definitivamente sería el comienzo de una travesía singular.
De inmediato el personaje me preguntó: "¿Alguna sugerencia por dónde irnos?". Le respondí que no iba apurado ya que mi turno había terminado y me dirigía a casa a dormir.
Muy bien entonces, nos iremos por la ruta turística -me respondió-.
Transcurrieron unos minutos y el paisaje se me hizo desconocido. La cordillera ya no se situaba a mi izquierda, de hecho, ni siquiera lograba verla.
Él, de vez en cuando miraba por el retrovisor con una expresión neutra, sólo miraba.
Seguían pasando las calles, los árboles, las personas. Todo era desconocido, algo me indicaba que me aproximaba a algo inesperado y quizás peligroso.
De pronto, una luz roja impidió que continuáramos la marcha, respiré algo aliviado ya que quizás podría escabullirme mientras estábamos quietos.
Pero el silencio tensionó el momento y mis ansias de fuga se congelaron cuando el tipo me preguntó : "¿Ya no recuerdas quién soy?", lo observé algo sorprendido y a la vez curioso, lo volví a mirar y le respondí que no sabía quién era él.
Volvió a preguntar : " Estás seguro de no recordarme? ". Nada en esa persona me resultaba familiar, ni su voz, ni su rostro o algo que despertara en mí algún recuerdo.
Hasta que por tercera vez, dijo: " ¿Seguro que no me recuerdas?". Me incliné hacia un costado para observar mejor y algo explotó en mi cabeza e hizo que mi cuerpo comenzara a temblar. Aquel tipo que estaba mirándome fijamente, era yo, sí era el yo de los 20 años.
Me eché hacia atrás y comenzó a faltarme el aire, me dolía la cabeza y la boca se me secó.
¿Cómo era posible lo que estaba ocurriendo?. Al instante el auto comenzó a moverse de lado a lado, dando pequeños brincos.
El paisaje se transformó en líneas continuas pasando por los lados y por arriba y abajo del vehículo.
Perdí la noción del tiempo y de mi propia presencia.
Al despertar, estaba sentado en el comedor de casa, frente al televisor que mostraba una película de James Stewart.
Seguí quizás por horas mirando hacia el televisor y la película entró en un bucle. Finalizaba y comenzaba una y otra vez.
No tenía ni sed ni sueño. Afuera no se escuchaban los pájaros y no había viento.
Seguía mirando a través del espacio entre el televisor y mis ojos.
Algo me había atrapado en un lugar que no era mi casa, quizás ni siquiera mi mundo.
Seguí así, ignoro por cuánto tiempo, en esa habitación, en esa situación y en esa misma posición.
Hasta que la puerta del patio se comenzó a abrir. Primero aparecieron unos dedos y luego una mano y luego, pude distinguir una figura humana. Figura que yo conocía perfectamente, pero que había dejado de ver hace muchos años.
Me dijo. "Bienvenido, al fin llegaste". Miré esa figura y reconocí inmediatamente a la persona que me hablaba, desapareció el miedo, no sé por qué, pero tampoco hubo asombro.
Quien me daba la bienvenida era ella, aquella mujer por la que mi mundo -por un tiempo- se transformó en algo hermoso. Era la primera mujer por la cual sentí verdadero amor y quizás por la única que sentí una pasión real.
Me instruyó en como existir en este lugar sin tener sobresaltos. Como acostumbrarme a estar por siempre frente al televisor sin cuestionarme ya que eso de nada servía en aquel sitio.
Hablamos y nos preguntamos muchas cosas, pero la verdad ya no tenían mucho sentido, ya que ella había fallecido de cáncer en edad adulta y mi vida había continuado ignorando la existencia de ella desde que nos habíamos separado cuando aún éramos jóvenes.
Al despedirse me volvió a insistir que cuestionarse era un ejercicio inútil y que tendría toda la eternidad para disfrutar de la película que tanto me gustaba: "Qué bello es vivir..."

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