Cuando Bogotá me dio sueño

 Salimos de Suba, ese territorio donde uno vive convencido de que está “todavía en Bogotá”… hasta que intenta cruzarla a las diez de la mañana.

Final del verano.



Ese calor bogotano raro, que no abrasa pero sofoca con una humedad silenciosa. El cielo gris claro, la ciudad vibrando, los buses compitiendo por centímetros y la fila interminable de carros avanzando como si alguien hubiese puesto el freno de mano colectivo.

La cita médica era en un hospital del norte. A las 11:00.

Y yo, por supuesto, estaba lista… desde hacía exactamente cuarenta segundos.

Porque antes de salir hay que cumplir con el ritual sagrado:

Dejar la cocina impecable.
Alinear los cojines.
Ventilar el cuarto.
Revisar que el gas esté cerrado.
Perfumar discretamente el ambiente.
Perfumarme yo.
Maquillarme con dignidad.
Elegir ropa que diga “paciente responsable” y no “mujer derrotada por la fibromialgia”.

Mientras tanto, Willian, desde la puerta:

—Rebeca, el tráfico.

Esa frase.
No es una advertencia.
Es un diagnóstico.

Yo tenía nervios. No por llegar tarde. Sino por el examen.

Dolor corporal al tacto.
Presión elevada.
Hipertensión oficialmente declarada.
Artrosis grado cuatro.
Fibromialgia.
Nódulos en las pechugas.

Y el miedo universal a que el médico toque justo donde más duele.

Así que fui al cajón de las pastillas.

Necesitaba el ansiolítico.
El que calma pero no apaga.
El que te deja funcional, pero serena.

Abrí el blíster.
Tomé una.
Agua.
Listo.

Salimos.

La Avenida Suba estaba detenida como si fuera una instalación artística sobre la paciencia humana. Los semáforos parecían eternos. Willian conducía en silencio calculando rutas alternativas que no existían.

Quince minutos después sentí una paz sospechosa.

Veinte minutos después el tráfico me parecía interesante.
Treinta minutos después estaba convencida de que el mundo necesitaba moverse más lento, por respeto a mi bienestar interior.

Una hora después de tomar el comprimido, estacionábamos frente al hospital.

Yo ya no caminaba: me desplazaba con suavidad etérea.

—¿Estás bien? —preguntó Willian.

—Estoy… perfectamente regulada —respondí, con voz de documental submarino.

Entramos.

La sala de espera estaba casi vacía.
Muchos asientos libres.
Aire acondicionado suave.
Silencio envolvente.

El silencio es peligrosísimo cuando una ha tomado, por error monumental, la pastilla para dormir en lugar del ansiolítico.

Me senté.

Me acomodé.

Me expandí.

Y entonces lo entendí.

El color del blíster.

La forma del comprimido.

No era el ansiolítico.

Era el hipnótico.

Había tomado la pastilla para dormir.

Dormir.

Dormiiiiir…

Me llamaron.

Entré a la consulta con la dignidad oscilante de quien camina sobre una nube ligeramente inclinada. El médico me señaló la silla frente al escritorio, pero calculé mal las distancias y terminé apoyándome con ambos antebrazos sobre la mesa, casi recostada, como si fuera a firmar un tratado internacional.

—Buenos días, Rebeca.

Yo asentí con solemnidad lenta.

—Doctor, lo haré breve.

Intenté enfocar su rostro. Se veía correcto… pero ligeramente cinematográfico.

—Necesito órdenes de exámenes.

Silencio profesional.

—Si vengo otra vez, anote: hipertensión. Artrosis grado cuatro. Fibromialgia. Nódulos en las pechugas.

Creo que mi cabeza se inclinó unos centímetros más.

—¿Se encuentra bien? —preguntó él.

—Perfectamente… solo… un poco… horizontal.

El médico tomó mi presión. Alta, como siempre. Tocó algunos puntos doloridos. Yo respondía con una mezcla de quejido elegante y bostezo disimulado.

—¿Ha tomado su medicación habitual?

Y ahí, como si una bombilla se encendiera dentro de una nube, confesé:

—Doctor… ¿le conté del error de la pastilla? En lugar del ansiolítico… tomé la de dormir.

El silencio posterior fue perfecto. Clínico. Histórico.

Él no se rió.
Pero sus ojos sí.

Firmó las órdenes de exámenes con precisión quirúrgica y me las entregó.

—Aquí tiene. Y procure revisar bien el envase antes de tomar nada.

—Gracias, doctor. Hasta luego.

Me levanté con la solemnidad de una reina ligeramente anestesiada. Salí de la consulta intentando no abrazar la pared.

Willian me miró desde la sala de espera.

—¿Todo bien?

—Perfecto. Solo que necesitamos volver a Suba antes de que me quede dormida en el carro.

En el trayecto de regreso, Bogotá seguía igual: tráfico espeso, bocinas impacientes, cielo gris, calor cansado.

Yo iba apoyada contra la ventana comprendiendo algo profundamente humano:

El miedo al examen.
La presión elevada.
El dolor corporal.

Nada fue tan determinante como una simple confusión farmacéutica.

Dios mío.

¿Cómo me pudo pasar?

Y sin embargo, gracias a ese error, salí con mis órdenes de exámenes… y una historia que contar cada vez que Willian diga:

—Rebeca, vamos justo.

Ahora yo solo sonrío.

Y reviso dos veces la pastilla.

Porque en Bogotá, el tráfico se puede prever.

Pero el blíster… nunca.

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